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20 de Febrero del 2021
Ideas
Lectura: 9 minutos
20 de Febrero del 2021
Carlos Arcos Cabrera

Escritor

Salvoconducto 14: El correísmo tiene historia
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Discípulos de Maduro y seguidores de Trump, populistas de la peor ralea: mentir, estigmatizar (no importa que el racismo salga a flote), regalar lo que pueden y no pueden es su estrategia política. No importa el medio, el objetivo es llegar a Carondelet. Si se deja de lado toda la verborrea, el correísmo, al igual que el chavismo, es una neo-oligarquía al servicio de sus propios intereses de grupo y que, por sobre cualquier consideración, busca eternizase en el poder.

I.

El correísmo, a través de Arauz, quiere vender futuro. Mas no podemos olvidar su historia. Tres palabras la definen: traición, fracaso y corrupción.

Traición a quienes fueron sus aliados y a sus postulados iniciales. Es un tema que ha sido analizado desde varias perspectivas, pero creo que es preciso insistir en él. Debido a la desmemoria de muchos, es inevitable. Correa accedió al gobierno sobre las ingenuas espaldas de los más diversos movimientos sociales: feminista, ecologista, indios y un largo etcétera. A su turno, fueron expulsados de la alianza, estigmatizados y perseguidos. Correa y su combo impulsaron una de las más retrógradas leyes sobre el derecho a la mujer de decidir sobre su cuerpo, al punto de penalizar el aborto inclusive en casos de violación. Cómo olvidar su descarada utilización del tema del Yasuní para ganar respetabilidad internacional en un mundo ultrasensible en lo referente a la Amazonía: liquidó apuradamente el proyecto en que se embarcaron propios y extraños y, ante la resistencia de los más jóvenes por llevar el tema de Yasuní a una consulta, intervino descaradamente en la función electoral para impedirla, desconociendo miles de firmas totalmente válidas. Intentó dividir el movimiento indígena y lo consiguió. Además, diseñó una justicia a su medida para perseguir y utilizó el poder comunicacional del Estado para lo que en algún texto definió como “fusilamiento mediático” de sus críticos.

La lista de las traiciones correístas el larga. Es tan larga como sus fracasos como gobierno: endeudamiento, consolidación de una economía extractivista y otro largo etcétera. Tiene un logro inocultable: haber convertido la corrupción en el motor del funcionamiento del Estado. No es, a mi juicio, un problema que atañe únicamente a la conducta individual, el correísmo lo hizo parte de la mecánica sobre la que opera el sector público y privado, es su principal incentivo funcional. Sin corrupción, no se mueve ni el aire de los despachos públicos. Ese es el mayor aporte del correísmo a la construcción de una nueva institucionalidad pública y a la relación entre lo público y privado.

En el marco de esta historia, el correísmo se lanza a una nueva conquista del gobierno enmascarado en rostros más o menos jóvenes. Correa es el rostro que está tras la máscara de Arauz. Así ha sido toda la campaña publicitaria del único candidato seguro en la segunda vuelta. Por la voz de Arauz, sabemos que su principal propósito es perpetuarse en el poder. En esos rostros, no hay futuro, está el intento de instaurar el reinado de Rafael VII, el Deslenguado, como lo llamó en una memorable conferencia Simón Espinosa Cordero.

Discípulos de Maduro y seguidores de Trump, populistas de la peor ralea: mentir, estigmatizar (no importa que el racismo salga a flote), regalar lo que pueden y no pueden es su estrategia política. No importa el medio, el objetivo es llegar a Carondelet. Si se deja de lado toda la verborrea, el correísmo, al igual que el chavismo, es una neo-oligarquía al servicio de sus propios intereses de grupo y que, por sobre cualquier consideración, busca eternizase en el poder.

II.

No es novedad sostener que al correísmo le conviene que Lasso pase a la segunda vuelta. Y su aparato político completo actúa en esa dirección. Lasso es un candidato que tiene todo cuesta arriba.

Sorprenden los pocos votos que obtuvo, inclusive en su ciudad natal, y en alianza con otras fuerzas de derecha. Tengo la sensación de que, si entra a la segunda vuelta, lo hará como un candidato derrotado.

