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7 de Octubre del 2020
Ideas
Lectura: 9 minutos
7 de Octubre del 2020
Carlos Arcos Cabrera

Escritor

Salvoconducto 10 (Ruta E35 hacia el norte)
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Un amanecer frío que no es frío, una mañana nublada que pronto da paso a un sol radiante. Loja se abre. ¡A caminar! Loja es una ciudad en que aún es posible caminar, una ciudad en que hacerlo se convierte en un goce espiritual.

Primera estación:

Volvemos a la legendaria Panamericana, la que en Argentina toma el nombre de Ruta 40 y lleva a Ushuaia: la puerta a la Antártida. El sur queda atrás. El bosque ralo de arbustos espinosos en los que se intuye la presencia del cercano desierto de Sechura, en el norte peruano, cede lentamente el paso a un tímido verde de bosques más densos, de árboles más altos. La tarde cae. Catacocha queda atrás.

Construida en la cima de una montaña, rodeada de simas y de otras cimas: es una fortaleza. El sol que comienza su declinar ilumina una parte de la localidad. ¿Cómo será vivir en Catacocha? Loja, provincia de migrantes. Recuerdo el fragmento de un poema de César Vallejo:

Qué estará haciendo esta hora mi andina y dulce Rita de junco y capulí; ahora que me asfixia Bizancio, y que dormita la sangre, como flojo cognac, dentro de mí.

Mi sangre dormita, no como flojo coñac, sino por la cerveza del mediodía tomada en la glorieta de un parque de Macará. La tarde cae, aceleradamente. Loja queda aún lejos. La última cumbre antes de Catamayo. Me detengo. El viento se lleva el sueño y el cansancio. ¿Volar? ¿Saltar al inalcanzable vacío? Otro verdor distinto nace desde lo profundo: son cañaverales. El descenso es rápido. En una curva un cartel: San Pedro de la Bendita. El nombre es en sí mismo un llamado. El parque central luce impecable, las calles, adornadas con jardineras, también impecables: ¿Es otro país? Y en eso, una cafetería. El hombre que atiende se pone la mascarilla. Detrás del mostrador una reluciente y brillante máquina de café. ¿Capuchino? Sí, por supuesto. El café es una bendición, café lojano, café cuyo aroma colma el lugar y se esparce por las calles. La calma del lugar me llena. De pronto, desde los dieciocho años vienen las palabras del viejo Walt Whitman:

Me celebro y me canto
me tiendo a mis anchas a contemplar un tallo de hierba veraniega.

Benjamín Carrión. Sí, Benjamín Carrión —cuando la Casa de la Cultura merecía ese nombre— publicó la traducción de Hojas de hierba, de Whitman (la obra completa). Ahora es considerada por importantes críticos como la traducción canónica. El traductor fue Francisco Alexander (Quito, 1918). El país del sol recto, es decir Quito, tuvo dos traductores canónicos, Francisco Alexander y Aurelio Espinosa Polit, que tradujo La Eneida, de Virgilio. Pocos tuvieron un conocimiento tan profundo tanto del castellano como del latín. La primera edición de esa traducción se encuentra en la Biblioteca Virtual Cervantes. Son divagaciones mientras bebo ese café en San Pedro de la Bendita.

Segunda estación:

¿Quién es «la Bendita?» Nada menos ni nada más que la Virgen del Cisne. «¿Conocen el santuario?», es la pregunta de rigor. «No, para nada», es la única respuesta. Nos animan a seguir. Si vamos a buen ritmo aún podremos llegar a la misa de vísperas. Seguimos el camino a cuya vera se levantan los misterios. Durante la romería, suspendida por la pandemia, la multitud se detendrá y orará en cada estación. Culminamos la ascensión y nos sorprende un sol moribundo que cae entre nubes: el mar está allá, lejano, intuido. El santuario nos espera. Hay algo fantasmal en El Cisne. Una basílica monumental en el ombligo que forman los cerros que rodean el lugar. Por el altoparlante se escucha a una monja rezar el rosario. Un sin casa nos indica que debemos golpear una puerta para que nos abran.

