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14 de Marzo del 2016
Ideas
Lectura: 11 minutos
14 de Marzo del 2016
Patricio Moncayo

PhD. Sociólogo. Catedratico universitario y autor de numerosos estudios políticos.

Solidaridad en el fracaso
El gobierno de Rafael Correa ha caído en la angustia; en él se confirma que ser académico y tener un alto potencial intelectual no garantiza tener la capacidad ni el valor para derrotar las consecuencias de su imprevisión.

Cuando un gobierno se ve acosado por las urgencias y relega a un segundo plano las importancias, significa que no estuvo preparado para hacer frente a los cambios de la coyuntura. Ello ocurre cuando tales cambios no fueron previstos con la debida anticipación, lo que conduce a la improvisación. A la improvisación se agrega la inmediatez, y así se pierde la perspectiva, o sea, el presidente se ve atascado en el presente, y sólo puede ocuparse de los problemas de hoy; ya no tiene ojos para el mañana.

El gobierno de Rafael Correa ha caído en la angustia; en él se confirma que ser académico y tener un alto potencial intelectual no garantiza tener la capacidad ni el valor para derrotar las consecuencias de su imprevisión. Cuando inició su gobierno no alcanzó a ver el futuro inmediato; confió demasiado en su suerte, el alto precio del petróleo, la depreciación del dólar, su carisma. Pensó que esto duraría, al menos, hasta la finalización de su gobierno. No tuvo un estado mayor que lo alertara y que le ayudara a prepararse para cuando esta boyante situación diera un giro.

Pero, a esta falta de previsión, se agregó un nuevo déficit: no estar preparado para reaccionar de manera rápida y planificada ante el cambio de situación. Demoró en responder a la debacle; hasta se negó a darle crédito. “No hay crisis”, dijo, y otra vez incurrió en el error de dejarse llevar por la intuición, por su estado de ánimo, sus “corazonadas”.

Los casos del IESS, SOLCA, los municipios, las Fuerzas Armadas, las universidades de posgrado, ponen al descubierto una atolondrada utilización de mecanismos y recursos para solventar la iliquidez pública que le impide seguir gobernando como cuando el mar estaba tranquilo, sin olas ni turbulencias.

Los expertos en economía de diversas tendencias ideológicas coinciden en que el gobierno carece de un “programa económico” para enfrentar la crisis. Un programa económico se plantea objetivos, metas, define estrategias, establece prioridades, hace cálculos de viabilidad financiera y hasta política. Las medidas que el gobierno está tomando son parciales y a veces contradictorias.

Si pasamos revista a ellas, advertimos que no se tomaron en cuenta sus efectos colaterales: las salvaguardias con las que el gobierno buscaba equilibrar la balanza comercial, reduciendo las importaciones, al no hacer excepción, encareció los bienes de capital y la materia prima importada.

En el campo laboral, en momentos en que, como lo explica Walter Spurrier, “las empresas venden menos y tienen que ajustar sus gastos, despiden trabajadores”, resulta incongruente que el presidente Correa proponga “reforzar los derechos de los trabajadores”. Nuevamente aquí hay un desfase temporal; si estas reformas se planteaban antes de la crisis, a lo mejor habrían podido contar con un mejor ambiente, pero por entonces acabar con la tercerización era un trofeo político que Correa les ofreció a las centrales sindicales, al inicio de su gobierno. El empeño de otorgar mayores derechos a las madres con la extensión del período de maternidad no guarda relación con la meta de incrementar el empleo.

El seguro de desempleo habría podido establecerse cuando el Estado disponía de abundantes recursos, no cuando éstos escasean. En otros países de América Latina este seguro cuenta con esquemas de financiamiento mixto “aportado por los trabajadores, los empleadores y el Estado”, como lo reseña una nota informativa de Diario El Universo.

La meta central de todas estas medidas es captar recursos de donde sea. En palabras de Mauricio Pozo, columnista de Diario El Comercio, y ex ministro de Finanzas, “el endeudamiento crece sin importar cómo, el uso de la liquidez pública no tiene resquemor alguno en su uso y deciden pragmatizarse un poco cuando el agua ya les entra en la boca”. Las salvaguardias más que responder a equilibrar la balanza de pagos busca, según Cristian Espinoza en entrevista a ese mismo Diario, suplir la “falta de financiamiento del déficit del gasto público”. Tales medidas, además, son tardías.

En el campo de la salud, el gobierno regatea su contribución a SOLCA, poniendo en riesgo lo que el columnista de Diario El Comercio, Abelardo Pachano, ex gerente del Banco Central, llama “la estructura privada creada para atender necesidades fundamentales”, como la de una enfermedad catastrófica.

