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1 de Julio del 2019
Ideas
Lectura: 6 minutos
1 de Julio del 2019
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

Socialismo siglo XXI o la hipocresía del poder
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Su socialismo sería más lúcido que el de los Castro, más eficaz que el del bobón de Maduro y menos silvestre que el de Morales. Pero, como todos ellos, se tomaría el poder y se quedaría ahí para siempre. Un niño sería vengado de una vez por todas.

Estuvieron totalmente conscientes de que el invento del Socialismo del Siglo XXI se convertiría en un fabuloso aliado para lograr la presidencia y luego apoderarse del país convertido en cosa propia. Clarísimo, ya no eran aquellos socialistas del siglo XX, asesinos contumaces que se lavaban las manos con el agua bendita de un Marx liquefactado para ganarse el paraíso de los poderes, de una vez por todas.

Un grupo bien adoctrinado se vistió el raído hábito de la lucha por las equidades sociales y se lanzó, con Correa a la cabeza, en pos del poder. Una mayoría pobre y explotada más todos los interesados en aprovecharse de la ocasión alabaron el advenimiento del salvador. 

Aquello de Siglo XXI no decía nada ideológicamente. Tan solo era una marca empresarial para dar la impresión de que se pensaba seriamente en un futuro levantado sobre las bases de la justicia social y de las equidades. Él y su equipo darían la impresión de que dejaban atrás a los siglos XIX y XX. Pero en realidad, sea cual fuese la época de la doctrina de estos nuevos evangelistas, lo de siglo XXI tan solo señalaba el tiempo en que se ubicaban sus ansias de poder y el de sus estrategias para delinquir. 

Su socialismo sería más lúcido que el de los Castro, más eficaz que el del bobón de Maduro y menos silvestre que el de Morales. Pero, como todos ellos, se tomaría el poder y se quedaría ahí para siempre. Un niño sería vengado de una vez por todas.

Como todo apóstol del bien absoluto, hasta ayer no más no fue nada más que historia de abandono y necesidad. Sin embargo, de la noche a la mañana, aparecieron como los únicos y verdaderos ungidos por el destino. Todos, de pronto, miembros activos de la Revolución ciudadana, la suya propia, la del latrocinio. 

Seguidores de su propio socialismo con el que se llenaban la boca de palabrería insulsa con el condimento de algún concepto socio-político bien utilizado para la tarea de engatusar. Y Correa fue el mejor de todos para representarlo, dada su larga historia de pobreza y abandono. 

Su socialismo sería más lúcido que el de los Castro, más eficaz que el del bobón de Maduro y menos silvestre que el de Morales. Pero, como todos ellos, se tomaría el poder y se quedaría ahí para siempre. Un niño sería vengado de una vez por todas.

Aunque sabe que no es cierto, nunca dejará de repetirse a sí mismo que sus manos y su conciencia son tan limpias como cuando nació. Para eso le cayó como anillo al dedo la idea del socialismo del siglo XXI. Él y los suyos ya no formaban parte de aquellos revolucionarios de pacotilla del siglo XX que araron en el mar y murieron, algunos, en el paredón luego de delinquir copiosamente. 

Sus tareas fundamentales: tomarse el poder, perseguir, encarcelar y asesinar a sus enemigos, destruir la democracia, evangelizar al pueblo con el opio de la liberación. Todo eso lo harían, ya no disfrazados de militares sino con la palabra democracia y libertad en la punta de la lengua. No con fusiles sino con la libertad de una Constitución ad hoc y hasta aprobada por la mayoría ciudadana. Así todo quedó santificado.

¡De qué manera se apoderaron del poder! Su halo de beatos salvadores de la patria embobó a las mayorías, incluidos los llamados intelectuales que tan bien saben lucirse con fofos discurso y aparentar sublime intelectualidad desde la mediocridad.

El tema de la justicia social unido a la guerra total a la oligarquía determinó que ciertas mayorías no reparasen en que Correa y los suyos se apoderaban rápida y eficientemente del país. Las “mentes lúcidas” suponían una dosis impresionante de perversión social. 

Mientras el melodramático presidente se encargaba, semana tras semana, de embobar a sus ya entontecidos seguidores, a su nombre, los suyos trasladaban a paraísos fiscales la riqueza de todo el país. Mientras sus lacayos iban y volvían con la satisfacción de la misión cumplida, Correa seguía gritando insultos a sus opositores, exaltando su honorabilidad y besando la mejilla de los pobres. 

Y lo sigue haciendo desde su exilio voluntario. Porque el cinismo no es un acto sino una situación, un modo especial de ser y de vivir. Es una cualidad específica de alguien que se hizo, desde pequeño, con la cara dura para saber manejar a la perfección, no solo el doble discurso sino las dos formas de estar en el mundo: la del predicador del bien y la de quien vive atrapado en el mal. 

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