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25 de Mayo del 2020
Ideas
Lectura: 6 minutos
25 de Mayo del 2020
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

Seguridad, desesperanzas y engaños
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¿Será cierta esta buena nueva? ¿No será que el poder se ve incapaz de resistirse a las lógicas exigencias de la ciudadanía y de los sectores productivos, desde los pequeños hasta los grandes, que claman por sobrevivir? Toda salvación procede del otro. Si el otro se cuida, me cuida. Si me cuido, los protejo. ¿Realmente me protege un gobierno que se hunde en la desconfianza?

Hasta ayer no más vivíamos en la tranquilidad que brindaba una cotidianidad relativamente estable. De pronto, nos invadieron lo incierto, el recelo y el temor. Un temor existencial que tiene que ver con los fundamentos básicos de los ciudadanos y de las instituciones.   

Desde entonces, a la sociedad le ha sido casi imposible librarse de la incertidumbre, convertida en una suerte de estado permanente. Se han debilitado las antiguas seguridades que han sido sustituidas por el sentido de sobrevivencia personal y social. Como quizás nunca antes, los fantasmas de la pobreza y de la muerte se ciernen por doquier. Afanosa y obsesivamente cerramos nuestras puertas para que el coronavirus no ingrese a casa y nos sorprenda desprevenidos. Una epidemia portadora no solo de enfermedad, sino también de desempleo, pobreza, corrupción y violencia. 

Qué difícil aceptar un aislamiento forzoso e inevitable. Casi absurdo convertirnos en prisioneros de nosotros mismos en la cárcel de nuestros temores y angustias. De súbito nos volvimos rígidos alcaides de nuestra cotidianidad y testigos de la felicidad de quienes se curan, y en el mismo camino sin poder ser inmunes al dolor abismal de quienes deben despediste de sus seres queridos sin el más mínimo ceremonial social que exige la muerte.  La bandera roja nos detuvo y no protegió. 

Han transcurrido más de dos meses oscuros. Ahora las autoridades empiezan a blandir la bandera amarilla. Tratan de decirnos que el mal ya no golpea la vida con el mismo peligro que antes, Que ya ha sido dominado aunque solo sea parcialmente. Que con las medidas básicas es posible protegerse de su virulencia. 

¿Será cierta esta buena nueva? ¿No será que el poder se ve incapaz de resistirse a las lógicas exigencias de la ciudadanía y de los sectores productivos, desde los pequeños hasta los grandes, que claman por sobrevivir? Toda salvación procede del otro. Si el otro se cuida, me cuida. Si me cuido, los protejo. ¿Realmente me protege un gobierno que se hunde en la desconfianza? 

¿Será cierta esta buena nueva? ¿No será que el poder se ve incapaz de resistirse a las lógicas exigencias de la ciudadanía y de los sectores productivos, desde los pequeños hasta los grandes, que claman por sobrevivir?

El principio de sobrevivencia es mucho más imperativo que toda otra lógica. Lo cual se convierte en presión casi irresistible para los gobernantes que no pueden hacer otra cosa que ceder y tornarse peligrosamente laxos. La alerta amarilla seguramente será interpretada y vivida como el final del peligro. En consecuencia, acudiendo a las básicas estrategias de protección, serán innumerables quienes pretendan volver a su antigua cotidianidad. Cuando se trata de sobrevivir, la conciencia de riesgo se reduce a su mínima expresión. Esta falta de conciencia de que la epidemia es más intensa que nunca. La negación constituye el peor de todos los mecanismos de defensa personal y social.

El nuestro ha sido y es un gobierno débil. La misma dureza con la que frecuentemente habla el presidente lo confirma. Lo cual implicaría que algunas medidas se toman bajo la presión de ciertos grupos más que por criterios técnicos. Parecería que a ratos no se toman muy en serio los datos epidemiológicos que, en última instancia, son los que deberían pesar para la toma de decisiones. Y estos datos dicen que no existen indicadores de que el mal esté ciertamente descendiendo sino todo lo contrario. 

Con la bandera amarilla ondeando en Quito, probablemente una buena mayoría podría creer que los riesgos habrían desaparecido y que, por ende, se puede regresar a la normalidad de la vida cotidiana. Tremendo engaño. En menos tiempo de lo previsto, podría producirse un grave rebrote que encontrará desprevenida a una buena parte de la población, Esperemos que no a las autoridades sanitarias. Pero, como niños, se prefiere tapar los ojos con la mano.  

Primero vivir y después filosofar, principio elemental de toda sociedad. Sin embargo, el mal que nos persigue exige que las autoridades no bajen la guardia sino que, al revés, asuman actitudes y acciones de mayor información y control. Hay que aceptar que tan solo una constante y adecuada información salvará a aquellos destinados a la muerte. El gobierno debería utilizar a tiempo completo los medios públicos y privados para que la población de todos los estratos se mantenga bien informada.  

Las amenazas no suelen dar buenos resultados. Si durante la cuarentena ha sido evidente un significativo número de ciudadanos capaces de dar las espaldas a las recomendaciones, el cambio de nivel de alarma hará aun más laxas las ya precarias precauciones. Pero es uno de esos riesgos. En los espacios de las precariedades sociales, lo que se impone es la sobrevivencia.   

Las pobrezas no son entes de razón ni un párrafo en los informes políticos exuberantes en éxitos que no existen. Es una realidad existencial que atrapa a los ciudadanos mucho antes de su nacimiento y que, salvo excepciones, se transmite de generación a generación, porque esa es la única y verdadera herencia que se da y se recibe.

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