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19 de Diciembre del 2018
Ideas
Lectura: 14 minutos
19 de Diciembre del 2018
Simón Ordóñez Cordero

Estudió sociología. Fue profesor y coordinador del Centro de Estudios Latinoamericanos de la PUCE. Ha colaborado como columnista en varios medios escritos. En la actualidad se dedica al diseño de muebles y al manejo de una pequeña empresa.

Sobre la servidumbre y el socialismo
El mayor despojo fue el que cometieron cuando se apropiaron del único patrimonio que le es consustancial a todo ser humano, ese que radica en sus habilidades manuales e intelectuales y que constituyen su capacidad de trabajo. Suprimir la posibilidad de que los seres humanos se beneficien de su único patrimonio, supuso al mismo tiempo la liquidación de otras libertades y la cancelación de cualquier forma de autonomía individual.

La mansión El Carmen, donde viven hace más de un cuarto de siglo el comandante Daniel Ortega y su mujer, la poeta Rosario Murillo, le fue arrebatada a nombre de la Revolución y del pueblo al banquero nicaragüense Jaime Morales Carazo y a su señora, la mexicana Amparo Vázquez. Arrebatada o confiscada o expropiada o nacionalizada: la palabra es ya lo de menos.”

Sí, arrebatada y expropiada, porque desde la óptica de los revolucionarios, los Morales habían cometido dos pecados enormes que los marginaban de cualquier derecho y los exponían a cualquier arbitrariedad: eran empresarios, y, además, muy ricos. Lo anterior lo cuenta Eliseo Alberto en un libro publicado pocos años antes de que la muerte se lo llevara allá por el año 2011, y lo recuerdo aquí para ilustrar lo que antes ya había sucedido en Cuba, en China, en Camboya o Corea del Norte, y cuyo antecedente fundacional es la Revolución Bolchevique acaecida en la Rusia de 1917.

La rapiña revolucionaria se posó primero sobre casas y mansiones, luego sobre fábricas y comercios, y más tarde sobre las propiedades agrícolas. A modo de ejemplo, vale recordar que desde los inicios de la Revolución Bolchevique, Lenin declaró la “guerra inmisericorde contra los kulaks” -es decir contra campesinos propietarios de fundos pequeños, medianos y grandes-, además, decretó la incautación y monopolio estatal sobre toda la producción agrícola. Con esas políticas, Lenin sentó las bases de lo que serían los procesos de colectivización del campo, los mismos que Stalin llevaría a cabo a partir de 1928, y que, junto con el genocidio y el crimen directo, traerían la muerte por hambruna a millones de seres humanos.

Las primeras expropiaciones siempre tuvieron como objetivo el patrimonio de ricos y burgueses y, gracias a ello, alcanzaron cierta legitimidad social. El terreno para que eso ocurriese había sido abonado por la suspicacia y el rechazo que desde tiempos remotos habían despertado las actividades comerciales, y por la demonización que el discurso socialista había hecho respecto de la iniciativa individual, el afán de lucro, la propiedad y la riqueza.

Tal como se expresaba en un documento de 1918, relacionado con las políticas bolcheviques sobre el campo y que es citado por Richard Pipes en su monumental historia de La Revolución Rusa, “El mercado es un foco infeccioso del que constantemente emana el germen del capitalismo. Dominar el mecanismo del intercambio social acabará con las especulaciones, con la acumulación de nuevo capital, con la aparición de nuevos propietarios. […] La imposición de un monopolio que abarque todas las áreas de la agricultura, al margen del cual esté prohibido vender un solo kilo de trigo, o u solo saco de patatas, hará que sea completamente absurdo insistir en la agricultura rural independiente”.

Esa misma lógica, con diferentes matices, se reprodujo en todos los países en donde se realizaron revoluciones socialistas, y de ella no se libraron ni siquiera las más modestas actividades productivas. En Cuba, por nombrar solo uno de aquellos países, “cincuenta y ocho mil doce retablos de zapateros remendones, relojerías minúsculas, viejas imprentas con linotipos de pedal, quincallas de baratijas, estudios de fotógrafos locales, talleres de ebanistas y tapiceros, puestos de fritangas, fondas de chinos, barberías de barrio, poncheras a la orilla del camino, bares y hasta hornos de carbón fueron clausurados o intervenidos por asalto veinticuatro horas después de que el "tribunal de la historia" los calificara de lastres de la sociedad capitalista”.

