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10 de Septiembre del 2020
Ideas
Lectura: 7 minutos
10 de Septiembre del 2020
Carlos Arcos Cabrera

Escritor

Salvoconducto 6 (Para el presente)
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Declarados culpables por corrupción Correa y sus secuaces, debo reconocer que si algo cambió en el país con la sentencia ha sido gracias a la lucha aislada, en solitario, a la entereza personal, a las convicciones de estar en lo correcto, a la valentía de un puñado de periodistas, hombres y mujeres, que enfrentaron la violencia del poder.

La sentencia definitiva en el Caso Sobornos, que ha concluido en la condena a una parte importante de la cúpula del correísmo —incluido el mismo Correa— es el resultado de la suma de la lucha de muchos hombres y mujeres. Frecuentemente, ha sido una lucha en solitario, sin más recursos que su compromiso con una ética a toda prueba y que los llevó a enfrentar una justicia a la cual los poderosos de entonces, hoy convertidos en reos, manipularon a su antojo. Diego Cornejo Menacho, al comentar la noticia escribe, con la lucidez y agudeza que lo caracterizan: «Estuvimos solos, como leprosos, como roedores encandilados, como dementes peligrosos».  Espero que Diego no lo tome como una infidencia, pero sus palabras fueron como un flash que iluminó el pasado y me llevó a recordar.

Es importante señalar la diferencia entre la adscripción al líder carismático y el apoyo a un amplio movimiento democrático. Como muchos ecuatorianos de toda condición, profesionales y académicos, me convencí de que había surgido un proyecto resultado de un largo período de luchas sociales en muchos ámbitos y con la participación de los más diversos actores sociales: mujeres, pueblos indios, ambientalistas y antimineros, inclusive iniciativas por una ética pública como en su momento fue el Movimiento Manos Limpias. Tuve el privilegio de conocer y trabajar con profesionales como Arturo Villavicencio, un lojano de talla universal, Premio Nobel de la Paz (del que no le gusta hablar) por su aporte a los estudios sobre cambio climático en el marco de Comité Intergubernamental de Naciones Unidas (IPPC) dedicado a este tema y que compartió con Al Gore.

¿Ingenuo? ¿Tonto útil? Probablemente. Admiro, con admiración incrédula, a quien afirma que apenas escuchó la primera frase de Correa ya sabía lo que iba a suceder y que desde ese instante fue un decidido opositor. Lo cierto es cada cual tiene su historia de decisiones, equivocaciones, fracasos y también aciertos. Para mí participar en aquel gobierno fue una decisión ilusa y decepcionante. Si trato de entenderla diría que el habitus (ese poderoso concepto de Pierre Bourdieu) me hizo empático a los mensajes sobre justicia social y equidad. Sin duda, pesaron los años de quimeras políticas,  de trabajo en desarrollo en el marco de todo un universo de ONG que pugnaban por una sociedad distinta y de una palabra que me marcó: «compromiso». Yo, tan poco creyente, creía en el compromiso.    

En el proceso, el movimiento fue manipulado y luego destruido cuando no pudo ser instrumentalizado; el líder carismático y sus más cercanos servidores, pusieron por encima de todo sus más protervos intereses, develaron su rostro autoritario y un manejo corrupto del Estado. Desde muy temprano, en 2008, se rumoreaba de los manejos corruptos de Glas en telecomunicaciones y electricidad, aunque era inevitable la pregunta ¿será cierto? Demoré en aceptar las evidencias de la realidad al diluirlas en la reiterada pregunta ¿será cierto? Sí, demoré en hacerlo. Tenía una gran resistencia a aceptar lo que la realidad me decía, probablemente para no hacer más aguda la desilusión.

Declarados culpables por corrupción Correa y sus secuaces, debo reconocer que si algo cambió en el país con la sentencia ha sido gracias a la lucha aislada, en solitario, a la entereza personal, a las convicciones de estar en lo correcto, a la valentía de un puñado de periodistas, hombres y mujeres, que enfrentaron la violencia del poder

¿Cómo se produjo el develamiento? Recuerdo haber escuchado los procaces, cobardes y reiterados ataques a Diego Cornejo Menacho —a quien conocía desde hacía mucho y cuya obra literaria y periodística es muy destacada (Recomiendo su novela Las segundas criaturas)—, a Juan Carlos Calderón y Christian Zurita por su libro El gran hermano: historia de una simulación (disponible en Kindle Edition) —a los que Correa y su ministra Duarte entablaron un juicio por diez millones de dólares—; luego, continuaron los ruines ataques a Fernando Villavicencio, Bonil, Martha Roldós, Miguel Molina Díaz, Roberto Aguilar y otros más. No podré olvidar la vehemencia de Correa al acusar a Bonil de «corrupto». Bonil debió «rectificar» con una caricatura en la que, a sus anchas, se rio del poder.  Fue cuando escribí Fusilamiento mediático: nuevas armas en el ejercicio del poder en Ecuador (www.labarraespaciadora.com).

Hoy, declarados culpables por corrupción Correa y sus secuaces, debo reconocer que si algo cambió en el país con la sentencia ha sido gracias a la lucha aislada, en solitario, a la entereza personal, a las convicciones de estar en lo correcto, a la valentía de un puñado de periodistas, hombres y mujeres, que enfrentaron la violencia del poder. Si alguien ha hecho historia son ellos. ¡Admiración y respeto! Han dado al país un ejemplo que ningún político ha dado. Paradójicamente no fueron los movimientos sociales de diversa naturaleza los que lideraron esta lucha. Forzados a centrarse en sus demandas específicas y en sobrevivir, no fue su prioridad enfrentar la corrupción de un Gobierno que se apropió de sus reivindicaciones y de sus consignas.

Si esta lucha ha culminado con un acto de justicia se debe también a la presencia de una Fiscal y jueces que han dado pruebas suficientes de probidad. Los ataques contra la sentencia continuarán. Los reos son aún muy poderosos. 

En mi radical escepticismo, frecuentemente me pregunto cuándo el país perdió la brújula, si alguna vez la tuvo. Probablemente la buscaba en los lugares equivocados y no en la tozudez de aquellos a los que el correísmo quiso convertir en «leprosos, … roedores encandilados, … dementes peligrosos» en las palabras lúcidas de Diego Cornejo Menacho.

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Salvoconducto 6 (Para el presente)
 
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