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13 de Febrero del 2024
Ideas
Lectura: 4 minutos
13 de Febrero del 2024
Fernando López Milán

Catedrático universitario. 

Técnica y política
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Ninguna decisión de un gobierno, se refiera esta a la economía, la salud, la educación, la seguridad o a cualquiera de las áreas en las que interviene, puede ser exclusiva o primordialmente técnica. Despolitizar la política es imposible y pretender convertirla en un asunto técnico es pretender acabar con ella.

Siempre que un gobierno se apresta a tomar medidas económicas, la voz de los economistas se alza para recomendar al gobierno que la decisión que tome sea técnica y no política. Lo que quiere decir que la política económica, para ellos, no es una cuestión política. La paradoja es evidente. Al menos por dos razones: la primera es que quienes toman tales decisiones son políticos y, la segunda, que tales decisiones se refieren al manejo del poder del Estado, es decir, del poder político.

En fin, ninguna decisión de un gobierno, se refiera esta a la economía, la salud, la educación, la seguridad o a cualquiera de las áreas en las que interviene, puede ser exclusiva o primordialmente técnica. Despolitizar la política es imposible y pretender convertirla en un asunto técnico es pretender acabar con ella.

Toda decisión política tiene tres componentes: un componente axiológico, un componente programático y un componente técnico. El primero justifica el poder y su empleo de acuerdo con ciertos valores; el segundo se refiere a los objetivos de la decisión, y el tercero, a la manera de llevarla a la práctica. La dimensión técnica de la decisión no es otra cosa que la forma de realizar empíricamente unos valores. La técnica señala qué se debe hacer y cómo debe realizarse aquello que proclaman los valores y disponen los objetivos y, en este sentido, permite vincular las dimensiones axiológica y programática de la decisión con la realidad.

Ninguna decisión de un gobierno, se refiera esta a la economía, la salud, la educación, la seguridad o a cualquiera de las áreas en las que interviene, puede ser exclusiva o primordialmente técnica. Despolitizar la política es imposible y pretender convertirla en un asunto técnico es pretender acabar con ella.

La técnica es una forma de hacer, y, de acuerdo con los objetivos que se quiere alcanzar, hay más o menos técnicas disponibles: unas más actuales que otras, unas más fáciles de realizar que otras, unas mejores que otras. El asunto de la técnica en la gestión pública, por tanto, es también el de la mejor técnica, el de la más óptima, es decir, de aquella que permita conseguir los objetivos deseados con el menor gasto de recursos y con los menores daños colaterales que sea posible. El rango aceptable de los daños, así como los grupos que deben sufrirlos, es algo que no lo determina la técnica, sino los valores.

Gracias a la información que brinda a los tomadores de decisiones, la técnica los pone en contacto con los hechos. De ahí que prescindir del papel mediador de la técnica conduzca a adoptar decisiones erradas y hasta contraproducentes. Algo típico de los populismos y los autoritarismos.

La profunda crisis que ahora vive Ecuador obedece al desprecio del correísmo otrora gobernante por la información técnica. Los autoritarismos, incluso aquellos que, como el correísmo, han promovido la tecnocracia en el manejo de los asuntos públicos, desprecian la técnica o, adulterando y usando tendenciosamente la información por ella entregada, la utilizan como pretexto para la toma de decisiones que acrecen la imagen del gobernante autoritario a costa del futuro del país.

Ni técnica sin política ni política sin técnica. Esta es la idea que debemos defender en el ámbito de las decisiones públicas. Si no responde a unos valores, el uso de la técnica en el gobierno conduce a la deshumanización. Prescindir de la técnica, en cambio, es la mejor manera de hundir en la crisis a un país.

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