El correísmo logró convertirlo en una especie de hombre de paja: banquero, corrupto y culpable del feriado bancario, y lo arrinconó en una esquina del cuadrilátero político. Ninguna campaña publicitaria cambiará esa imagen construida a lo largo de los años. En política se juegan las pasiones y los prejuicios, no la razón ni la verdad.

Discípulos de Maduro y seguidores de Trump, populistas de la peor ralea: mentir, estigmatizar (no importa que el racismo salga a flote), regalar lo que pueden y no pueden es su estrategia política. No importa el medio, el objetivo es llegar a Carondelet

Este es solo uno de los problemas de la candidatura de Lasso. Es el sobreviviente de una derecha fragmentada en liderazgos caudillistas y populistas de larga data; una derecha que se quedó sin país, sin piso. El país al que dirige su discurso, el país de su imaginario desapareció hace mucho. Ni su carácter plurinacional ni la liberalización y proliferación de múltiples perspectivas sobre la vida, el género, la sexualidad; ni siquiera el multifacético escenario de iglesias y religiones que hoy conviven y que han cuarteado el monopolio secular de la Iglesia Católica ni el evidente cambio demográfico son aspectos que han calado en su visión política. El país es más que una clase media atrapada en el temor de caer al abismo y que espera aterrorizada el estado de cuenta de la tarjeta de crédito.

Por otra parte, el neoliberalismo con el que tan acríticamente se identifica y que desde los ochenta se apropió de la bandera del cambio en toda América Latina, hoy está en la palestra de la crítica no solo de sus tradicionales adversarios, sino al interior de sus propias filas. La crisis del 2008, la concentración de la riqueza, el debilitamiento de los servicios públicos de salud en medio de la pandemia y la espada de Damocles de la crisis ambiental han modificado radicalmente el escenario en que irrumpió este corriente de pensamiento y de decisiones políticas. Reagan y Thatcher, los representantes de lo que es su momento se llamó, en evidente oxímoron, «la revolución conservadora»,  están demasiado lejos para tomarlos como ejemplo y, el modelo chileno hizo agua por todos sus costados. El neoliberalismo, al igual que el correísmo y el socialismo del siglo XXI, no son promesas de un futuro mejor, son la expresión de grandes y sonados fracasos.

Sectores de derecha sabedores de lo que en realidad es el correísmo estarán dispuestas a negociar con esta corriente el reparto del botín político. Si, como hemos dicho, la corrupción es el principal incentivo funcional del sector público, la negociación por el reparto del pastel estará al orden del día, más aún en una circunstancia en que el objetivo correísta de ganar las elecciones en la primera vuelta no se alcanzó.

El hecho mismo de que Lasso dispute voto a voto el paso a la segunda vuelta con el candidato de Pachakutik es una evidente señal de su debilidad.

III.

El frustrado diálogo entre Lasso y Pérez evidencia aspectos sustanciales de la cultura política ecuatorial: la distancia entre los dialogantes es sideral y no existe algo así como un mínimo común denominador. Son dos perspectivas (que involucran la cultura, la experiencia vital, la posición en el campo político, las historias particulares,  expectativas y demandas) en posiciones extremas.

Adicionalmente, una cultura política dominada por el populismo (de derecha e izquierdas) glorifica la confrontación por sobre los acuerdos y promueve la conversión del otro en un enemigo al que es preciso destruir, eliminar. Para esta cultura, el diálogo es debilidad; el acuerdo, derrota o contubernio, renuncia a los principios, claudicación. El populismo correísta potenció estas tendencias, al igual que el trumpismo lo hizo en EE. UU.

Todo diálogo supone el reconocimiento del «otro». Ese reconocimiento implica un compromiso moral de escuchar sus razones y sus sinrazones. El diálogo significa conocimiento del otro y de uno mismo, demanda una voluntad política que tiene como meta algún tipo de acuerdo. Esta experiencia no existe en la cultura política ecuatorial.    

En el corto tiempo de campaña de la segunda vuelta, si se confirma su apretado triunfo, Lasso deberá revertir todo esto. Si lo logra será un verdadero mago de la política. Pero ¿Existen magos en política?

[PANAL DE IDEAS]

Alfredo Espinosa Rodríguez
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