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21 de Octubre del 2020
Ideas
Lectura: 7 minutos
21 de Octubre del 2020
Carlos Arcos Cabrera

Escritor

Salvoconducto 12: («¡Espero tus comentarios!»)
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Los libros tienen su propio camino. La novela de Mario ocupó un lugar privilegiado entre los libros que debía leer. Con el tiempo otros libros ocuparon su puesto y descendió hasta que tomó el camino de aquellos que van a los anaqueles: una especie de purgatorio, en la espera de que alguien abra sus páginas.

¿Mario Müller, novelista? Sí. Así es. Mario era un hombre multifacético. Analista, psicoanalista, terapeuta, psicólogo —como quiera llamarse a la profesión o la práctica que hace uso del diván para que hombres y mujeres hablen de lo que les tortura y lo que les complace o simplemente para ser escuchados sin juicio, sin reproches, sin penitencia; reemplazó al cura y al confesionario—. Mario también fue empresario: recuerdo una fábrica de excelentes muebles de pino y ciprés que funcionó en la calle Toledo, no sé cuánto tiempo. Allí compré una preciosa litera para mis hijos y una mesa de comedor. La formación inicial de Mario fue en arte y podía pasar horas hablando de música y pintura. Pintaba. Era un tipo agradable.

Sí, Mario Müller era un hombre multifacético. Recién llegado de Europa, donde se formó en arte, colaboró en varios números de Pucuna, la revista de los Tzántzicos, la vanguardia literaria y cultural de los sesenta. También encontré su nombre en los créditos de la película Cara o Cruz (2003), dirigida por Camilo Luzuriaga. Mario no solo que había participado en la redacción del guión junto con Lissette Cabrera y Luzuriaga, sino que fue parte del reparto.

Un día de los primeros meses de 2006, Mario me contó que había publicado una novela. Hice las preguntas de rigor: «¿Editorial?». «Cueva Editor. Es de Buenos Aires», respondió. Nunca había escuchado aquel nombre. Supuse que era una autoedición, o edición de autor, ante la cual los escritores tenemos una actitud ambivalente: sabemos que es el único camino para publicar, y así sucede en todas las tradiciones literarias; pero confesarlo produce un cierto escozor adolescente.

Observador de las reacciones humanas, me comentó, como para cortar de raíz mis prejuicios, que tenía tres manuscritos y que era el primero que publicaba. El diálogo no avanzó mucho pues otras personas demandaban su atención. Antes de despedirnos me entregó un ejemplar autografiado. «¡Espero tus comentarios!», me dijo en tono un tanto imperativo. Al cielo por agua era su título (Cueva Editores, 2004).

Los libros tienen su propio camino. La novela de Mario ocupó un lugar privilegiado entre los libros que debía leer. Con el tiempo otros libros ocuparon su puesto y descendió hasta que tomó el camino de aquellos que van a los anaqueles: una especie de purgatorio, en la espera de que alguien abra sus páginas. Regularmente daba con ella y la escabullía. ¿Qué me impidió leerla? ¿Prejuicio? ¿Miedo a encontrar una novela autorreferida, tan común en nuestros días? ¿Imponían respeto sus cuatrocientas páginas? No lo sé. El tiempo, inclemente, pasó. Mario enfermó, no podía hablar y la última vez que nos vimos apenas si pudimos cruzar unas palabras. Nada pude decirle de su novela, la única que publicó en vida, con una portada en azul y negro diseñada por Peter Mussfeldt a quien conoció en el taller de grabado que tenía Kurt Müller, padre de Mario. Poco tiempo después Mario murió, en 2010.

Los libros tienen su propio camino. La novela de Mario ocupó un lugar privilegiado entre los libros que debía leer. Con el tiempo otros libros ocuparon su puesto y descendió hasta que tomó el camino de aquellos que van a los anaqueles: una especie de purgatorio, en la espera de que alguien abra sus páginas.

¿Le pesó mi silencio? ¿Le pesó la ausencia de comentarios, de crítica? Sabemos de ese asfixiante mutismo que rodeó su novela y, por lo general, a la producción literaria que arrastra la «maldición de la edición nacional», en palabras de Wilfrido H. Corral. Lo único que se publicó sobre la novela fue una breve reseña en el diario El Universo bajo el título Al cielo por agua: debut literario de Mario Müller Lewit.

En estos días la descubrí. Fue como que me hizo un guiño, como si me dijera: «Oye, ¡ya es hora!». La leí en las noches calmas y solitarias de esta ciudad anclada en la mar océano: la disfruté. Lamento no haberme dado el tiempo para leerla y comentarla con él cuando aún vivía. Es un lamento inútil, lo sé. Me hubiese gustado decirle mis impresiones sobre el más logrado de sus personajes, Birna Schwämli, esa suiza alta y espigada que odia Suiza, de una belleza deslumbrante, libre en su matrimonio y a la vez sometida a una relación perversa con un político local; también sobre el politicastro Felipe Onagro, un estereotipo demasiado común en el mundo de la ficción latinoamericana. Me hubiese gustado comentarle la presencia excesiva, invasora del narrador, que no solo busca explicar al lector la conducta de los personajes, sino que elucubra sobre la vida y las complejas motivaciones humanas restando libertad a los personajes y a los lectores y que entorpece el ritmo de la novela.

Cualquier comentario es tardío y no convocará a la lectura de Al cielo por agua. En el borrascoso mar de la literatura, la gran mayoría de novelas naufragan, buenas y malas, mediocres y sublimes. Unas se hunden y desaparecen, otras resurgen y reclaman su lectura mucho después de que sus autores se han convertido en sombras fantasmales y sus nombres van camino al piadoso olvido. ¿Quién recuerda las novelas de Diego Viga, que en la vida real llamose Paul Engel? El azar, las modas literarias, el acceso a medios, el juicio de un crítico o de un booktuber, el peso de una editorial, un premio, el ser parte de una red o un movimiento deciden en muchos casos la suerte de una novela y la de un autor, más allá de su calidad. No me equivoco si afirmo que Al cielo por agua es de las mejores novelas que se publicaron entre 2004 y 2005 en Ecuador.

Mario fue un buscador infatigable del elusivo sentido de la vida (con los fracasos y logros,  flaquezas y virtudes propios de cualquiera de su especie), lo hizo en el arte, en su práctica profesional y, por último, como esfuerzo postrero, en la literatura, como novelista tardío. Este texto es una respuesta a destiempo, innecesaria a aquel «¡Espero tus comentarios!» que me dijera hace catorce años.

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