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11 de Mayo del 2016
Ideas
Lectura: 11 minutos
11 de Mayo del 2016
Simón Ordóñez Cordero

Estudió sociología. Fue profesor y coordinador del Centro de Estudios Latinoamericanos de la PUCE. Ha colaborado como columnista en varios medios escritos. En la actualidad se dedica al diseño de muebles y al manejo de una pequeña empresa.

Seguramente la farra terminará en piñata
La imagen es clara; una vez que la piñata se rompe todos los niños se abalanzan a coger la mayor cantidad de dulces, chupetes, cornetas, pitos, pequeños juguetes. Cuando se trata de fiestas infantiles, casi siempre es el niño más grande y agresivo el que más caramelos recoge. Cuando la piñata es el país, será el más fuerte, el más astuto, el más inescrupuloso y el más violento, el que más empuñe y lleve.

Fue durante los primeros meses de 1979. Carlos Mejía Godoy y Los de Palacagüina realizaban una gira internacional en apoyo a la lucha de los sandinistas contra la tiranía de los Somoza. Llegaron a Cuenca, la ciudad de mi niñez, y muchos fuimos a escucharlos en el Teatro Carlos Cueva Tamariz.

Aún recuerdo el entusiasmo generalizado por la lucha del Frente Sandinista de Liberación Nacional-FSLN-, pues combatía a una de las más sanguinarias y corruptas dictaduras que aún asolaban América Latina. Muchas noches, con mi hermano mayor, solíamos sintonizar Radio Sandino y a través de una señal casi inaudible y entrecortada nos enterábamos del avance de los rebeldes. Los hermosos nombres de las ciudades liberadas se grababan en nuestra memoria como signos de la lucha y el heroísmo de los pueblos: León, Masaya, Matagalpa, Estelí. También oíamos los nombres de los dirigentes, de los escritores e intelectuales, que arriesgaban todo para derrotar a la tiranía: Daniel Ortega, Edén Pastora, Tomas Borge, Ernesto Cardenal, Sergio Ramírez. Todos ellos quedaban registrados como grandes héroes, como ejemplos de valor, desprendimiento y dignidad.

En julio de 1979 el FSLN tomó Managua y acabó con la satrapía de los Somoza; el tirano y sus secuaces huyeron del país. Somoza se exilió en Paraguay, bajo la protección de Stroessner, hasta que años después un disparo de basuka acabó con su vida. Se formó la Junta de Reconstrucción Nacional, con representación de diversos sectores, y el nuevo gobierno despertó la simpatía y el apoyo entusiasta de todos. Al fin Nicaragua se había librado de la pandilla de los Somoza y se abrían caminos para democratizar la sociedad y superar la pobreza.

Poco tiempo después los sandinistas coparon todo el poder, desplazaron a los sectores democráticos del gobierno, y Nicaragua empezó a caminar hacia un modelo socialista y autoritario. No hubo ni democratización de la sociedad ni superación de la pobreza. Convencidos de que la revolución y la fuerza eran fuentes de derecho, pronto empezaron a vivir en mansiones que ya en ese entonces le pertenecían al Estado, a usar autos de lujo también estatales y, por supuesto, a enriquecerse gracias a sus posiciones de mando dentro del aparato burocrático.

En 1990, en medio de la pobreza generalizada, de fuertes denuncias de corrupción y autoritarismo, pero también debido a la guerra que grupos armados auspiciados por los EEUU mantenían contra el régimen, los sandinistas fueron derrotados en las urnas por una coalición encabezada por Violeta Chamorro. Aquellos que habían planificado eternizarse en el poder se veían repentinamente fuera del gobierno. La transición duraría poco pero quedaban aún unos cuantos meses para asegurar su futuro. A lo que hicieron durante esos meses se le conoce como “La piñata”. Fue uno de los mayores atracos cometidos en toda la historia de Nicaragua y consistió en que gran parte de los recursos del país, incluyendo haciendas, fabricas, casas, mansiones, en fin, todo lo imaginable, pasó a ser propiedad de los dirigentes sandinistas.

En el Informe contra mí mismo, ese bello e imprescindible libro para entender lo que significaron los gobiernos socialistas, Eliseo Alberto dice: “La última piñata de la fiesta revolucionaria se rompió en Nicaragua cuando el colegio electoral anunció la derrota popular de los comandantes sandinistas, en breve convertidos en los empresarios, hacendados y publicistas más poderosos de Centroamérica. En la prensa se comentó de un ministro del FSLN que robó con tal desenfreno que cuando acabó de cargar los bolsillos con las ofrendas de la capitulación tenía una finca apenas siete u ocho hectáreas más pequeña que El Salvador. Los mejores combatientes renunciaron a la militancia del Frente y se retiraron abochornados por la rapacidad de sus antiguos jefes. Los peores hoy se piden las cabezas unos a otros, se insultan en la prensa y se consumen en los vinagres de la envidia. ‘Asipués’, acabaron odiándose pero ricos a morir, como Somoza”. Y fue así; mientras Ernesto Cardenal, Carlos Mejía Godoy o Sergio Ramírez se apartaban avergonzados por la rapiña de sus ex compañeros, Tomas Borge y los hermanos Ortega robaban a manos llenas. Se dice que fue tal la voracidad de los dirigentes sandinistas que en cinco años lograron robar lo que a los Somoza les había demorado cuarenta.

