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29 de Septiembre del 2014
Ideas
Lectura: 7 minutos
29 de Septiembre del 2014
Cristina Burneo Salazar

Docente de la Universidad Andina Simón Bolívar. Trabaja en Letras, género y traducción.

Silencios que matan
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Hay un orden social dominante en este país establecido como legítimo: es católico y conservador. Ese orden social, amparado por la Iglesia y el Estado actual, se desarrolla bajo una norma jurídica terriblemente atrasada en lo que se refiere al aborto. Esa norma constituye un riesgo para las mujeres porque no se adapta a las nuevas conductas sociales ni a las realidades que considera indignas de ser repensadas.

De eso no se habla. Es secreto de familia. Algunos secretos inconfesables dentro de la sociedad ecuatoriana encubren a hombres que han cometido actos de violencia sexual dentro de sus propias familias, con frecuencia, con la complicidad de sus miembros, de manera más o menos consciente. Este es solo un ejemplo de la violencia que vivimos todos los días, en todas las regiones y sectores sociales de este país. En muchas familias, se aprende de generación en generación cómo guardar estos secretos. Cuando la historia se repite sin giros, esa violencia se vuelve tan normal que se confunde con la vida cotidiana. Es entonces cuando se ha naturalizado y se convierte en nuestro hábitat.

Nadia tiene 12 años. Los domingos, su familia se reúne para comer y jugar bingo. La primera vez que su tío abusa sexualmente de ella, tiene 10 años. Ha sido violada varias veces. Hace unos meses, ha empezado a menstruar. Ahora está embarazada. A fin de evitar una tragedia mayor, su familia decide ocultarla hasta que pueda dar a luz. El parto es de altísimo riesgo, pues Nadia apenas está iniciando su etapa adolescente. La posibilidad del aborto ni siquiera se menciona. Deciden no confrontar al violador para no causar rupturas en la familia. Todo sigue casi igual. El secreto se ha instalado. Nadia será una madre de 13 años. Su madre le dice en un momento de compasión que un día se va a olvidar de todo esto. Después de todo, los hombres no pueden controlar sus urgencias, y ella es tan bonita. La familia vuelve a reunirse para jugar bingo. “Atiende a tu tío, Nadia.”

Esa actitud silenciosa y culpable se extiende a toda la sociedad cuando una persona o un Estado eligen por conveniencia el sigilo sobre la confrontación. Si somos una sociedad que no se hace preguntas ni se replantea sus valores, somos una sociedad que está exponiendo a su población a crímenes atávicos que no ha querido cuestionar. La violencia es algo que se hereda.

Por eso es necesario hablar de la despenalización del aborto. Desde 1990, el 28 de septiembre de cada año se conmemora el Día por la Despenalización del Aborto en América Latina y el Caribe. Una sociedad evolucionada está obligada a replantearse su concepto de la vida, de la justicia y del derecho a medida que cambia. Este día le propone a la sociedad una reflexión sobre la vida de las mujeres y la autonomía sobre sus cuerpos. Pero solo una parte de la población acoge este debate en nuestro país. La secularización del mundo moderno, las luchas civiles feministas, la ciencia consciente de su indisociable vínculo con lo humano, el debate abierto en torno al aborto en estos momentos en países como Chile, Perú, España, han contribuido a la evolución de conciencia de muchos sectores, pero en Ecuador, desde octubre de 2013, el debate sobre la despenalización del aborto está prohibido. El castigo a las asambleístas que propusieron la despenalización del aborto en casos de violación ante la Asamblea Nacional sumió al Estado ecuatoriano en un mutismo que no ha vuelto a ser cuestionado, por lo menos no de cara a la opinión pública. Se ha instalado una “prudencia” bajo cuyo peso mueren niñas y mujeres todos los días. 

Una sociedad que repite irreflexivamente un discurso sin mirar su momento presente está destinada al terror. En el momento presente, miles de mujeres mueren cada año en América Latina porque se practican abortos clandestinos en condiciones precarias. Esta es solo una de los muchas circunstancias que nos obligan a reflexionar: derecho al aborto por violación. ¿Qué hace la pediatría con niñas como Nadia? ¿Las mira como niñas y las acoge como pacientes, las mira como madres y las convierte en pacientes ginecológicas? ¿Qué hace la medicina con estas niñas madres cuando la comunidad profesional que debe ser responsable de ellas no puede debatir libremente? No hace falta decirlo, Nadia sería estigmatizada si optara por abortar. El maltrato que sufren las niñas y mujeres en su circunstancia viene de los médicos, las enfermeras, la familia, que bajo argumento de objeción de conciencia juzgan y criminalizan a las víctimas y justifican a los perpetradores.

Hay un orden social dominante en este país establecido como legítimo: es católico y conservador. Ese orden social, amparado por la Iglesia y el Estado actual, se desarrolla bajo una norma jurídica terriblemente atrasada en lo que se refiere al aborto. Esa norma constituye un riesgo para las mujeres porque no se adapta a las nuevas conductas sociales ni a las realidades que considera indignas de ser repensadas. En ese contexto, las luchas de la sociedad civil desde los activismos y los derechos humanos son imprescindibles en la medida en que ejercen presión, promueven el cambio y nos obligan a hacernos las preguntas que no queremos hacernos. Debemos entender, a estas alturas y ante las alarmantes cifras de muertes por abortos clandestinos, que la libertad que nos tiene que dar el Estado es la libertad de decidir de acuerdo con nuestra propia conciencia. Esa sí sería una sociedad mayor de edad, respetada por el Estado que la regula y no vigilada ni infantilizada, sobre todo cuando se trata de la población de mujeres.

La violencia se hereda, pero también se puede impugnar. El no repetir lo que hemos heredado y que parece una verdad incuestionable, el permitirnos la libertad de la pregunta, el detenernos a replantear nuestra ética, son una forma de debilitar la violencia. Cuando podamos debatir con libertad y respeto sobre la despenalización del aborto, seremos una sociedad más evolucionada y más digna.

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