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1 de Diciembre del 2015
Ideas
Lectura: 8 minutos
1 de Diciembre del 2015
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

Solo si gano, hay democracia
Este oficialismo dictatorial perderá las elecciones en las urnas. Pero lo que se haga con ello es otra historia. El poder electoral de Venezuela es una sucursal de la impertinencia de Maduro. Por eso no solamente rechaza que la OEA supervise el proceso electoral, sino que la descalifica.

Para convocar a las elecciones parlamentarias, el Consejo Nacional Electoral de Venezuela debió esperar el visto bueno del presidente Maduro, pese a que, como es lógico, la norma se halla en la Constitución. ¿Importa, acaso, la Constitución cuando la primera y última palabra se halla en la boca de Maduro en todo lo que tiene que ver con lo constitucional y lo jurídico, con la verdad y el engaño, con la inocencia y la culpa? Maduro heredó de Chávez esa inmensa propiedad llamada país y la administra a su antojo. Inclusive los criterios de verdad o de falsedad surgen de su omnímoda sabiduría. Esa sabiduría que día a día le es infundida por el espíritu santo de Chávez.

Por lo mismo, las elecciones de este próximo 6 de diciembre poseen su propia particularidad pues si no ganan los candidatos oficialistas, Maduro amenaza con dar la espalda a los resultados. Y tiene todo el derecho a hacerlo porque así es la democracia del socialismo siglo XXI, la chavista, la que solo es buena y justa si gana el oficialismo que, por otra parte, es imposible que pierda porque, si eso aconteciese, entonces el país retornaría a los tiempos del nefasto oscurantismo del pensamiento libre y múltiple. Y lo dice con absoluta seriedad, sobre todo cuando los sondeos de opinión aseguran que la oposición será la triunfadora en términos prácticamente absolutos. ¿Cómo es eso de perder? El pajarito (el espíritu santo de Chávez) con el que habla a diario nunca ha tocado este tema tan espinoso. De hecho, Maduro no sabe lo que eso significa pues, según criterio generalizado, es presidente gracias a un mínimo margen posiblemente construido por el poder electoral. Chávez lo designó su sucesor.

¿Un país en hilachas adheridas a la presencia de un presidente vacío de ideas, de propuestas políticas y económicas? Un país en el que se encarcela a los opositores o se los asesina cínicamente, en plena campaña, como al dirigente Manuel Díaz. Un país en el que la amenaza a los disidentes y a quienes poseen opiniones distintas es pan de todos los días. No solo es el país del pensamiento único sino sobre todo el país del poder único que prohíbe pensar, opinar, disentir. Allí, a la diferencia se la desecha como basura o se la encarcela cuando no se la asesina de manera vil.

Cuando al poder acceden ignorantes y farsantes o aquellos que poseen pensamientos débiles, de manera inmediata se instala el imperio de la crueldad.

La OEA protesta y lamenta esta muerte que da cuenta de la fragilidad absoluta de la libertad no tanto para pensar lo diferente sino la falta de libertad para pensar. A Maduro tan solo le interesa que en Venezuela todos sean como él: ignorantes y malos. Por ello, en ese régimen en el que aquello que con las justas tendría ciertos visos de pensamiento, de manera inmediata y casi natural, se convierte en vejamen. ¿Cómo soportar esa avalancha de lodo inmundo lanzada en contra del Secretario General de la OEA que cometió el delito de calificar de “una herida de muerte a la democracia” el asesinado de Manuel Díaz? Como carece de la más mínima idea, el presidente Maduro se ha convencido de que insultar y denigrar constituyen una buena manera de tener razón.

El pensamiento único hace que la cultura se derrita y se convierta en sustancia líquida, como diría Bauman. En el imperio del pensamiento único, la razón deviene una suerte de bien material del que se apropia el poder que deja de pensar y obliga a los otros a abstenerse de todo criterio. Así los pensamientos se transforman en cosas o, como dice el psicoanálisis, en actos puros en los que los sentidos se reducen a su mínima expresión. Dar la muerte implica justamente reducir a cero absoluto el sistema de los sentidos y de la diferencia. Con esas muertes que él administra a su antojo, Maduro se convence cada vez más de que tiene razón. La verdad del tirano surge de la ironía de negar toda apelación.

¿No ha sido ese el principio fundamental que sostiene toda tiranía y que no consiste sino en la capacidad de administrar la muerte? La democracia es el sistema político mediante el cual se construyen verdades en el campo de las dudas e incertidumbres. Por eso es sinónimo de libertad que se alimenta de la alternancia. La democracia sabe y acepta sin restricciones que si hoy gobierna el país un sistema de verdades, mañana será sustituido por otro sistema. Los tiranos y dictadores borran las diferencias que son reemplazadas por un manojo de enunciados que se disfrazan de verdad para esconder el cuerpo de lo perverso, de la ignominia, de la muerte. Dictadores y tiranos son duchos en armar disfraces de bondad y libertad con los que se engaña a incautos y desprotegidos.

Este oficialismo dictatorial perderá las elecciones en las urnas. Pero lo que se haga con ello es otra historia. El poder electoral de Venezuela es una sucursal de la impertinencia de Maduro. Por eso no solamente rechaza que la OEA supervise el proceso electoral, sino que la descalifica tal como lo han hecho a su turno otros gobiernos latinoamericanos contaminados con el virus de la dictadura. Para estos gobiernos, la democracia son ellos y solo ellos.

Se dice que Leopoldo López será el claro ganador y que la gente interpretará que su huelga de hambre obligó al Consejo Electoral a organizar las elecciones. Como si los procesos electorales no estuvieses claramente estatuidos y no dependiesen de la voluntad de ningún organismo sino de los mandatos de la Constitución. Y sin embargo, desde el cinismo político, se sigue hablando de democracia, como si esta fuese una palabra y no un sistema que se sostiene en el valor de las leyes y no en los caprichos de ciertos gobernantes que están en el poder gracias a la democracia que ahora denigran y vituperan.

“Si la oposición gana las elecciones, dice Maduro, no entregaré la revolución”. Admirable sentencia de un pobre ciudadano que se considera dueño del país. “Entonces, gobernaré con el pueblo y mediante una unión cívico-militar”. ¿Sabrá Maduro lo que es el país, lo que es la democracia que no se sostiene en las armas sino en las leyes? Está claro que para él y para todos los que medran del poder, la democracia no es otra cosa que el sistema de bienes y de poderes que ellos manejan a su antojo. También dijo que luego de ganar, convocará a aun diálogo nacional. Está muy clara su incomparable capacidad de dialogar.

[PANAL DE IDEAS]

Carlos Arcos Cabrera
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