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11 de Noviembre del 2018
Ideas
Lectura: 3 minutos
11 de Noviembre del 2018
Álex Ron

Escritor y catedrático universitario.

Sin muertos no hay carnaval: los colores de la violencia en Guayaquil
Sebastián Cordero sigue siendo el director de cine que mejor decodifica a través de ficciones, hermanadas con realidades, un Ecuador marcado por la contradicción, el absurdo y la muerte. Cordero, desde su estética de la marginalidad, nos recuerda con su acostumbrada vertiginosidad en que país vivimos.

El carnaval es una fiesta de transgresión de todo orden simbólico. Los roles sociales son alterados y el poder muestra su faceta más deleznable.  En Sin muertos no hay carnaval, la última película de Sebastián Cordero, estrenada en 2016, nos encontramos con un film en el que el patriarca de la historia, dueño de tierras, empresas y hasta de un equipo de fútbol, termina siendo asesinado por su propio hijo. Es una tragedia griega tropical marcada por la traición y la esperanza.

En medio del caos está Terán, personaje camaleónico que opera como puente entre oligarquía, Estado y marginales. Él termina siendo abaleado por Celio, quien se transforma en una especie de Prometeo porque al final logra escapar de una emboscada de los traficantes de tierra. Los personajes que representan al poder terminan siendo abatidos, el vengador de los “sin tierra” huye de sus captores. El carnaval se consuma en su máxima y paroxística expresión.

Sin muertos no hay carnaval es fiel al estilo del llamado “realismo sucio” con el que trabaja Cordero para construir universos narrativos que partiendo desde lo marginal desnudan las contradicciones sistémicas más lacerantes. Es un film donde cohabitan en medio de la concupiscencia y delación, dos ciudades: Guayaquil “La Perla del Pacífico”, el clon de Miami, y Guayaquil la ciudad de “Las cruces sobre el agua” de Joaquín Gallegos Lara. Ambas ciudades respiran y se invocan, se complementan y destruyen; ambas ciudades son una sola: la metrópoli con más abismos económicos y culturales de nuestro país.

En una de las escenas más demoledoras, Samanta, la novia de Celio, pregunta al chico, ¿No te has dado cuenta dónde estamos?. Después, un paneo majestuoso donde aparecen los colores delirantes de la miseria que desnuda con crudeza las favelas ecuatorianas hechas de caña, estero y crónica roja.

Hay una tríada, una entente trágica entre oligarquía terrateniente, traficantes de tierra y Estado. Esta tríada constituye una mafia heterogénea que juega con la ilusión de los pobres que quieren conseguir un pedazo de tierra. Encontramos a los terratenientes y sus diferentes máscaras: dirigentes de grandes equipos de fútbol, dueños de medios de comunicación y partidos políticos.

Por otro lado está el Estado, la parte normativa y coercitiva, la que desaloja en nombre del orden y el urbanismo pero al mismo tiempo quiere su tajada; y por último los traficantes, que son los que actúan como mediadores entre los dos mundos: el de los “invasores de tierras”  y el de los  inveterados latifundistas.

Sebastián Cordero sigue siendo el director de cine que mejor decodifica a través de ficciones, hermanadas con realidades, un Ecuador marcado por la contradicción, el absurdo y la muerte. Cordero, desde su estética de la marginalidad, nos recuerda con su acostumbrada vertiginosidad en que país vivimos.

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