La imagen es clara; una vez que la piñata se rompe todos los niños se abalanzan a coger la mayor cantidad de dulces, chupetes, cornetas, pitos, pequeños juguetes. Cuando se trata de fiestas infantiles, casi siempre es el niño más grande y agresivo el que más caramelos recoge. Cuando la piñata es el país, será el más fuerte, el más astuto, el más inescrupuloso y el más violento, el que más empuñe y lleve. Es, por ello, la dramática metáfora para describir el final de las dictaduras y las cleptocracias.

Lo mismo ocurrió tras la Perestroika y el fin de la Unión Soviética. Fueron los miembros de las mafias que habían gobernado ese país durante más de 70 años los que se apropiaron de todo, los que cambiaron su estatus de funcionarios corruptos por el de multimillonarios propietarios de gran parte de esos países que un día conformaron la URSS. También ellos arreglaron su futuro mientras los pueblos quedaban devastados y en la pobreza extrema.

En los dos casos que he mencionado, el enriquecimiento y la rapiña de los funcionarios y empresarios corruptos, fueron el resultado previsible y necesario de regímenes políticos en donde el poder está absolutamente concentrado y no existen organismos de control ni contrapesos institucionales; donde la sociedad civil ha sido excluida de cualquier participación en la gestión y control del gobierno.

Tras la gran farra, el despilfarro y el abuso de los recursos públicos que ha sido consustancial a la Revolución Ciudadana, parece ser que también a ellos el tiempo se les termina. Aquí, como en los ejemplos mencionados, también prevalece la voluntad de uno solo y su camarilla; aquí se liquidó a los organismos de control o se puso a cargo de estos a envilecidos funcionarios para que garanticen la impunidad de quienes se han pasado por el forro la ley y la decencia; aquí se excluyó a la sociedad civil y se destruyeron las organizaciones que podían velar por los intereses ciudadanos; aquí se amordazó a la prensa, con leyes o juicios vergonzosos, para silenciarla y evitar que la gente se entere de sus fechorías. Es por esto, y por las medidas que se han adoptado con motivo del terremoto, que me temo que la farra revolucionaria también terminará en piñata. La opacidad de los contratos petroleros y de las negociaciones de la deuda; el baratillo de los bienes públicos y de los recursos naturales; en fin, la negativa radical a que la sociedad civil participe y supervise el proceso de reconstrucción de los pueblos afectados por el terremoto, generan grandes dudas sobre el destino de esos recursos. Porque muchos, y me incluyo entre ellos, no confiamos ni en este Gobierno ni en sus funcionarios.

En 1972, mientras Somoza aún gobernaba Nicaragua, se produjo un terremoto que devastó Managua y arruinó gran parte de la precaria estructura productiva de ese país. Somoza y sus esbirros monopolizaron el proceso de reconstrucción y aprovecharon la tragedia para multiplicar sus fortunas robándose la inmensidad de recursos que llegaron producto de la ayuda humanitaria internacional. El terremoto lo magnificó todo, incluyendo la corrupción, y reveló la perversidad del régimen. El autoritarismo y el despilfarro que de alguna manera habían sido tolerados por la sociedad en tiempos normales, se volvió absolutamente inaguantable frente a una tragedia de esa magnitud. La rapiña somocista alimentó el rechazo popular al dictador y legitimó las luchas sociales que llevarían a su derrocamiento en 1979. El remedio, como hemos visto, fue quizá peor que la enfermedad. Sin embargo deja una gran lección: cuando el poder se concentra en una sola persona y su camarilla, ya se digan estos de izquierda o de derecha, las puertas para la corrupción quedan abiertas y la rapacidad prevalece sobre la solidaridad y la decencia.

Quizá ello sea parte de la condición humana, y es por eso mismo que las sociedades se han de organizar de tal forma que el poder siempre esté limitado por las leyes y controlado por la sociedad civil. Lo dijo Esteban de la Boétie, a mediados del siglo dieciséis, en su Discurso sobre la servidumbre voluntaria: “…cuando un rey se declara tirano, todo lo malo, toda la escoria del reino […] se amontonan a su alrededor y lo apoyan para participar en el botín y ser ellos mismos tiranuelos, bajo el dominio del gran tirano. Así obran los ladrones y los famosos corsarios: los unos limpian el país, los otros despojan y, aunque existan entre ellos jerarquías y unos son criados y otros son jefes de la asamblea, no hay al fin uno sólo que no pretenda el botín principal o que al menos no lo procure”.

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