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9 de Marzo del 2021
Ideas
Lectura: 7 minutos
9 de Marzo del 2021
Carlos Arcos Cabrera

Escritor

Salvoconducto 16: De mujeres, conventos y cocina
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Las monjas de los conventos: ¿qué podemos decir de sus pasiones, de sus conflictos, de sus frustraciones, sueños y fantasías? ¿Estuvieron al margen del radical desenfreno que puso la búsqueda de placer y el goce pagano en el centro de la vida religiosa en el Quito colonial?

¡Hermoso regalo! La Academia Ecuatoriana de la Lengua me envió un ejemplar de Cocina monacal. Una edición de Diners Club en el marco de un programa llamado Orígenes que, entiendo, es parte del área de Responsabilidad Social de la empresa. El libro, a más del Prólogo y la Introducción (demasiados preámbulos) tiene dos partes. La primera, cinco capítulos escritos a tres manos por Gonzalo Ortiz, Alfonso Ortiz y María Caridad Ortiz, versa sobre la vida monástica, vida de monjas de clausura desde la Colonia a nuestros días. La segunda, que se inicia en el capítulo cinco, parte de una descripción de la cocina monacal, en tanto que el capítulo seis contiene 57 recetas para platillos de sal, de dulce y, las masas. Cada receta viene acompañada de una fotografía impecable a cargo de Andrés Álvarez. «La comida entra por los ojos», dice el dicho.

El estudio sobre la vida monacal, los monasterios o conventos y sus ocupantes, las monjas de clausura, es rico en información estadística sobre las distintas categorías de monjas: las de velo y coro, las legas y las «donadas, niñas y sirvientes»; contiene un interesante relato acerca de la fundación y devenir de los distintos conventos y una detallada y exhaustiva ―un tanto abrumadora― descripción de la arquitectura de los más importantes conventos.

Mientras leía esta parte, me preguntaba sobre las mujeres cuyas vidas trascurrieron en esos lugares: unas, tal vez las menos, convencidas de su fe y de su vocación; otras, hijas segundonas de familias acomodadas que no podían casarse, o de familias pobres o venidas a menos que no tenían otra alternativa que enviarlas al convento, alguna viuda que donaba su fortuna y que optaba por la vida monástica, niñas forzadas a tomar los hábitos, y sirvientas y esclavas que, en algún momento, doblaron en número a sus amas de velo y coro.

El hecho de optar por la vida religiosa o ser obligadas a hacerlo no eliminaba las diferencias sociales ni étnicas. En los conventos, aquellas monjas con recursos hacían construir verdaderas casas para ellas y sus sirvientas. Las otras se las tenían que apañar como bien pudieran o depender de la ayuda de alguna autoridad eclesiástica.  ¿Qué podemos decir de sus pasiones, de sus conflictos, de sus frustraciones, sueños y fantasías?  ¿Estuvieron al margen del radical desenfreno que puso la búsqueda de placer y el goce pagano en el centro de la vida religiosa en el Quito colonial?

Reproduzco las palabras de González Suárez, en su Historia del Ecuador, sobre aquella época: «Las virtudes habían sido expulsadas de los claustros y los vicios habían invadido el santuario; la relajación a que habían llegado los religiosos… fue tan grande que no ha tenido semejante en los fastos de la Iglesia Católica; … solamente nuestros frailes lograron que el escándalo llegara a tenerse como título de honra» (González Suárez 1970, 1388-89). Si los conventos de monjas fueron parte de aquella «relajación», y no lo dudo, tal vez podamos ver ese momento con otros ojos: la insurrección de Eros y Dioniso que liberaron, por un tiempo, los cuerpos y sus pulsiones amorosas de los estrechos y opresivos moldes de una vida monacal, que en muchos casos había sido impuesta y no buscada.  

Las monjas de los conventos: ¿qué podemos decir de sus pasiones, de sus conflictos, de sus frustraciones, sueños y fantasías? ¿Estuvieron al margen del radical desenfreno que puso la búsqueda de placer y el goce pagano en el centro de la vida religiosa en el Quito colonial?

La historia de las monjas de claustro apenas se intuye, en gran parte por falta de fuentes y por el silencio que rodeaba aquellas vidas. Solo queda la ficción y un improbable estudio que busque alguna fuente documental escondida que ilumine algo de la vida de aquellas mujeres, pues antes que monjas eran mujeres.

Vamos a lo sustantivo: la cocina monacal. Abre la lista de los platos de sal la receta de tamales de mote pelado. Parece sencilla, pero basta leer la primera frase de la preparación para comprender que atrás de la apariencia de un humilde tamal se esconde un elaborado proceso: es preciso sacar «las narices y las membrillas» de los motes ya cocidos.  Luego, siguen recetas con nombres llamativos: longuitos de harina de maíz, sopa de lluvia, potaje carmelitano, pastel de nueve de octubre.

El recetario de los dulces es la tentación: pastas de santa Isabel, rosquillas de santa Beatriz, potaje de los dioses, queso de piña, yemas, dulce de membrillo, garrapiñada, novias rusas y para calmar los nervios o la culpa por un atracón de golosinas, caramelos de valeriana. En masas: las olvidadas empanadas de mejido. Son recetas resultado de un complejo y largo proceso de sincretismo gastronómico. 

Una buena cocina tiene una connotación erótica. Y el lenguaje amoroso está asociado a la comida y en consecuencia a la cocina. La mesa y el lecho, escribió Octavio Paz. ¿Es posible disociarlos? Imposible. De allí que los monjes Zen antes de comer canten un Sutra que dice lo siguiente (la traducción es muy poco poética):

Para todas las existencias del universo, que este alimento se ofrezca y se coma
La primera cucharada es para cortar el mal
La segunda es para practicar el bien
La tercera para ayudar a todos los seres
Juntos seguiremos la Vía de Buda…

En fin, quería hacer una reseña de Cocina monacal pero los sabores intuidos y deseados, la sed y el apetito, que busca infructuosamente un agua de pítimas y unos longuitos de harina de maíz que los calme, me han llevado por otros rumbos.

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