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13 de Febrero del 2020
Ideas
Lectura: 9 minutos
13 de Febrero del 2020
Wilfrido H. Corral

Especialista en literatura hispanoamericana contemporánea, ensayista y profesor universitario

Sobre una crítica que no es: reflexiones de un "dinosaurio"
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Grande ha sido mi sorpresa al verme involucrado en los últimos meses de 2019 en por lo menos dos querellas acríticas, que no tienen nada que ver con lo que incluso los menos expertos en la materia considerarían crítica. En realidad, se trata de falsas polémicas que se quiere vender como “crítica”.

Me formé en el ápice de la crítica actual inmediatamente posterior al posestructuralismo y posmodernismo. Fue mi fortuna ser instruido por maestras cubanas y una argentina, mi directora de tesis doctoral, Ana María Barrenechea, que de lingüista y filóloga experta en el siglo de oro dedicó la segunda mitad de su carrera —desde su paradigmático y multidisciplinario estudio sobre Borges— a la literatura latinoamericana contemporánea.

Durante mis años en Columbia University tomé cursos  de teoría con Edward Said,  otro sobre la novela con Mario Vargas Llosa.  También asistí a seminarios de críticos que eran profesores visitantes, entre ellos Umberto Eco, Julia Kristeva y Tzvetan Todorov (cogí su curso que se convertiría en su libro sobre la conquista de América). Era un momento fascinante y desafiante para cualquier alumno abierto a ideas antiguas y nuevas, precisamente porque esos maestros se dedicaban a la interpretación seria y concienzuda, sin exabruptos o prejuicios ideológicos.

A la vez, fungía como Secretario de Redacción de la revista Review. Latin American Literature and Arts de Nueva York, y fui acusado de “comunista” cuando, con don Ángel Rama (con quien colaboraría posteriormente, según consta en su correspondencia) como editor invitado, publicamos un número sobre Literatura y Revolución. He manifestado hasta la saciedad que no me defino como “ecuatorianista”, aunque entre otros trabajos escribí un prólogo de más de cien páginas para la edición crítica y genética de las Obras completas (1999) de Pablo Palacio, publicada por la UNESCO y todavía ninguneada en nuestro país. Por mis intereses interpretativos, con Daphne Patai publiqué Theory’s Empire (2005)—que incluye ensayos de Noam Chomsky y otros con cuyas ideas políticas no coincido— escogido por el Times Literary Supplement de Londres como el mejor libro de crítica de aquel año. Me avergüenza traer a colación estos hechos, y si hubiera interés en mis ideas sobre la crítica véase la amplia entrevista (pp. 19-162) en Condición crítica (2015), tercero de mis libros publicados en el Ecuador. Quiero decir que estoy más acostumbrado a moverme en ámbitos críticos abiertos e internacionales. Nunca se me ha acusado de no tomar en cuenta todo lo que implica ser un crítico literario cuidadoso y exhaustivo dentro de lo humanamente posible.

Grande ha sido mi sorpresa entonces al verme involucrado en los últimos meses de 2019 en por lo menos dos querellas acríticas, que no tienen nada que ver con lo que incluso los menos expertos en la materia considerarían crítica.  En realidad, se trata de falsas polémicas que se quiere vender como “crítica”, expresada por comentaristas de logros desiguales que no son representativas del resto de la crítica ecuatoriana. En términos francos, se trata de personas que no analizan obras, si es que las leen, sino que apuntan al autor y a los grados de cercanía con sus puntos de vista ideológicos o políticos desde los cuales analizan la crítica literaria y la literatura. Lo que sostengo en ensayos, entrevistas, notas críticas o reseñas no paga peajes de raza, género sexual o nación (santa trinidad estadounidense y últimamente europea calcada indiscriminadamente en el Ecuador), para poder apreciar las mayores conexiones del arte literario que leo sin interpretaciones traducidas.

¿Cómo entender el que me calificara de “dinosaurio”?  Con ese calificativo intentaba adscribirme forzosamente a un tipo de crítica con la cual no tengo nada que ver y descalificar mi larga trayectoria, que por cierto no requiere ni de su aplauso ni de su reconocimiento.

