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28 de Agosto del 2019
Ideas
Lectura: 5 minutos
28 de Agosto del 2019
Juan Cuvi

Master en Desarrollo Local. Director de la Fundación Donum, Cuenca. Exdirigente de Alfaro Vive Carajo.

Los sobresaltos de 2021
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Hasta ahora, los discursos prelectorales no se salen del mismo formato. Son añejos. Hablan a un votante obligado. No reconocen la diversidad de una población que quiere y necesita otras vías para recuperar sus proyectos de vida.

El gobierno de Lenín Moreno no terminó siendo ni de continuidad ni de transición, sino todo lo contrario. Es decir, inefable. A menos de dos años de culminar su gestión, no logra superar sus mayores defectos: ambigüedad, improvisación, inercia, indecisión, informalidad. Con unas elecciones presidenciales a la vista, luce improbable que los supere. A lo mejor no le interesa. Hasta ahora, esa vaguedad le ha servido para surfear sobre el descontento social y la crisis económica.

La incertidumbre oficial terminará contaminando el ambiente electoral, por la sencilla razón de que el régimen está obligado a presentar un candidato a la Presidencia. A pesar de la debacle, Alianza PAIS necesita salvar los muebles. Pero ante la ausencia de figuras relevantes que puedan optar por una candidatura presidencial, esta opción se vuelve una auténtica ruleta. Las disputas al interior del gobierno son cada vez más virulentas, y Moreno, con un escaso 20 porciento de aceptación, difícilmente podrá intervenir como el gran dirimente del reino verde-flex.

En tales condiciones, el escenario electoral se presenta caótico, porque a esta incertidumbre hay que añadir el desbarajuste del Consejo Nacional Electoral y la anomia social. Sobre todo, esta última: la decepción ciudadana respecto de la política se convertirá en el principal detonante de la próxima crisis nacional. Cuando los principales precandidatos representan el aspecto más convencional y arcaico de nuestra política, lo último que se puede esperar es un voto esperanzador de la ciudadanía.

La sociedad ecuatoriana, no obstante, tiene manifestaciones de renovación. Todos los políticos –de manera particular los de la izquierda– deberían leer el último libro de Natalia Sierra (Territorios disidentes, editorial Abya Yala) para entender los cambios que se han operado en el espacio público. Porque ni el desencanto ni la crisis han impedido que nuestra sociedad experimente una serie de transformaciones en sus formas de responder a la vieja política.

Tomando las teorías de Raúl Zibechi sobre las sociedades en movimiento, Sierra rescata cuatro fenómenos ocurridos en América Latina en los últimos años: el movimiento Yasunidos, las movilizaciones indígenas en Bolivia para preservar el TIPNIS, las luchas por una reforma de la educación en Chile y la iniciativa Yo soy132 para denunciar la mafialización del Estado mexicano. 

Hasta ahora, los discursos prelectorales no se salen del mismo formato. Son añejos. Hablan a un votante obligado. No reconocen la diversidad de una población que quiere y necesita otras vías para recuperar sus proyectos de vida.   

El libro describe y analiza los procesos mediante los cuales las sociedades latinoamericanas han sido capaces de recrear las luchas sociales desde lógicas y perspectivas que superan los esquemas tradicionales. Se trata de estrategias absolutamente novedosas e inéditas para hacer frente a la profunda crisis del capitalismo, ya sea en su esfera estatal o mercantil. Lo más relevante de estos procesos es la interpelación que hacen a los mecanismos habituales de hacer política, particularmente a los partidos. 

Estas manifestaciones han tenido impactos determinantes en la cultura política de cada país. En el caso ecuatoriano, la iniciativa de los Yasunidos fue tan contundente que hoy se puede reactivar la convocatoria a una consulta popular. Todo el poder del Estado y del mercado no logró silenciar una propuesta que apunta a las pulsiones más profundas de una colectividad: la defensa de la vida.

¿Están nuestros precandidatos presidenciales y nuestras fuerzas políticas formales conscientes de estos cambios radicales en la cultura política de los ecuatorianos? ¿Tienen idea del potencial de la defensa del espacio público y de los territorios en manos de los jóvenes y los pueblos indígenas? ¿Perciben la trascendencia de las luchas por la vida como un concepto que busca reestructurar las relaciones humanas a nivel global?

Hasta ahora, los discursos prelectorales no se salen del mismo formato. Son añejos. Hablan a un votante obligado. No reconocen la diversidad de una población que quiere y necesita otras vías para recuperar sus proyectos de vida. 

Esos territorios disidentes de los que habla Natalia Sierra serán determinantes al momento de definir las nuevas relaciones de poder que se vayan armando a futuro. Y eso no depende de los procesos electorales… aunque si puede definir una elección presidencial. Los sobresaltos pueden estar a la orden del día en 2021.

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