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4 de Abril del 2016
Ideas
Lectura: 10 minutos
4 de Abril del 2016
Patricio Moncayo

PhD. Sociólogo. Catedratico universitario y autor de numerosos estudios políticos.

¿Se reinventa la utopía?
Fidel Castro hace bien en defender los principios. No obstante, el mundo ha cambiado, los objetivos de la igualdad, la soberanía nacional, la solidaridad que bien supo enarbolar, deben guardar concordancia con los de la libertad, la democracia, los derechos humanos, los avances científicos y tecnológicos, como lo exigen los nuevos tiempos.

Cuba representó, sin duda, una esperanza para América Latina. El triunfo de la revolución cubana sembró la ilusión de una revolución producida a noventa millas de Estados Unidos. Se rompía el determinismo geográfico para el cual era impensable una revolución socialista en América Latina. La década de los sesenta fue un campo de lucha entre la modernización capitalista y el socialismo en el marco de la guerra fría. Fidel Castro lideró la revolución cubana sin copiar ni la revolución soviética ni la china, al menos en sus inicios y en sus formas.

La guerra fría, sin embargo, puso límites a esa autonomía. Cuba tuvo que aliarse a la Unión Soviética cuando Estados Unidos reprobó y castigó la línea seguida por la revolución, al afectar aquella los intereses económicos de grandes empresas norteamericanas y  haber optado por el marxismo. 

El recuerdo de Guatemala de Juan José Arévalo y de Jacobo Arbenz, las invasiones de los Estados Unidos a Centroamérica, su apoyo a las dictaduras de Trujillo en la República Dominicana, Somoza en Nicaragua, Strossner en Paraguay, Batista en Cuba, hicieron de Cuba una avanzada de la lucha antiimperialista de América Latina.

En el artículo que  escribe en el Granma, a propósito de la visita de Barak Obama a Cuba, Fidel Castro recuerda la agresión de la que fue víctima Cuba por los Estados Unidos. También la solidaridad de Cuba hacia los pueblos de Angola, Mozambique, Guinea Bissau y “otros del dominio colonial fascista de Portugal”.

Fidel Castro reivindica este legado heroico de la Cuba revolucionaria liderada por él.  Cree que Obama acaso lo desconozca y/o menosprecie. La presencia de Obama en Cuba, no cabe duda, tiene una gran carga simbólica. Obama, por cierto,  no hablaba en representación del imperio que, sin duda, no ha dejado de existir; sino en representación de una nueva generación; nació en 1961. Una nueva generación que abomina del racismo, del anticomunismo ( Obama fue  atacado de “comunista” por sectores derechistas de los exilados cubanos en Miami) y del anticolonialismo. Su invocación a la democracia en Cuba responde a los cambios ocurridos en el mundo tras la caída del socialismo real.

Es innegable que el “bloqueo despiadado que ha durado ya casi 60 años”, como dice Fidel Castro, produjo consecuencias nefastas para la economía y la democracia en Cuba. El costo social y político del bloqueo fue muy elevado. Los Estados Unidos, a través de Obama, reconocen el fracaso de tal estrategia, aunque aún no se sabe si el Congreso apruebe el levantamiento del bloqueo. Esos son los riesgos de la democracia. Tampoco se puede vaticinar el futuro político inmediato de los Estados Unidos. Las fuerzas que representa Donald Trump de seguro desaprueban estas iniciativas, y en caso, de triunfar en las próximas elecciones tales iniciativas quedarán sin efecto.  

En cuanto a Cuba, el régimen político hasta ahora vigente fue producto de ese bloqueo y de una ideología política que reniega del pluralismo. El levantamiento del mismo podría traer cambios en el carácter de dicho régimen. De ahí que Obama afirmara que es al pueblo cubano al que corresponde decidir sobre su futuro. Y que en el discurso pronunciado en el Gran Teatro de la Habana, en presencia de Raúl Castro, agregara: “Creo que los ciudadanos deberían ser libres de decir su opinión sin miedo, de reunirse, de criticar a su gobierno y de protestar pacíficamente”.

Creo que a estas palabras se refirió Fidel Castro cuando expresó en el artículo citado que “cada uno de nosotros corría el riesgo de un infarto al escucharlas”. 

Y en esa línea de pensamiento, se vuelven más comprensibles los anhelos manifestados por el Presidente de los Estados Unidos: “es hora ya de olvidarnos del pasado (…) miremos el futuro”.