En el campo de la seguridad nacional, la apropiación indebida de los recursos del ISSFA, fue inmediatamente tapada con el decreto de igualación de trato entre oficiales y tropa, sin medir las consecuencias que ello podría acarrear en perjuicio de la institucionalidad de las Fuerzas Armadas. A la vez que el gobierno atrapa recursos, aparece como un promotor de reivindicaciones sociales que en este caso tiene motivaciones políticas, como la deslegitimación de la alta oficialidad que no agachó la cabeza.

En otro campo, el de la educación, El Comercio informa que en “un nuevo proyecto de Ley con el que se busca el cierre definitivo de las 14 universidades que fueron suspendidas en el 2012, 13.838 estudiantes, el 43.2% de los 38.000 matriculados en ellas no terminan sus estudios o desertaron”. Se impone una evaluación de aquella arremetida en contra de las universidades, despectivamente calificadas de “garaje”. Se tapa un hueco y se abren otros.

La planificación ha estado ausente en la acción de gobierno. La Senplades no ha gozado de autonomía, lo que le ha impedido interactuar como instancia técnica con el poder político. De esta falta de autonomía también adolece el Banco Central, la Comisión de Endeudamiento Externo y muchas otras dependencias que en el pasado tuvieron alta credibilidad por no estar subordinadas al gobierno de turno..

El Ecuador, pues, padece una crisis de liderazgo; el presidente Correa es responsable directo de esta “ineficacia de conducción”. Sus ministros le duran muy poco; son, “ministros de ciclo corto”, como los calificó Manuel Chiriboga , investigador ecuatoriano, prematuramente fallecido, en su columna editorial de El Universo. Pero además se los coloca y recoloca, según las conveniencias del momento, sin ningún parámetro “meritocrático”. Hay un total menosprecio por la preparación de los ministros para la carteras que se les confía. La improvisación cunde en tales secretarías de Estado, cuando no se les entretiene jugando a la revolución. El presidente apela más a la simulación ideológica de la lucha contra el “imperialismo” que a una acción efectiva de defensa de la soberanía nacional. Esta meta se deja a un lado cuando el gobierno negocia en condiciones desventajosas la “joya de la Corona”, el campo Auca , la contratación de créditos en condiciones nocivas al interés nacional” como lo señala Alberto Acosta, ex presidente de la Asamblea Constituyente, en entrevista a El Comercio.

El presidente Correa se ha escudado en la ideología para no aplicar medidas de ajuste y diferenciarse de los presidentes que sí tuvieron el valor de hacerlo. Sin embargo ha optado por un ajuste camuflado, como tratando no sólo de salvar los muebles sino de persistir en banderas como la distribución de los ingresos cuando éstos ya escasean. Es decir, ata la economía a su estrategia político electoral, a sabiendas que ello le asfixia a su propio gobierno y al que lo suceda.

Pero además de esta crisis de liderazgo, el Ecuador enfrenta una aguda crisis ideológica y un “deterioro de la ética social”. No importa que se dilapiden los recursos, con tal que se haga obra, parece ser la opinión generalizada. En estas condiciones la corrupción gana terreno. Lo que está viviendo Brasil; lo que no hace mucho vivió Perú con Fujimori, Venezuela con Chávez y Maduro, Argentina con los Kirchner, expresan esa crisis ideológica y de valores.

Gobernantes que hicieron mucho ruido en torno a la “Patria Grande” no pudieron con la “patria chica” y terminaron con juicios que ponen en duda su honestidad. Esto, desde luego, tiene que ver con la falta de transparencia en la información sobre la contratación pública, el endeudamiento externo, el uso de los recursos públicos. No es de sorprender que el presidente Correa haya expresado su solidaridad con el ex presidente Lula, calificando de “canallada” las acusaciones contra éste. Es preocupante esta expresión de solidaridad cuando el popular líder Lula es acusado, gracias a la independencia de la función judicial en el Brasil, de ser beneficiario de “un sistema de desvío de dinero manejado por Petrobras”. El presidente ecuatoriano debe ser solidario con el esclarecimiento de estas acusaciones y no anticipar criterios mientras dure el juicio.

Correa enfrenta serios desafíos: ya no puede gobernar con un corazón paternalista, debe recortar el gasto público que financia una burocracia dorada e ineficaz, debe establecer acuerdos comerciales convenientes para el país, como el que se estaba negociando con la Unión Europea, debe formular un programa económico serio que le obligue a disciplinar el gasto, debe promover un gran acuerdo nacional con empresarios y trabajadores, con los partido y movimientos sociales, abandonando la soberbia con la que ejerció el poder, cuando las condiciones eran venturosas. Su responsabilidad sobre el estado en el que quede el país hacia el 2017, es insoslayable. Él deberá rendir cuentas ante el país, más tarde o más temprano. No debe olvidar que el pueblo “castiga y repudia al causante de su última frustración” en las urnas. Ése es el valor de la democracia.

[PANAL DE IDEAS]

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