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22 de Noviembre del 2021
Ideas
Lectura: 7 minutos
22 de Noviembre del 2021
Carlos Arcos Cabrera

Escritor

Salvoconducto 32. Reinventarse a los setenta: notas al margen
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Este noviembre circula mi novela "Un día cualquiera", editada por Planeta. Morrocotuda alegría. Han pasado seis años desde que se publicó "Saber lo que es olvido". La pandemia y el gran encierro, que junto al mar no lo fue tanto, me ayudaron a cerrar un proyecto que se había prolongado.

San Agustín, en sus Confesiones, ordena los recuerdos de su vida teniendo como referencia el lento (fortuito y a la vez inevitable) descubrimiento de la presencia de Dios en su vida, o la de él en los designios de Dios. Y acontecimientos tan nimios como el hurto de unas peras en compañía de sus amigos son motivo para reflexionar sobre la naturaleza del pecado, un pecado que no tiene un propósito inmediato —comer las peras o satisfacer una necesidad—, sino un valor en sí mismo, «el goce de pecar», donde la ausencia de la presencia divina es radical. El orden de los recuerdos de la vida pasada está signado por el lento descubrimiento de la verdad que, en el marco de su fe, subyace en el cristianismo y su encuentro con Dios. La idea de un destino trazado desde antes de nacer está presente como en casi todas las autobiografías y biografías:  Napoleón estaba destinado a ser Napoleón y Stalin a ser lo que fue.

J. L. Borges (en palabras que recoge Esteban Peicovich en su libro Borges, el palabrista) afirma: «Mi padre era anarquista individualista, lector de Spencer, profesor de psicología, poeta romántico que dejó algunos buenos sonetos, pero él quiso que se cumpliera en mí el destino de escritor (que no pudo cumplirse en él). Ya mayor habría yo de entender que desde niño se me había trazado el destino de las letras […] Este es mi destino; lo supe siempre. Yo no imagino ningún otro que no sea éste». El destino de Borges fue la realización del frustrado destino de su padre.  Las autobiografías y las biografías son engañosas. El destino es algo así como el código genético que marcará nuestra vida y nuestra muerte y del que no podremos escapar.

El padre de Agustín, que no era cristiano, quería que fuese un letrado, y cuando cumplió los dieciséis años lo envió a Cartago, donde probó fortuna en los lances amorosos y en la vida bohemia. Fue allí donde descubrió la filosofía y por esa vía llegó a la fe. Destino.  Mi padre no era creyente. Hablé contadas veces con él. Murió antes de que llegara el momento de preguntarle lo que esperaba de mí y el silencio sustituyó a las palabras.

Cumplí setenta años en una fecha cercana a la caída de Kabul. Occidente se repliega y con ello su visión del mundo forjada en el espíritu de una modernidad prematuramente envejecida y que se ha quedado sin respuestas. Las imágenes de los últimos días en Kabul me llevan irremediablemente, como a muchos, a la caída de Saigón. Entonces no había Internet. Las noticias se seguían por la radio, los noticiarios de la tele, los diarios y las revistas, especialmente los reportajes de H. D. S. Greenway para la revista Time. Nada era instantáneo y la espera (que el Internet abolió) era inevitable. El noticiario El mundo al instante que se proyectaba en los cines antes de las películas, llevaba un atraso de meses. 

Este noviembre circula mi novela "Un día cualquiera", editada por Planeta. Morrocotuda alegría. Han pasado seis años desde que se publicó "Saber lo que es olvido". La pandemia y el gran encierro, que junto al mar no lo fue tanto, me ayudaron a cerrar un proyecto que se había prolongado

Sí, setenta: un montón de años. Eso parece. Sin embargo, no puedo dejar de lado la sensación de que todo ha sucedido demasiado rápido. La vida pasada es como una película hecha de retazos de muchas películas, con escenarios y actores distintos, unidos al azar. El giro de 180 grados con el que se contempla la vida ha culminado. El pasado se difumina, el futuro es tan solo una probabilidad descendente. Queda la fugacidad del presente que no es lo mismo que el aquí y ahora del budismo.

¿Es posible reinventarse a los setenta? Es imprescindible aceptar que la vida ya transcurrió, que lo que hice bien o mal ya está vivido y lo mejor es aceptarlo. No es aconsejable vivir un solo día con culpa, pese que a medianoche el sueño me abandone y que la mala conciencia me conduzca a aquel momento en que pude haber hecho o dicho algo distinto: amores y desamores, lealtades y deslealtades, generosidad y egoísmo.  Así revise los hechos del pasado una y otra vez, nada cambiará. Aceptación no es lo mismo que resignación. Hay una diferencia que me cuesta explicar pero que existe, que siento y que me provoca una sensación de alegre paz. ¿Debo entregarme a la «muerte vital» (palabras de San Agustín en sus Confesiones) que lenta e implacablemente está presente?

¿Azar del destino o destino del azar? El sitio web Academia.edu me envía regularmente información sobre artículos publicados en revistas científicas o académicas bajo el nombre Carlos Arcos Cabrera, así como las referencias encontradas en otros tantos artículos. En un último mensaje me preguntan si soy el autor del artículo: Platinum Electrodeposition at Unsupported Electrochemically Reduced Nanographene Oxide for Enhanced Ammonia Oxidation. Es evidente: no lo soy, aunque también podría serlo. Borges juega con la imagen de que somos soñados, que somos la invención de otros, que somos «otro». Existe un Carlos Arcos Cabrera que es un científico y que talvez cree que vive de verdad y que ignora que es una invención alucinada de otro; existe otro Carlos Arcos Cabrera que vive en Bahía de Caráquez, que escribe este texto y que también ignora, aunque lo sospecha, que es una invención alucinada.

Destino. Este noviembre circula mi novela Un día cualquiera, editada por Planeta. Morrocotuda alegría. Han pasado seis años desde que se publicó Saber lo que es olvido. La pandemia y el gran encierro, que junto al mar no lo fue tanto, me ayudaron a cerrar un proyecto que se había prolongado. El tiempo devora los altibajos del oficio de escribir y veo el libro como si hubiese sido escrito por un extraño.

Vivo el síndrome del nido vacío, o mejor dicho del día después en que puse el punto final al manuscrito. ¿Qué camino tomar? ¿Qué historia surgirá? No lo sé. Vivo la zozobra de la página en blanco.

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