Ello, entiendo, no significa renunciar al pasado, “a la gloria y los derechos, y a la riqueza espiritual” conquistada por Cuba, en palabras de Castro.  Significa que Cuba, además de la riqueza espiritual, debe alcanzar prosperidad material, mediante precisamente “el esfuerzo y la inteligencia de nuestro pueblo” . Ello ya no será posible, presumo, lograrlo con el régimen político que igual se ha mantenido por más de cincuenta años en Cuba sin mayor variación.

Obama pudo decirlo en su visita a Cuba, sin que sus palabras ocasionaran un incidente diplomático: “Los cubanos no conocerán su potencial sin hacer más cambios” al abogar por “un mayor acceso a internet en la isla”. En la reseña de diario El Comercio, se da a conocer los argumentos del gobierno cubano al respecto: “desde hace años las restricciones a las libertades civiles obedecen a que la isla es una “plaza sitiada” por la hostilidad de los Estados Unidos”.

Es evidente que hay una corresponsabilidad de Estados Unidos y Cuba en las privaciones sufridas por la Isla. Situar las relaciones entre los dos países en otro plano constituirá un avance para sus respectivos pueblos, y la demostración que las posiciones extremas son factores agravantes para resolver conflictos de gran complejidad. 

Fidel Castro con razón afirma  que la discriminación racial fue barrida por la Revolución. Ambos países, sin duda, pueden darse mutuas lecciones. Obama reconoció y elogió “el acceso universal a la salud y a la educación” alcanzado en Cuba; faltaría agregar, pese al bloqueo de sesenta años impuesto por los Estados Unidos. 

Fidel Castro hace bien en defender los principios. No obstante, el mundo ha cambiado, los objetivos de la igualdad, la soberanía nacional, la solidaridad que bien supo enarbolar, deben guardar concordancia con los de la libertad, la democracia, los derechos humanos, los avances científicos y tecnológicos, como lo exigen los nuevos tiempos.

Cuba debe sacudirse del estalinismo. Este, sin duda, es el karma del socialismo real. Falta en el artículo de Fidel Castro una autocrítica a esa página oscura de “la perversión de la gran utopía de siglo XX” que constituye el trasfondo de la magistral novela histórica de Leonardo Padura El hombre que amaba  a los perros, y que, por cierto,  no estuvo ausente en la propia Cuba. La lista de presos políticos que Raúl Castro pidió que le hicieran conocer en la visita de Obama, revela la necesidad indispensable de esa autocrítica.   

Al respecto son aleccionadoras las reflexiones de Carlos Matus, funcionario de alto nivel en el gobierno de Salvador Allende en Chile y socialista convencido, sobre el dilema de los grandes líderes: lealtad versus creatividad.

“Lealtad al pasado, a costa de rezagarse en el conocimiento. O búsqueda constante de una verdad más potente, mejor fundamentada en las ciencias y en la ética, aunque contradiga la palabra anterior. Ser leal con la palabra anterior no conduce siempre a progresar y crecer de verdad en verdad. Puede conducir al estancamiento, y por esa vía un revolucionario leal se transforma contradictoriamente en un conservador”.

Desde esa comprensión, Matus se pregunta: “¿Gorbachov fue un líder desleal con su pasado o un conductor que intentó sin éxito avanzar hacia una verdad superior? ¿Fidel Castro es un paradigma de lealtad con su palabra anterior o un conservador incapaz de comprender la democracia y su complejidad dinámica? ¿Qué es el marxista de ayer que hoy abraza el neoliberalismo? ¿Qué es el marxista de hoy, leal a su convicción de ayer?”

Una utopía tiene que reinventarse. Ello no puede lograrse sin abrir las puertas a la creatividad, al disenso, pues sólo así un pueblo puede potenciar “su esfuerzo y su inteligencia”. ¿Será Cuba capaz de reemprender su camino a través de una franca autocrítica que le devuelva validez y credibilidad a su discurso revolucionario? O ¿se mantendrá leal a su pasado sin atreverse a enfrentar el futuro, admitiendo, como dijo Obama, que “ello no será fácil, que habrá retos, pero que juntos como amigos, como familia, como vecinos podremos hacerlo?". 

El dilema está planteado. Seguramente en Cuba deba emerger un nuevo liderazgo capaz de afrontar la nueva problemática, aprovechar las circunstancias y conducir a esta indómita Isla  hacia niveles más altos de realización soberana. Y ese nuevo liderazgo no caerá del cielo sino en “el juego de la lucha por el poder" y más aún en “el juego del ejercicio del poder”. Éste es  el gran desafío para los gobiernos revolucionarios, si no quieren caer en la frustración que acompaña al desengaño.

[PANAL DE IDEAS]

Fernando López Milán
Giovanni Carrión Cevallos
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