Un amanecer frío que no es frío, una mañana nublada que pronto da paso a un sol radiante. Loja se abre. ¡A caminar! Loja es una ciudad en que aún es posible caminar, una ciudad en que hacerlo se convierte en un goce espiritual.

¿La puerta de la salvación imposible? Hay muchas y todas están cerradas. Rodeamos la iglesia una y otra vez hasta que por un azar vemos que se entreabre una puerta lateral. Esperé encontrar una multitud, pero en la desolada iglesia se hallan tres monjas, una de ellas, micrófono en mano, reza el rosario. Las otras responden. Soy un extraño. La Virgen del Cisne es una Virgen mestiza, con un pelo largo y ensortijado que le cae por los lados, debajo de la cintura. Las altas paredes del templo convierten los rezos de la monja en ecos ensordecedores. Si hubiese silencio me sentaría en el piso y meditaría. Pero sé que es imposible. Hora de partir. La noche ha caído con llovizna y una tenue capa de niebla.

Tercera estación:

Un amanecer frío que no es frío, una mañana nublada que pronto da paso a un sol radiante. Loja se abre. ¡A caminar! Loja es una ciudad en que aún es posible caminar, una ciudad en que hacerlo se convierte en un goce espiritual. ¿Una ciudad tiene alma o espíritu? ¿Tienen las ciudades algo así como autoestima? El federalismo de mediados del XIX marcó a esta ciudad. No olvidan la gesta de Manuel Carrión Pinzano, nacido en Sanlúcar de Barrameda —donde desemboca el Guadalquivir, desde donde partían las naves que hacían la travesía a las Indias—, que vivió y murió en Loja. No lo sé, pero hay una gracia secreta en esta ciudad austral, en sus casas, en sus calles, en sus parques y plazas —en especial, San Sebastián—, en la cortesía con la que atienden a los extraños que se han arriesgado a visitarla pese a la pandemia, por cierto, con recurrentes rociadas de alcohol y el uso obligado de mascarilla. ¿Puedes partir de Loja sin comer un tamal acompañado de café, una cecina, o aventurarte con un cuy acompañado por una cerveza bien fría o un trago de aguardiente de caña? Imposible dejar la ciudad sin un tour gastronómico, sin visitar el teatro Benjamín Carrión —cerrado por la pandemia—; tampoco puedes dejar de mirar de cerca el parque eólico y sus gigantescos molinos y, desde allí, la ciudad.

La E35 en dirección al septentrión inicia con el monumento a los libros. ¡Adiós, Loja! Tarareo el pasillo Alma lojana (Letra: Emiliano Ortega, música: Cristóbal Ojeda Dávila).

Cuarta estación:

Saraguro inaccesible. Las entradas están cerradas con pesadas cadenas. Logramos colarnos siguiendo a una camioneta de carga. Sin feria, sin gente, Saraguro es una plaza abandonada.

Quinta estación:

Cuenca. ¡Qué tráfico! Parece que todo el que tiene auto decidió abandonar la ciudad. Paciencia y sobre todo prudencia, más de un conductor lleva genes del Rally Dakar y rebasa temerario largas filas de coches y autobuses. Llegar con vida es la prioridad. La probabilidad de morir en un accidente de tránsito es más alta que hacerlo con COVID-19.

Larga espera para reencontrar la ciudad. No sé cómo calificarla. Es única, es Cuenca: plazoletas, parques, edificios, casonas y una gastronomía exquisita. La pandemia ha sido un freno al frenesí de la vida urbana. Ese frenesí se ha trasladado a las redes. ¿La ciudad es artificio? o ¿Es una artificiosa realidad? Cuenca invita a quedarse. Mas el viaje es saber desprenderse, es tener la sabiduría de partir sin lazos. Quedarse sería desnudar los artificios de la ciudad encantada. Partir no es abandonar. C. P. Cavafis escribe:

No hallarás nuevas tierras, no hallarás nuevos mares.
Tras de ti irá la ciudad. Y por las mismas
calles vagarás. Y en los mismo barrios envejecerás
y canas te saldrán en estas casas.
Siempre arribarás a esta ciudad. ¿A otra parte ir?
—no lo esperes—, ya no hay barco ni ruta para ti.

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Salvoconducto 10 (Ruta E35 hacia el norte)
 
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