II. Con el contexto anterior me veo en la penosa necesidad de desmentir, por la parte que me corresponde, algunas falsedades que siguen circulando sobre mi práctica crítica. En primer lugar, en ningún momento he pedido a nadie despedir o perjudicar a la señora Daniela Alcívar, directora del Centro Cultural Benjamín Carrión, institución que publicó mi libro de ensayos Cartografía occidental de la novela latinoamericana (2010). Sobra mencionar que, dado que he hecho mi vida académica y profesional fuera del país en varias universidades de primer orden, no tengo, como ha insinuado Alcívar en varias ocasiones, la más mínima injerencia en decisiones gubernamentales como para incidir en nombramientos que competen a los poderes locales. Tampoco soy un referente privilegiado del ámbito cultural oficialista y no me he negado “sistemáticamente” a dialogar con ella, como señala en la entrevista con Luis Fernando Fonseca en el diario El Telégrafo del 10 de enero de 2020. Quien conoce algo de mi obra sabe que nunca he rehuido el diálogo, el debate y la crítica constructivos.

En segundo lugar, lo cierto es que me he visto obligado a manifestarme ante las agresivas aserciones de Alcívar sobre mi condición de crítico, manifestadas sin la mínima prueba de que haya leído ni siquiera un ensayo mío. ¿Cómo entender el que me calificara de “dinosaurio”?  Con ese calificativo intentaba adscribirme forzosamente a un tipo de crítica con la que no tengo nada que ver y descalificar mi larga trayectoria, que por cierto no requiere ni de su aplauso ni de su reconocimiento. Con mendacidad y tendenciosamente afirmó que yo no reconocía “a una sola escritora mujer” en mi práctica crítica. Una mínima aproximación a esta demuestra todo lo contrario, y me permito remitir a los interesados a mi Discípulos y maestros 2.0. Novela hispanoamericana hoy (2019). Y, espero que lo tome positivamente, le recomiendo leer con cuidado mi extenso Hablar de un esposo siempre es difícil: condición crítica del testimonio femenino, incluido en Condición crítica (pp. 165-218). 

Dadas las circunstancias considero contraproducente e indecoroso intentar “dialogar” con sus arengas agresivas, confusas, defensivas y teñidas de narcisismo y victimismo; o sea de “crítica” en la peor acepción del término. En un correo electrónico expuse que mis razones para cuestionar su gestión tenían que ver estrictamente con sus ataques (no he tenido acceso a su “crítica”; no vivo en el Ecuador), los cuales se puede seguir observando con relativa facilidad en sus intervenciones en la prensa y en redes sociales.

III. La profesora Alicia Ortega, de la Universidad Andina Simón Bolívar, en su comentario Escribo y leo contra las certidumbres autoritarias, publicado el 12 de enero en el diario El Telégrafo, me envuelve en opiniones y puntos de vista que no he expresado. No he opinado sobre los dictámenes de ningún jurado nacional, sobre todo del premio Gallegos Lara 2019. Sin embargo, es revelador que la profesora Ortega no dialogue directa o seriamente con ningún argumento específico de mi reseña de un libro suyo, publicada en la revista Casapalabras 41 (octubre 2019). Aquella crítica pormenorizada no tiene nada que ver con jurados, tampoco es ad feminam, y en otras publicaciones mías hay constancia de que he criticado al patriarcado ecuatoriano y latinoamericano.

Finalmente, basado en el derecho a la réplica que entiendo sigue vigente en las leyes de nuestro país, propuse a El Telégrafo publicar una versión de esta nota. Mundialmente, es una obligación y responsabilidad periodística confirmar la veracidad de lo expresado, enterarse de los hechos, escuchar el otro lado; sobre todo si lo considerado “conveniente” expresar (término de la señora Alcívar) se aproxima al libelo y la difamación. Se me ofreció una “Carta al Director”: aceptarlo hubiera sido autocensurarme y permitir mayor visibilidad a la actitud acrítica que he discutido.

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