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12 de Enero del 2017
Ideas
Lectura: 7 minutos
12 de Enero del 2017
Alberto Molina Flores

Coronel de Estado Mayor, analista militar, escritor y catedrático.

Siembra vientos...
No hay antecedente en la historia de nuestro país, de que un mandatario, en forma infamante, descalifique grotescamente a oficiales, incluso aquellos que fueron parte del Alto Mando en su gobierno, es insólito. Lo grave de este asunto es que Correa, con la decisión de descabezar el mando militar, en forma especial a la Marina, debilita en forma deliberada a las Fuerzas Armadas, a la seguridad y defensa nacional; además, conspira contra la estabilidad administrativa de una institución que tiene mucha complejidad.

… y cosecha tempestades, es un refrán que advierte de las malas consecuencias que puede traer realizar malas acciones; aunque en estos ya 10 años de gobierno de Rafael Correa, sus malas acciones, no sólo que debieron cosechar tempestades sino huracanes. Un estadista ante cualquier circunstancia, por más difícil que ésta sea, no debe reacciona visceralmente, lo debe hacer con ponderación y sabiduría.

La relación Correa-militares, desde el inicio de sus gobierno, siempre fue difícil; de inicio tuvo que enfrentarse a la posición firme de un grupo de almirantes dignos, frente a la prepotencia y arribismo del ex comandante de la Marina, Homero Arellano; luego, el encargo de Petroecuador a los marinos, no estuvo libre de dificultades, sobre todo cuando recibieron órdenes de Correa o de sus cercanos allegados para que cumplan disposiciones que no eran las correctas, eso propició la salida del contraalmirante Livio Espinoza.

El ataque a Angostura, el amotinamiento de los policías el 30 de septiembre, fueron dos acontecimientos que, igualmente, se manejaron sin ninguna responsabilidad: se caldearon los ánimos, la seguridad ciudadana y el sistema democrático estuvieron en peligro. Pero gracias a la intervención ponderada de las Fuerzas Armadas, la situación no se desbordó, aunque el gobierno sigue sosteniendo que hubo intento de golpe de Estado, un intento de asesinato y que el presidente estuvo secuestrado. Siguen las persecuciones y las heridas no terminan de restañarse.

El tema de la seguridad social militar fue una provocación más a las Fuerzas Armadas, con la orden arbitraria de descontar 41 millones de dólares del Issfa por un supuesto sobreprecio en la venta de los terrenos de los Samanes, asunto que debieron resolver los jueces. Luego de haber anunciado muchas veces que respetará el régimen especial de la seguridad social militar, que es un mandato constitucional, simplemente se lo eliminó en las reformas ordenadas por Correa a sus asambleístas.

Correa, en la sabatina del 14 de mayo, declaró suelto de huesos,  que en los liceos  navales  sólo eran admitidos los hijos de oficiales, pero “no los hijos de los tripulantes”. El comandante de la Marina, almirante Sarzosa, a través de una comunicación dirigida al Ministro de Defensa, pidió que la información sea verificada y contrastada: ahí su pecado y atrevimiento, exigía una rectificación del Jefe de Estado. La respuesta no se hizo esperar, Correa, en su proverbial arrogancia, se ratificó en sus declaraciones y para que no quede dudas dijo que no “discutía con sus subalternos”; días más tarde, el almirante fue relevado de sus funciones.

Como vemos, los enfrentamientos provocados por el gobierno en contra de las Fuerzas Armadas  han sido recurrentes y han tenido varios episodios que desgraciadamente han ido escalando. Los fallos de los Consejos de Disciplina de no sancionar a los oficiales de la Marina -uno de los últimos- han tensado peligrosamente la cuerda de la relación Correa-militares.

En la sabatina del sábado 3 de diciembre, los insultos y descalificaciones van llegando a su climax, Correa “denunció”, como es su costumbre, de una supuesta desestabilización que estaría en marcha y se refirió a los oficiales en servicio pasivo, de “esos formados en la Escuela de las Américas, esos trogloditas, fascistas que lastimosamente hasta hace poco dominaban incluso dentro de las Fuerzas Armadas, la Escuela de las Américas es donde se formó Pinochet”.

No hay antecedente en la historia de nuestro país, de que un mandatario, en forma infamante, descalifique grotescamente a oficiales, incluso aquellos que fueron parte del Alto Mando en su gobierno, es insólito.

Por último, el sábado 9 de diciembre, sorpresivamente, nos enteramos que Correa había dispuesto el relevo del Jefe del Comando Conjunto, seguramente no le era útil a sus aviesos propósitos; además, haciendo piruetas pseudo legales, nombró Comandante de la Marina, prescindiendo de cinco vicealmirantes y de un contraalmirante. La triquiñuela consiste en nombrar un comandante de una terna y de inmediato darle de baja, luego nombrar otro comandante de una nueva terna; igualmente en la Fuerza Aérea prescindió de dos generales y nombró al tercero de la terna. Con esta maniobra, salen brillantes oficiales de la Marina y de la Aviación que estaban en la mira de Correa y Patiño por ser contestatarios y “peligrosos”.

Lo grave de este asunto es que Correa, con la decisión de descabezar el mando militar, en forma especial a la Marina, debilita en forma deliberada a las Fuerzas Armadas, a la seguridad y defensa nacional; además, conspira contra la estabilidad administrativa de una institución que tiene mucha complejidad. Un general o un almirante no se improvisan, pues requiere de largos años de formación y perfeccionamiento para llegar a dirigir idóneamente una Fuerza militar. En realidad, no debía asombrarnos esta malhadada decisión de Correa porque en una de sus intervenciones dijo que podía gobernar con tenientes.

En Chile, donde sus gobernantes respetan las instituciones, los comandantes son nombrados por méritos y de acuerdo a sus leyes y reglamentos, nada de compadrazgos ni de amiguismos, peor incondicionalidades; duran en sus funciones 4 años y no importa si hay cambio de gobierno.

El militar no puede ser convidado de piedra en el país e ignorar la situación política de su patria, ni el eventual peligro de ciertas doctrinas que se quieran implantar y que atentan contra el mantenimiento de la estabilidad social, económica, de la democracia, de las libertades y de las tradiciones históricas castrenses. El militar tiene el derecho y el deber de estar permanentemente atento a lo que sucede en su patria en su calidad de militar y ciudadano.

Las Fuerzas Armadas y sus mandos, se deben a su pueblo; jamás alineados al proyecto político de ningún gobierno. Deben garantizar la pureza del sufragio y hacer respetar la voluntad del soberano y denunciar públicamente si se intenta un fraude electoral.

[PANAL DE IDEAS]

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Alfredo Espinosa Rodríguez
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