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30 de Enero del 2020
Ideas
Lectura: 5 minutos
30 de Enero del 2020
Fernando López Milán

Catedrático universitario. 

Ser o parecer bachiller
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La sobreformación produce sobrecalificados y la abundancia de sobrecalificados genera desempleo y precarización laboral. Se ha gastado, pues, demasiado tiempo y dinero para generar un hecho antieconómico: la inadecuación académico-laboral, y su correlato psicológico: la frustración.

La educación universitaria no puede ser la única alternativa vital para quienes han terminado sus estudios secundarios. Menos aún cuando, gracias a una demanda de formación ajena a las necesidades académicas de los estudiantes y a las características del mercado laboral, la permanencia en la universidad se ha prolongado, con los estudios de maestría, unos dos años.

Estamos ante un problema de sobreformación, que ha distorsionado el sentido de los estudios de posgrado y el mercado de trabajo en el país. Gran parte de las personas que han realizado estudios de maestría y doctorado desempeñan actividades que nada tienen que ver con su perfil académico, y que, antes que se diera el auge sobreformativo, eran desempeñadas por licenciados o bachilleres. Otros, no pocos, están desempleados.

La sobreformación produce sobrecalificados y la abundancia de sobrecalificados genera desempleo y precarización laboral. Se ha gastado, pues, demasiado tiempo y dinero para generar un hecho antieconómico: la inadecuación académico-laboral, y su correlato psicológico: la frustración. Muchos profesionales sobrecalificados, aparte de trabajar en áreas extrañas a su especialidad, ganan salarios muy bajos para su nivel de formación.

Una de las razones de este problema es la sobrevaloración de los títulos universitarios, proveniente de la idea de que todo lo que requiere un aprendizaje sistemático debe enseñarse en la universidad.
Esta idea, a su vez, se origina en una cultura que privilegia al ser el parecer. No la persona, sino el papel social que desempeña: prestigioso o devaluatorio. No lo que sabe, sino lo que certifica saber. El título universitario es un certificado de que alguien conoce y sabe hacer. Mientras más títulos tenga, mayor será, en los papeles, su dominio teórico y práctico de una materia.

Sin embargo, la realidad es otra. Hay doctores que no saben escribir y bachilleres que pueden darles clases de escritura. En el periodismo ecuatoriano, tenemos ilustres ejemplos de esto.

La situación empeora cuando los aspirantes a la universidad, que desean seguir carreras para las que se requieren conocimientos y aptitudes específicos, son sometidos a una prueba de ingreso igual para todos.

La sobreformación produce sobrecalificados y la abundancia de sobrecalificados genera desempleo y precarización laboral. Se ha gastado, pues, demasiado tiempo y dinero para generar un hecho antieconómico: la inadecuación académico-laboral, y su correlato psicológico: la frustración.

¿Un estudiante que quiere estudiar literatura necesita el mismo dominio de la física que un estudiante que quiere estudiar ingeniería o física teórica? No, por cierto. Sin embargo, esta materia tiene un peso muy grande en la prueba “Ser Bachiller”, que se aplica a todos los aspirantes a la universidad, sin ninguna distinción.

A resultas de esto, a carreras de humanidades y ciencias sociales no llegan los mejor puntuados en un examen específico para estos campos del conocimiento, sino los peor puntuados en un examen general. En carreras como literatura o comunicación social, están los que menos física saben, y no quienes mejor manejan la lengua española.

Así, al problema de sobreformación, se suma el de formación no pertinente. Muchos jóvenes se ven obligados a matricularse en la universidad, aunque la educación superior no se corresponda con sus reales intereses y necesidades. Y otros tantos estudian disciplinas que nunca quisieron estudiar. Todos ellos parecen estudiantes. No lo son. Carecen de la cualidad básica para serlo: el interés o, dicho de manera más rotunda, la vocación.

Tanto la sobreformación como la formación no pertinente son formación innecesaria, superflua, ya por su inaplicabilidad, ya por su escasa integración en la personalidad total del individuo. Son, en el peor de los casos, un adorno; y, en el mejor, una fuente de puntos en un concurso de merecimientos para obtener un empleo, cualquier empleo.

Pero no todo es malo. Los “universitarios porque no tienen nada mejor que hacer” pasarán cuatro años ocupados. Dos más, probablemente. Tendrán uno o dos títulos que mostrar. Parecerá que han aprovechado el tiempo y avanzado en el cumplimiento de sus metas; que han dado el primer, el segundo paso…Parecerá.

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