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5 de Julio del 2016
Ideas
Lectura: 6 minutos
5 de Julio del 2016
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

Terrorismo: perversa violencia
De París a Bruselas, de Estambul a Bagdad. De la masacre en la sala de conciertos de París, al metro de Bruselas y de ahí al aeropuerto de Estambul. La geografía del terrorismo se halla marcada por la necesidad de causar impacto social con el mayor número de víctimas que, en lo menos que podrían pensar, es en ser asesinadas con una bomba en el avión que viajan quizás de paseo, tal vez de retorno a casa.

Su nombre lo dice todo y con absoluta claridad: producción, o mejor aun, creación del terror de la nada, del cuerpo de la tranquilidad, de la seguridad, de la certeza. En condiciones normales, es decir, en la vida cotidiana, todos nos movemos sostenidos en una seguridad básica. Vamos, llegamos, regresamos con la certeza de que nadie va a atentar de manera propositiva contra nuestra física y menos aun contra nuestra vida. Construimos la cotidianidad sobre la base de un sinnúmero de certezas básicas que tienen que ver con los derechos a que nadie atente deliberadamente contra nuestra integridad física, psíquica, moral. Salimos de la seguridad doméstica y vamos a las seguridades sociales hechas de certezas básicas que no pueden fallar. También seguridad intelectual porque nadie atentará contra ti porque pienses de manera diferente, porque te estás plenamente convencido de que la libertad es primero y ante todo diferencia.

El terrorismo destruye el sistema cotidiano de seguridades básicas. En su lugar, crea el terror: en donde existe la seguridad, paz coloca el caos y la muerte. De esta manera pretende que las comunidades se queden sin ninguna de las certezas de la vida. Por su parte, el terrorista goza con ese gran sufrimiento de sus víctimas. Para el terrorismo, las víctimas ya no son precisamente las personas muertas y heridas, sino la sociedad en su totalidad: en adelante, los que quedan ya no podrán vivir en paz: este es gran trofeo.

Como carece de razones suficientes tanto para existir como para ser reconocido, el Estado Islámico impone su presencia mediante el terror. No pretende que finalmente se lo ame sino que se lo odie. Por ello, no busca una existencia jurídica sino una calara ubicación en el reino del mal, del terror, de la muerte dada.

De París a Bruselas, de Estambul a Bagdad. De la masacre en la sala de conciertos de París, al metro de Bruselas y de ahí al aeropuerto de Estambul. La geografía del terrorismo se halla marcada por la necesidad de causar impacto social con el mayor número de víctimas que, en lo menos que podrían pensar, es en ser asesinadas con una bomba en el avión que viajan quizás de paseo, tal vez de retorno a casa. El terrorismo debe necesariamente crear un profundo desconcierto que se logra con los cadáveres despedazados, con los pasajeros que huyen despavoridos, con los socorristas desconcertados y las sirenas de las ambulancias que trasladas a los heridos. No, no es el infierno de Dante porque las víctimas del terrorismo son todos inocentes. Solo el cadáver del terrorista permanece excluido del fatídico mundo de las víctimas.

Para el terrorismo, todos son igualmente culpables, los niños y los grandes, las mujeres y los hombres. Todos pertenecen a ese país enemigo, a esa religión enemiga, a ese pensamiento político enemigo. Para el terrorismo no hay inocentes. Nadie está ni en el lugar ni en el tiempo equivocados al instante en el que explotan las bombas suicidas. La única culpa consiste en pertenecer al mundo de lo diferente frente al terrorista que no es más que una víctima más del pensamiento único.

El terrorista no se inmola por sus creencias ni para justificarlas con su sacrificio que carece de la más mínima idea redentora. En efecto, esas muertes, como todo sacrificio de esa índole, no constituyen más que el acto último de la derrota personal, de la inconsistencia total de sus prédicas y propuestas. Este terrorista así inmolado no representa precisamente al héroe que constará en la hagiografía de su supuesta religión. Es apenas el que llega al límite final de sus propias decepciones con la última brizna de sus esperanzas fallidas. El terrorista que se elimina no lo hace como parte de un ceremonial de heroísmo ni siquiera para que desaparezca la posibilidad de que se lo identifique como responsable. Lo hace como último acto de desesperación suprema ante las inconsistencias que hacen su existencia.

En efecto, esos movimientos religiosos y políticos no se fortalecen con estos supuestos martirios puesto que estos suicidas no tienen nada de mártires sino tan solo de agentes y de cómplices de la crueldad. Estas bombas humanas, en efecto, formarían parte del arsenal militar con el que se pretende afianzar la idea de Estado. Ningún terrorismo, bien sea político o religioso, ha logrado devenir Estado que se sostenga y se proyecte en el tiempo.

El terrorismo no pretende sembrar ideas ni implantar sistema alguno, bien sea político o religioso. Busca tan solo la producción y reproducción del terror con el propósito de que las sociedades se debiliten y se quiebren para que las familias y la comunidad se cierren sobre sí mismas invadidas por el temor a la muerte dada por un poder oscuro e infernal que aparece en el lugar en el que nadie lo espera. El terrorismo se alimenta con los cadáveres diseminados, con la sangre que mancha pisos y paredes, con la angustia y el temor de los que, por de pronto, están a salvo. También se alimenta con el desconcierto de los poderes estatuidos que no sabe qué hacer con el peso de sus propias culpas.

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