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20 de Diciembre del 2021
Ideas
Lectura: 7 minutos
20 de Diciembre del 2021
Carlos Arcos Cabrera

Escritor

Salvoconducto 34. Santiago Carcelén Cornejo: remembranza
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Sí, tal vez eso es la amistad, un largo diálogo, un diálogo continuo por el que transcurre la vida como una brisa suave o un viento fuerte, como las aguas a veces cristalinas y a veces turbias de la existencia como lo oscuro y diáfano que todos tenemos. Tal vez por eso duele tanto la partida de un amigo.

¿Qué es la amistad? Es la pregunta que reiteradamente me he planteado en estos días, luego de la muerte de Santiago, ocurrida el diecisiete de este mes.  Lo vi por primera vez en Chile, en el año 1971.

El rumor de que había un joven actor ecuatoriano que se presentaba en el teatro El Aleph llegó a mis oídos. Allá fui y lo vi. Su voz y su presencia resaltaba en el grupo de actores bajo la dirección del legendario dramaturgo chileno, Oscar Castro. La sala rebozaba de un público de jóvenes, hombres y mujeres, lolos y lolas, estudiantes universitarios y de liceo, melenas largas y faldas cortas. La obra, si la memoria no me traiciona, terminaba con una canción:

«Los vietnamitas son chiquititos, son chiquititos, así,
Pero con unos corazones así de grandes, así…»  

Era un homenaje a Vietnam y a su lucha contra los norteamericanos. El público deliraba. El Aleph fue la expresión más reconocida del teatro compromiso, inspirado en Bertolt Bretch, de un teatro de creación colectiva y con la participación del público, tan en boga en aquellos años. Esperé largamente para saludarlo. Lo cierto es que me prestó poca atención rodeado como estaba de admiradores. Por aquellos años, la vida en Chile era agitada. Entre la militancia política y los estudios el tiempo pasó. Nos vimos un par de veces, nada más.

El golpe del 73 nos expulsó de Chile. Junto con otros compatriotas hicimos el tortuoso viaje de regreso al país en un avión militar. Volamos vigilados por paracaidistas que no dejaron de apuntarnos con sus armas: ¡éramos terroristas! Permanecimos durante horas en la pista en el aeropuerto de la FAE en Salinas, encerrados en el avión, soportando el calor y con la orden de no movernos bajo amenaza de que abrirían fuego. Años después nos enteramos de que los militares deliberaron sobre qué hacer con nosotros. Finalmente decidieron llevarnos a Quito. A un buen número nos esperaba el Penal García Moreno. ¡Chile nos había marcado! Fue en aquellos tiempos, en aquel retorno difícil en que Santiago me brindó su mano generosa, entre otras, y me ayudó a restablecer la fe perdida en el género humano.

Sí, tal vez eso es la amistad, un largo diálogo, un diálogo continuo por el que transcurre la vida como una brisa suave o un viento fuerte, como las aguas a veces cristalinas y a veces turbias de la existencia como lo oscuro y diáfano que todos tenemos. Tal vez por eso duele tanto la partida de un amigo

En sentido estricto, allí comenzó nuestra amistad con cercanías y distancias como toda amistad: largos o cortos silencios que cejaban cuando nos reencontrábamos y el diálogo retornaba como si lo hubiésemos dejado hace apenas unos instantes. Sí, el diálogo con el que Platón inmortalizó a Sócrates, sí, el diálogo en el que aprendemos de la vida del otro y de nosotros mismos, un diálogo que se prolongó algo más de cuatro décadas; un diálogo por el que transcurrieron amores y desamores, dolores y alegrías, triunfos y fracasos, lágrimas y risas, confidencias que solo la amistad recibe con la promesa del secreto, sueños truncados y realizados, sueños simplemente; canciones, poemas, libros y películas. Sí, tal vez eso es la amistad, un largo diálogo, un diálogo continuo por el que transcurre la vida como una brisa suave o un viento fuerte, como las aguas a veces cristalinas y a veces turbias de la existencia como lo oscuro y diáfano que todos tenemos. Tal vez por eso duele tanto la partida de un amigo. Inevitablemente el diálogo se trastoca en silencio o en diálogo silencioso. Es curioso pues en medio de este silencio postmorten retornan su risa diáfana y sonora y los momentos —no digo inolvidables pues se irán con quienes lo conocimos— en que la vida lució con todo el esplendor.

Actor, poeta, cineasta: Santiago fue eso y más, mucho más. El cine y la poesía fueron su pasión privilegiada. Camilo Egas, el hombre secreto, es una de sus poderosas realizaciones. Era su obsesión hacer una película sobre Rayo, uno de los complotados en el asesinato de García Moreno. Llegó a conocer a fondo a este personaje. Pero hacer cine en estos lares es muy complicado y su proyecto quedó como esbozo de un guión congelado en el tiempo.

Inevitablemente me sorprendía con la mirada que tenía de las novelas. Las leía con el ojo del guionista y del director de cine que da forma a una escena, que transforma el texto en la imagen que miraríamos en la pantalla. Las novelas, que leyó y apreció, las transformó en la película que produciría y dirigiría.

Recuerdo sus prolíficas notas para guión basado en una novela de Oscar Vela. Conversamos largamente sobre aquellas notas. Hasta los últimos meses no abandonó el proyecto de una nueva película, de un nuevo documental y entre tanto y tanto, escribió un poema.

Amistad y diálogo: el diálogo no admite supuestos, excepto el de la voluntad y el deseo de dialogar y nos lleva al fondo de nosotros mismos y de los otros, a la aceptación de las cercanías y las diferencias; la amistad no pide nada, tan solo trasparencia, tan solo aceptar lo que el amigo nos confía y lo que decidimos confiar, sabiendo que no habrá juicio, ni reproche. A más de actor (nunca dejó de serlo), cineasta y poeta, Santiago fue un entrañable amigo.

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