La persecución al comercio y a toda iniciativa individual hizo que nada de lo que hubiera podido otorgar a los ciudadanos un mínimo de independencia y libertad pudiera sobrevivir; porque el sometimiento total de la población y la construcción de la “utopía colectiva”, solo se conseguiría privando a los individuos cualquier posibilidad de trabajar y ganarse la vida por fuera del Estado.

Este hecho, ha sido ampliamente tratado y señalado por distintos estudiosos. Sin embargo, casi nadie ha reparado en otro elemento que es la consecuencia inevitable, y quizá la más perversa, de las políticas de supresión del comercio y expropiación de los medios de producción: se trata, desde mi punto de vista, de la apropiación por parte de los estados socialistas de las capacidades productivas y de trabajo de los individuos, es decir lo que Marx llamaba “fuerza de trabajo”, y que constituye precisamente el único patrimonio con el que cuentan los más pobres de la sociedad.

El proyecto emancipatorio de los revolucionarios marxistas pretendió liberar a la humanidad suprimiendo la propiedad y liquidando el comercio, pues desde su perspectiva la propiedad privada y la iniciativa individual eran la fuente de la explotación del hombre por el hombre. Y sí, expropiaron todo y anularon el comercio. Pero, como se dijo antes, el mayor despojo fue el que cometieron cuando se apropiaron del único patrimonio que le es consustancial a todo ser humano, ese que radica en sus habilidades manuales e intelectuales y que constituyen su capacidad de trabajo. Suprimir la posibilidad de que los seres humanos se beneficien de su único patrimonio, supuso al mismo tiempo la liquidación de otras libertades y la cancelación de cualquier forma de autonomía individual. El efecto de todo ello, fue regresar al trabajador libre, al proletario en términos marxistas, al estado de servidumbre del que poco tiempo antes había salido, consiguiendo con ello el control absoluto sobre la vida de las personas y de las sociedades que cayeron bajo su dominio.

En el primer tomo de El Capital, publicado en 1877, Marx afirmó que, más allá de las relaciones mercantiles, para que existiesen relaciones sociales propiamente capitalistas, era necesario que los capitalistas encontrasen en el mercado lo que él llamó “trabajador libre”, y que pudiesen contratar libremente con ellos comprando su fuerza de trabajo mediante el salario. Para que ello ocurriese, decía Marx, era necesario que ese trabajador fuese libre en dos sentidos: libre o desposeído de medios de producción, pero también libre de cualquier forma de servidumbre o de coacción extraeconómica.

Pese a que Marx reconoce el enorme avance social que significaba dejar atrás la servidumbre, las contradicciones propias de su pensamiento le hacen señalar, casi simultáneamente, que la mercantilización de la fuerza de trabajo ( su conversión en mercancía liberada de relaciones serviles que otorga mayor libertad y dignidad al trabajador) era al mismo tiempo la fuente de la explotación capitalista, también de lo que él llama “trabajo alienado” y, de forma aún más contradictoria, de una nueva forma de esclavitud. “Los proletarios no tienen nada que perder, salvo sus cadenas”, declarará Marx en el mismo momento en que los seres humanos habían dejado atrás las cadenas de la servidumbre.

Lo anterior es altamente significativo pues ocurre justo cuando las relaciones mercantiles empiezan a extenderse al mundo del trabajo, es decir, cuando a través de la libre contratación de la fuerza de trabajo se establecen formas de cooperación e interacción social voluntarias. Los marxistas pugnarán, en nombre de la emancipación social, por liquidar el mundo de libertad que estaba surgiendo, para remplazarlo por otro en donde primen las relaciones no voluntarias y dónde el Estado Proletario será el que se atribuya la potestad de organizar la vida de todos.

En el Manifiesto del Partido Comunista de 1848, Marx y Engels sostuvieron que el proletariado, que desde su perspectiva encarnaba el interés general de la sociedad, únicamente “se libera suprimiendo la competencia, la propiedad privada y todas las diferencias de clase”. Y en ese mismo documento, y como consecuencia lógica de todo lo anterior, se habla también de la necesidad de que el Estado revolucionario organice e imponga el trabajo obligatorio a todos los miembros de la sociedad mediante la conformación de “ejércitos industriales”.

