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17 de Febrero del 2020
Ideas
Lectura: 6 minutos
17 de Febrero del 2020
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

Los sin rostro: honor de malhechores
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¿Cuál derecho prima? Por supuesto que el de los ciudadanos que necesitan identificar a los malhechores, del orden que fueren, para protegerse. Pero no, señor, los malhechores poseen derecho a su intimidad y privacidad, a una suerte de anonimato social.

Los habitantes de nuestra ciudad se sienten cada día más inseguros. El crimen y el delito andan sueltos y recorren espacios públicos y privados. Un sentimiento que crece de manera incontenible. Sin protección no hay seguridad. El mal-hacer y el crimen se han tomado por asalto nuestra ciudad y todas las ciudades del país. Ni siquiera las zonas rurales se libran de su presencia ominosa y malvada. 

Hay ciudadanos, hombres y mujeres, que han hecho del delito y el crimen su profesión. Esa vieja profesión aprendida en los centros educativos más grandes y eficientes del mundo: el poder, la calle y la cárcel. En no pocos casos, se trata de una auténtica profesión algunas veces heredada de padres a hijos. Quizás a lo largo de varias generaciones han ido perfeccionando el arte de robar, de asesinar, de desbalijar a transeúntes, de asaltar centros comerciales y bancos. Hijo de gato casa ratón. 

El arte de delinquir a plena luz del día, como si ya no importase el que las cámaras consignen no solo el delito sino también al malhechor. Allí quedan grabadas sus identidades. Pero a ellos de modo alguno les interesa esa supuesta identidad. Ellos son otros. Carecen de identidad. Probablemente ni siquiera sepan en qué consista la identidad. Su identidad a lo mejor tan solo se reduzca a un nombre falso o a un apodo. La identidad podría ser como una cosa que aun no han logrado robar. O quizás la vendieron cuando se encontraron sin un centavo para comer.

Entonces, la identidad es el delito en sí mismo. Es decir, la posición de delincuente en la que los coloca la sociedad. Por lo mismo, ya no podrán dejar de delinquir nunca más. Porque no hacerlo significaría quedarse vacíos de identidad. Tan solo el delito les provee de un mínimo de identidad en la sociedad de los excluidos y los malos. 

En consecuencia, el hecho de que sean apresados, juzgados e incluso sentenciados no les afecta demasiado, no les importa. Pues no altera en casi nada su vida, aunque les traiga algunas complicaciones personales que, de suyo, no les quita el sueño. Si realmente les importase, no volverían a delinquir. Más aun, ¿qué será delinquir en una sociedad hecha de contradicciones?

¿Cuál derecho prima? Por supuesto que el de los ciudadanos que necesitan identificar a los malhechores, del orden que fueren, para protegerse. Pero no, señor, los malhechores poseen derecho a su intimidad y privacidad, a una suerte de anonimato social.

Sin embargo, contra toda lógica, es la sociedad de las víctimas y la sociedad de la ley las que se empecinan en cuidar esa identidad, en cubrir ese rostro, en cuidar el buen nombre de los delincuentes. Los que delinquen están tranquilos y hasta contentos con ese gesto tan amable de una ciudadanía que ellos irrespetan de manera absoluta. Mañana, cuando salga libre, nadie podrá identificarlo. Nadie podrá cuidarse de su presencia que carece de identidad. No tienen el signo de Caín en la frente. Y ello gracias a una absurda práctica policíaca. ¿Acaso en ese cubrir el rostro del delincuente, no se explicitarán perversas complicidades? 

¿Cuál derecho prima? Por supuesto que el de los ciudadanos que necesitan identificar a los malhechores, del orden que fueren, para protegerse. Pero no, señor, los malhechores poseen derecho a su intimidad y privacidad, a una suerte de anonimato social. Porque, de lo contrario, se estaría creando un grave discrimen social. Qué pena, señor, pero el ladrón, el asesino, el violador, todos ellos tienen derecho a su propia privacidad que la justicia debe precautelar sobre toda otra razón. Por eso lo protegen cubriéndole el rostro: para que nadie lo identifique y se cuide de él. 

En el medio está la virtud. La sociedad necesita conocer a los malhechores para protegerse, para evitarlos, para denunciarlos. ¿Desde dónde el derecho del asesino y violador a quedar en el anonimato, con el rostro cubierto? ¿Desde dónde protegerlos de la mirada de los otros y la de sus víctimas? ¿Desde dónde esa suerte de complicidad que deja desprotegidos a los ciudadanos, posibles futuras víctimas? ¿Mientras no lo sentencie el juez se presume su inocencia? Depende, las manos en la masa es suficiente.

Conocer y reconocer a los malhechores constituye una importante estrategia de protección, incluso de sobrevivencia. Con esas prácticas con las que se pretende precautelar la privacidad del delincuente, del grado y calidad que fuese, se estaría exponiendo aun más a la sociedad a las acciones delictivas y criminales. Pobrecitos: no debemos identificar a los contumaces malhechores. No importa que la sociedad quede huérfana de una protección importante que nace de conocer y reconocer a los malhechores. Nadie espera que en la frente de cada malhechor se grabe el signo de Caín. Nada de eso. Pero sí su rostro para tenerlo presente y evitarlo. Y, por qué no, también para denunciarlo. Con ese desconocimiento, se dan demasiadas ventajas a los malhechores. 

Una sociedad pacata, una sociedad dirigida por delincuentes protegió a los delincuentes porque de esa manera se protegía a sí misma. 

Para su protección, la sociedad exige rostros y nombres de los malhechores. Ya basta de ironías con tintes macabros. Ya sea de terno y corbata o de pie al piso, la sociedad tiene derecho a identificarlos para protegerse. 

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