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11 de Mayo del 2020
Ideas
Lectura: 6 minutos
11 de Mayo del 2020
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

¿Tiempo de gallinazos?
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Los gallinazos de la corrupción que no pueden hacer otra cosa que sacar el mayor provecho posible de los sufrimientos ajenos. Social y políticamente perversos carroñeros de profesión.

Los gallinazos olfatean a muchas leguas la carroña. No se equivocan. Por eso van directamente a ella para su gran banquete. Lo hacen instintiva e infaliblemente. Porque es algo que lo han repetido una y cien veces, desde siempre, generación tras generación. Porque es su única estrategia de sobrevivencia. ¿Vivimos el tiempo de gallinazos?

El coronavirus siembra en el país dolor, angustia y muerte. En poco tiempo, miles de contaminados saturando las ofertas de salud, de modo especial en ciertas ciudades que se descuidaron demasiado y le dieron vía libre a la pandemia. Al mal no se le pueden dejar abiertas las puertas, tal como lo han hecho algunas ciudades despreocupadas e inconscientes. Miles gravemente enfermos. Y miles de muertos inclusive en medio de un espectáculo dantesco como cuando fenecen en las calles, al margen de toda protección elementalmente humana. 

Columnas de ciudadanos que van en pos de salud, de alivio o sencillamente, sin saberlo, en busca de un lugar para morir. Escalofriante espectáculo que inmediatamente pasa a formar parte de la estadística de la crueldad. Porque en esas columnas nadie sabe si va en pos de la salud y la vida o de una muerte inevitable. Ave, César, los que van a morir te saludan. 

País terrorífico. Nadie se atreve a dar la cara a un enemigo que esconde muy bien su infinita superioridad maléfica. Nadie lo ve, pero todos saben que el rato menos pensado podría introducirse en la vida para asesinarla. Miles de contaminados y de muertos son su trofeo. Igual que lo son nuestros miedos y terrores. 

Su ventaja es que no podemos enfrentarlo abiertamente. Es más poderoso que todas nuestras estrategias. Por ende, no nos resta otra alternativa que huir protegidos, de pies a cabeza. Para ello se necesitan mascarillas, gorros, batas. Los profesionales de la salud deben usar necesariamente esa débil armadura para acceder con menos riesgo y temor a los pacientes. Una lucha desigual y existencial entre la vida y la muerte, entre el ser y el no ser. Entre el cumplimiento profesional y la audacia.

En este panorama casi inhumano, inmediatamente empiezan a volar rasantes gallinazos humanos para quienes ha llegado el día de su gran festín. El festín del sufrimiento y de la muerte de los que se han alimentado desde siempre y en cada circunstancia del dolor. Los gallinazos de la corrupción que no pueden hacer otra cosa que sacar el mayor provecho posible de los sufrimientos ajenos. Social y políticamente perversos carroñeros de profesión. Mientras los héroes de la salud luchan para sostener la vida, estos gallinazos de manera inmediata están sobre todo aquello que les puede brindar las posibilidades calvas de lucrar, robar, estafar. Los gallinazos de la corrupción saben muy bien de su oficio. 

Los gallinazos de la corrupción que no pueden hacer otra cosa que sacar el mayor provecho posible de los sufrimientos ajenos. Social y políticamente perversos carroñeros de profesión.

No se trata de un solo individuo, sino de un sistema del que casi necesariamente forman parte funcionarios del poder. Imposible hacer buenos negocios sin el involucramiento de aquellos que ostentan poder, de quienes administran fondos públicos, de los que toman las mejores decisiones, no precisamente para el país, sino para ellos, los buitres de la corrupción. Un abigarrado equipo, de funcionarios que tienen en sus manos la toma de decisiones, de aquellos arrimados al poder y que manejan las chequeras y que mantendrán siempre la boca cerrada. Una bandada de buitres dispuesta enriquecerse sacando el mayor provecho posible de estas circunstancias para ellos ciertamente calvas. ¡Qué maravilloso lograr la mejor tajada de ese inmenso y absolutamente doloroso espectáculo de la muerte de los inocentes!

Es absolutamente indignante que estos ciudadanos carezcan del más mínimo sentido de solidaridad con el país, con el dolor de miles de compatriotas que han caído víctimas de la peste. Mientras un inmenso grupo de profesionales de la salud se sacrifica día y noche por salvar la vida de sus conciudadanos y hermanos, estos profesionales del mal están con sus ojos y picos ávidos de carroña que les permitará vivir cómodamente un por largo tiempo. 

Se trata de redes que viven de la corrupción e íntimamente conectados a los espacios del poder político. Tienen experiencia. Saben exactamente cómo actuar, a quiénes acudir, cómo sobornar, cómo mentir y como, sin embargo, mostrar al país entero su cara y sus manos limpias.

A ciertos poderes políticos les encanta el espectáculo. Les fascina la vocinglería. Es tiempo en el que los corruptos e hipócritas se rasgan las vestiduras y lanzan a los cuatro vientos sus gemidos de piedad y de horror. Unos días de mentiroso estupor e hipócrita dolor. Saben que las aguas se calmarán, que las conciencias públicas se acallarán cansadas de gritar en medio de las olas y que finalmente, la misma corrupción se encargará de lavar conciencias. En consecuencia, nada inmoral ha acontecido. Vivas a los salvadores de la patria. 

Las crisis sociales que vivimos frecuentemente terminan en crisis éticas. Urge que se produzcan cambios radicales en el país desde las más altas esferas del poder. No podemos contentarnos con las voces de alarmas de un poder débil. Con realizar cirugías mayores amenazaba el ejecutivo. Parecería que hace rato se le extravió su supuesto equipo quirúrgico. 

Presidente, no se hace cirugía con palabras sino con bisturí. Es hora de urgentes cambios radicales. De lo contrario, es mejor no hablar para no escandalizar. 

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