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1 de Junio del 2021
Ideas
Lectura: 8 minutos
1 de Junio del 2021
Carlos Arcos Cabrera

Escritor

Salvoconducto 25: Frente al límite
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Todorov analiza los testimonios de aquellos que sobrevivieron al Holocausto, para preguntarse sobre las condiciones de una conducta moral en un contexto en que entran en juego la voluntad y el deseo de sobrevivencia, sobre la solidaridad, el cuidado con el más débil, y la protección misma de la vida en el que la dignidad es una forma de ejercicio de la voluntad frente a los opresores.

Tzvetan Todorov (1939-2017) escribió un libro con el título Frente al límite (Siglo XXI Editores, 1993. Existe una edición en Amazon y por lo menos una versión en PDF). Descubrí a este pensador búlgaro-francés en un libro que me impactó: La conquista de América. El problema del otro (Siglo XXI, 1987). Una visión renovada de un acontecimiento trascendental que dominó la historia de occidente durante varios siglos y que hasta ahora tiene una repercusión política, económica, social y cultural en América Latina y en los pueblos originarios que aún resisten y sobreviven. Basado en las fuentes historiográficas existentes, Todorov ensaya una perspectiva filosófica y antropológica sobre la construcción de las identidades confrontadas en la conquista. El ensayo de Todorov provocó un importante debate que aún resuena. 

En Frente al límite como en otros dos libros, Nosotros y los otros (Siglo XXI Editores, 1991) y Las morales de la historia (Paidós, 1993), Todorov reflexiona sobre las conductas guiadas por principios morales en situaciones a las que podríamos llamar extremas —especialmente, más no únicamente— en el marco del totalitarismo.  Frente al límite está dedicado a la experiencia de los campos de concentración nazis y, en menor medida al gulag soviético. Es un ensayo construido con los testimonios de los sobrevivientes.

¿Operan los valores morales comunes en condiciones en las cuales entran en contradicción con «valores vitales»? Entre estos, se halla en primer lugar la preservación de la vida frente a la solidaridad y la ayuda a otros que están en igual o peor condición que uno. Todorov inicia sus reflexiones a partir de la insurrección de Varsovia en 1944 y la del gueto de Varsovia, en 1943. Esta última es uno de los pocos acontecimientos en que los judíos optaron por la lucha armada contra los nazis, a pesar de saber que no existía posibilidad alguna de triunfo, una conmovedora y trágica historia de heroísmo. Allí, de acuerdo con Todorov, se confrontaron las «virtudes heroicas» con «las virtudes cotidianas». Lanzarse a la lucha armada honró a aquellos que lo hicieron: tuvieron la dignidad de elegir la forma de morir, ya no la impuesta por los nazis: el campo de concentración y la cámara de gas. La reflexión sobre el sentido de una vida moral en estas condiciones y la tensión entre estas dos formas de virtud provienen de la voz Marek Edelman, que fue actor de aquel hecho histórico del que habló treinta años después; su testimonio, que «escandalizó a mucha gente», lleva a Todorov a poner en duda los lugares comunes sobre el heroísmo. En palabras de Edelman: «La insurrección no ha sido más que una manera de escoger nuestra muerte […] pero la diferencia de escoger una muerte y sufrirla es inmensa: es lo que separa a los seres humanos de los animales». 

Todorov analiza los testimonios de aquellos que sobrevivieron al Holocausto, para preguntarse sobre las condiciones de una conducta moral en un contexto en que entran en juego la voluntad y el deseo de sobrevivencia, sobre la solidaridad, el cuidado con el más débil, y la protección misma de la vida en el que la dignidad es una forma de ejercicio de la voluntad frente a los opresores

Todorov analiza los testimonios de aquellos que sobrevivieron al Holocausto, para preguntarse sobre las condiciones de una conducta moral en un contexto en que entran en juego la voluntad y el deseo de sobrevivencia, sobre la solidaridad, el cuidado con el más débil, y la protección misma de la vida en el que la dignidad es una forma de ejercicio de la voluntad frente a los opresores: el suicidio de un prisionero judío desquiciaba a los guardias. La historia de Mala Zimetbaum, que se corta las venas antes de ser ejecutada, desata la rabia del SS encargado de la ejecución: «¡Tú quieres ser una heroína! ¡Tú quieres matarte! ¡Somos nosotros los que estamos aquí para eso! ¡Ese es nuestro trabajo!». Son testimonios desgarradores. Sin embargo, la reflexión de Todorov no apunta a nuestros sentimientos sino a poner en duda el juicio fácil y rescatar en las rendijas del horror totalitario, conductas que se podrían llamar «morales» tanto entre los prisioneros como entre sus carceleros.

¿Por qué leer y escribir sobre asuntos que transcurrieron hace tanto tiempo, más aún ahora que los campos de exterminio y el gulag han desaparecido? Todorov se formuló la misma pregunta y responde: «La memoria de los campos debe […], convertirse en un instrumento de información para nuestra capacidad de juzgar y analizar el presente». Los campos permanecen latentes en el seno de nuestras sociedades, esperando el momento de hacerse nuevamente presentes.

Mientras leía Frente al límite, no dejaba de pensar en el conflicto entre el Estado de Israel y Palestina. El Estado de Israel no es lo mismo que el pueblo judío. Son dos entidades distintas, aunque relacionadas. Sabemos que el Estado de Israel está lejos de ser un estado totalitario como fueron la Alemania Nazi y la Unión Soviética bajo el dominio de Stalin; es una democracia moderna para sus ciudadanos. No lo es para los palestinos: privados de su territorio, convertidos en ciudadanos de segunda o tercera categoría, sin instituciones políticas que los representen, ignorados por una comunidad internacional enfrascada en lidiar con los efectos de la pandemia y enfrentados a uno de los ejércitos más poderosos de la tierra. Repito las palabras de Edelman: «La insurrección no ha sido más que una manera de escoger nuestra muerte». De eso se trata la dignidad.

En las reflexiones de Todorov tienen singular importancia la voz del poeta, ensayista y novelista judío sefardí Primo Levi. Sobrevivió a Auschwitz y se suicidó en su ciudad natal, Turín, en 1987. El suicidio fue el trágico final de otros sobrevivientes.  Todorov intenta algo así como una síntesis del pensamiento de Primo Levi y su experiencia:

«La humanidad no se ha reformado, se tuerce ya y rechaza incluso ese pasado tan próximo, como Levi es el primero en comprobar. Son siempre los inocentes los que se sienten culpables, y los culpables, inocentes. Levi siente, pues, el océano de dolor crecer año tras año: se hace desesperadamente claro que, cualquiera sea el destino de tal o cual individuo, el ser humano no mejora. La humanidad, tomada en conjunto, se niega a oír la lección de Auschwitz: no hay ilusiones que hacerse sobre el particular».

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