También lo dice Trotsky en 1920 : “Estamos llevando a cabo el primer intento de la historia de la humanidad de organizar el trabajo obrero. Pero esto, desde luego, no significa que se deba eliminar el factor de la obligación. […] Dicen que el trabajo obligatorio no es productivo. Esto significa que todo el sistema de la economía socialista está abocado a desmoronarse, porque la única manera de alcanzar el socialismo es la asignación impuesta del conjunto de la mano de obra por parte del núcleo económico, una asignación que se realizara conforme a las necesidades de un plan económico a escala nacional.”

Son esas ideas, que vienen de Marx y que también profesan muchos de sus seguidores, las que finalmente decantan y hacen posible la puesta en marcha de los campos de trabajo forzado, como los Gulags soviéticos o las UMAPs cubanas, que fueron enclaves dentro de los cuales los seres humanos perdían todos sus derechos y se convertían en esclavos del Estado. Sin embargo, el microcosmos de los campos de trabajo forzado, no difería en los sustancial de lo que ocurría en el conjunto de aquellas sociedades, pues también en ellas todos carecían de derechos individuales, y a todo el mundo podía ordenársele, bajo los decretos e ideas que legitimaban el trabajo obligatorio, trabajar donde el Estado dictaminase.

El horror que a los “enemigos del comercio” (para nombrar la monumental obra de Antonio Escohotado) les suscitaba la iniciativa individual y la libertad, los condujo a aniquilar las formas de cooperación voluntaria que estaban surgiendo, y en su lugar reinstauraron sociedades atravesadas por la coacción y la obligatoriedad, impuestas esta vez por estados férreamente centralizados que lograron constituirse como Estados totalitarios justamente gracias a que la apropiación de la fuerza de trabajo les permitió controlar las condiciones de subsistencia material de toda la población.

Este gran retroceso histórico que he señalado en los párrafos anteriores, es decir el de haber abolido la propiedad y soberanía de cada uno sobre sí mismo y sobre sus capacidades de trabajo para remplazarlo por trabajo obligatorio bajo el mando de un solo amo que ahora es el Estado, ha sido hoy develado y puesto en evidencia por el rechazo del nuevo presidente brasileño respecto al convenio relacionado con los médicos cubanos.

Para un liberal como yo, que mantiene unas diferencias radicales con un populista de derecha como Bolsonaro, no deja de ser sorprendente que haya sido precisamente él, con su primitivismo y escaso apego a las libertades individuales, quien haya denunciado la profunda inmoralidad del convenio entre los gobiernos de Brasil y Cuba para la provisión de médicos.

Inmoral, porque se trata de una forma de explotación laboral sin precedentes, cometida a vista y paciencia de todo el mundo por el Estado Cubano; inmoral, porque por cada médico cubano que presta sus servicios en otro país el Estado Cubano y la camarilla que lo maneja se queda con el 75% de que debería ser su salario; inmoral, porque detrás de cada médico existe una familia que se queda secuestrada dentro de la isla, como si fuesen rehenes de una banda de traficantes de personas que los mantienen cautivos para garantizar que los esclavos no se les escapen; inmoral, por el descaro del gobierno cubano que con impudicia llama a eso internacionalismo y solidaridad al tiempo que admite que ese tráfico de personas es una de sus principales fuentes de financiamiento. Inmoral, y también ilegal, porque la declaración Universal de los derechos Humanos de 1948, en su artículo cuarto, prohíbe cualquier forma de servidumbre o esclavitud, y lo que ocurre con los ciudadanos cubanos y con los de otros países en donde aún sobrevive el socialismo, es exactamente eso, esclavitud y servidumbre.

Hemos de juzgar a los sistemas sociales y a las ideologías que los sostienen por sus resultados y no por los fines que aparentemente persiguen. Hemos de juzgarlos por lo que han hecho de sus sociedades y con sus individuos. Y a la luz de lo que realmente pasó y pasa, es claro que el proyecto emancipatorio de socialistas y comunistas trajo consigo una enorme regresión histórica pues supuso la restitución de la servidumbre y la abolición de la libertad humana. Eso es lo que nos muestra la historia, eso es lo que devela el caso de los médicos cubanos.

Habrá entonces que liberarse de la enorme mentira que subyace en el proyecto emancipatorio de socialistas y comunistas. Y habrá, por ello mismo, que condenar a todos esos Estados que siguen esclavizando seres humanos en nombre de la justicia social y la utopía.

 

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