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9 de Agosto del 2016
Ideas
Lectura: 8 minutos
9 de Agosto del 2016
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

Sobre la incertidumbre
Al comienzo del actual gobierno, se elaboró una nueva Constitución tan absolutamente perfecta que, según predicción de muchos de sus iluminados autores, duraría por lo menos cien años: cien años de una fofa vanidad, cien años de un narcisismo elementalmente ridículo. Cien años de soledad sin verdad, sin el sentido común que señala lo justo y adecuado. Cien años de imposición de enunciados construidos en las fábricas narcisistas del poder. Cien años sin pensamiento crítico.

Es absolutamente indispensable contar con sistemas básicos de verdades con las que se edifica la vida cotidiana social y personal. Porque es doloroso vivir en un estado de perenne incertidumbre. En la antigüedad, para superar la incertidumbre, los pueblos construían teorías y verdades claras sobre los orígenes del mundo, de los hombres, de los fenómenos de la naturaleza, de la vida y también de la muerte. Construían certezas para el presente y para el futuro, para el existir y también para el morir. La muerte es infinitamente más misteriosa que la vida, como la tristeza más que la alegría, como el castigo más que la caricia.

La incertidumbre asomó en la vida como efecto de un castigo y rápidamente tomó por asalto el universo de los lenguajes y el de la verdad. Un mito habla, por ejemplo, de la confusión de las lenguas que, no solamente impedía que se comunicasen los unos con los otros, sino que, sobre todo, impedía predecir lo de mañana sobre la base del ahora. Solo hay uno que dice la verdad porque posee todos los saberes de los que los otros carecen. Por otra parte, a nadie le está permitido averiguar sobre la verdad ni recorrer sus rutas porque la única consigna válida es la repetición. Los que repiten no se equivocan: principio fundamental del evangelio del poder omnímodo.  

Algo de esto nos acontece. Al comienzo del actual gobierno, se elaboró una nueva Constitución tan absolutamente perfecta que, según predicción de muchos de sus iluminados autores, duraría por lo menos cien años: cien años de una fofa vanidad, cien años de un narcisismo elementalmente ridículo. Cien años de soledad sin verdad, sin el sentido común que señala lo justo y adecuado. Cien años de imposición de enunciados construidos en las fábricas narcisistas del poder. Cien años sin pensamiento crítico.

Cuando conviene a los intereses personales se invoca la letra de esa Constitución, que no tiene alma porque fue tempranamente prostituida a los intereses del poder. En efecto, el poder se dio cuenta de que ese Código básico e indispensable del Estado ya no concordaba con sus intereses, deseos y ambiciones. De hecho, el principio de que los sometimientos a las normas constitucionales exigen la explícita e irrestricta renuncia a los intereses personales y partidistas se constituyó en un controlador imposible de sostener para quienes se habían propuesto gobernar desde sus propios intereses y deseos.

Desaparecieron entonces aquellas certidumbres que surgen de los ordenamientos jurídicos y en su lugar surgió el imperio del deseo personal convertido en normalizador, regulador y castigador. Fue cuando apareció el menos uno, es decir, aquel que debe asumirse a sí mismo como la excepción a la norma. El escenario indispensable fue la prepotencia del poder absoluto.

El batallón de policías que, sin ninguna orden judicial que lo justifique, ingresa a media noche en casa de un asambleísta y se apodera de cuanto desea. Porque el respeto a la ley es innecesario cuando alguien se considera no precisamente dueño del Estado de derecho, sino el mismo Estado.

El Estado soy yo, por mi propia voluntad. Aquella horrible escena de los policías vapuleados e intimidados y de esos policías arrojando gases y disparando y el ejército respondiendo y los medios férreamente controlados y el presidente prisionero de sí mismo y los escándalos corriendo libres por doquier. Entonces, desaparecieron, de una por todas, los restos de las antiguas certezas que construían identidades.

Rápidamente se instaló el reino de lo incierto surgido, no en el imperio de la duda, sino en el de la arbitrariedad. Aquella Constitución, que duraría cien años, hablaba de la alternabilidad en el poder. Pero esta norma, de pronto, pareció insulsa y obsoleta. Es que el poder limitado por la ley no vale la pena frente a las grandes ventajas personales y narcisistas del poder eterno e ilimitado convertido en patrimonio personal. 

En un primer tiempo apareció una suerte de primavera económica. El gobierno no contaba con ninguna caja fuerte para guardar el dinero porque, además, jamás pensó que el tiempo es cíclico,  que a la abundancia sigue la escasez, que al tiempo de las vacas gordas sigue el de las vacas flacas. Como si la abundancia aplastase y asfixiase, se decidió no ahorrar. El ahorro no es más que necia práctica de quienes desconocen las dimensiones de una economía moderna. 

Y se gastó hasta no poder más en edificios faraónicos equipados con toda la tecnología de punta. Se los llenó de burócratas. Se crearon instituciones con nombres rimbombantes y fatuos. Con la renuncia voluntaria obligatoria, se logró saturar al país con una febocracia impresionantemente ignara y admirablemente identificada con ese juego carnavalesco de la fatuidad.  

¿Por qué no hablar de la necesidad de perpetuar la estancia en este paraíso atravesado por ríos de dinero y vigilado por los ojos enceguecidos de Edipo? Entonces se pensó en la reelección indefinida. Como no podía ser de otra manera, aquellas instituciones supuestamente encargadas de que vivan y se fortalezcan los procesos democráticos, en un santiamén se convirtireron en los predicadores y santificadores de la propuesta que no solo era legítima sino indispensable. La propuesta proveería también de coherencia a la idolatría.

Antes de que la incertidumbre ahogue al país, la propuesta recibió el rechazo claro y frontal de la ciudadanía. El poder dio marcha atrás. Pero no desapareció la incertidumbre. De pronto, y como si hubiese surgido de la nada, aparece un grupo creado por el poder que decide defender el derecho del líder a su reelección indefinida, y da comienzo a todos los trámites del caso para una consulta popular. La incertidumbre invade nuevamente el cuerpo de la democracia y de la libertad. ¿Cómo no recordar que la reelección indefinida se alimenta del cadáver de la democracia asesinada? Pero quienes consideran que la democracia es una fétida palabra, celebran esta patriótica iniciativa mientras el líder guarda el necesario silencio tras el biombo de las complicidades.

Las incertidumbres se meten, como el gusano de la muerte, en el tuétano de la democracia, en el corazón de las palabras que ya no pueden enunciar la verdad. Se deshacen los sentidos de libertad que son sustituidos por los de la arbitrariedad.

Es indispensable que exista la excepción, el menos uno que dude, que no se trague la rueda de molino sin atorarse. Alguien llamado a crear y difundir preguntas sobre las verdades impuestas, alguien que coloque la duda en el corazón de las certezas. Es necesario que la incertidumbre se piense así misma para abanderar la marcha hacia la libertad.

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