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8 de Junio del 2020
Ideas
Lectura: 6 minutos
8 de Junio del 2020
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

Tiempo de gallinazos
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¿Qué y en qué consiste la honestidad? Si se le preguntase al prefecto del Guayas, posiblemente respondería que la honestidad de un arquero consiste en dejarse meter justo el gol necesario para que el adversario gane legítimamente el campeonato. Pero hacerlo de tal manera que nadie sospecha que ahí hay gato encerrado.

Los ingenuos todavía creen en la cuadratura del círculo: siguen confiando en el valor y poder de la justicia. Suponen que en estos casos de crisis y de dolor, las autoridades grandes y pequeñas, todas serán honestas en sus actos: presidente, ministros, cortes supremas, jueces supremos, ciudadanos.

¿Qué y en qué consiste la honestidad? Si se le preguntase al prefecto del Guayas, posiblemente respondería que la honestidad de un arquero consiste en dejarse meter justo el gol necesario para que el adversario gane legítimamente el campeonato. Pero hacerlo de tal manera que nadie sospecha que ahí hay gato encerrado. Porque la corrupción posee normas y principios que es preciso cumplir para que los negocios tengan la apariencia de la perfección del bien de tal manera que nadie sospeche la activa presencia del mal. 

A todos y cada uno de los candidatos a cualquier dignidad se los debe colocar en el banquillo de la duda antes de legitimar su candidatura. No basta que las manos aparezcan limpias. Es necesario comprobarlo. Y la comprobación no puede darse tan solo mirando y escuchando el presente sino introduciéndose también en los meandros de las acciones y discursos pasados. Hay que mirar detrás del cuadro. 

Los actos de corrupción no se improvisan. Nadie se corrompe de la noche a la mañana. Nadie que sea verdaderamente honrado va a dejar de serlo porque se le encomienda un cargo importante o se le entrega dinero, mucho o poco, para que realice una compra urgente. La corrupción, por otra parte, no es el efecto de un error sino, al revés, constituye un estado afectivo, intelectual y ético. Es decir, un modo de ser, de pensar, de desear y de actuar. La corrupción es un modo perverso tanto de interpretar el mundo como de estar y de vivir en él. 

Casi siempre el acto corrupto da cuenta de una suerte de estado de vida o, como se decía antes, de una inamovible estructura psíquica organizada en el mal. Por lo mismo, el corrupto se encuentra en perenne alerta esperando la oportunidad para sembrar y cosechar en su propio agosto. Pero mantiene bien cuidadas sus apariencias para que la sociedad no tenga ni la más mínima sospecha de todo lo que es capaz de hacer para enriquecerse ilícitamente. Su careta de bueno y honrado debe permanecer perennemente limpia. No debe, pues, dejar de repetir el sermón de las manos limpias y los corazones ardientes. 

Si se le preguntase al prefecto del Guayas, posiblemente respondería que la honestidad de un arquero consiste en dejarse meter justo el gol necesario para que el adversario gane legítimamente el campeonato.

Por ello, para la sociedad es indispensable analizar detenidamente todos los actos anteriores de los corruptos. Porque es bastante probable que en más de una ocasión ya hayan aparecido hechos en los que vendieron gato por liebre. 

Mientras innumerables médicos, enfermeras y auxiliares de enfermería no dudan un segundo en exponerse a la enfermedad y a la muerte para salvar a centenares de enfermos, otros arman los cenáculos del mal para delinquir. No les importa nada más que sacar el mayor provecho posible de la calamidad para embolsillarse miles, cientos de miles de dólares destinados a la salud y protección de los conciudadanos. 

Con frecuencia, algunas autoridades pretenden parecer ingenuas cuando se trata de aplicar la justicia a ciertos personajes ligados con la política. Y esto desde la presidencia de la república hasta el más pequeño de los cabildos cantonales. Ni qué decir de la inimaginable complicidad de ciertos jueces que poseen una capacidad muy particular para vestir de justos a los malhechores. Jueces que se tapan ambos ojos para no ver el crimen en ciertos personajes que poseen poder político o económico de quienes se han declarado fieles servidores. 

Por lo mismo, resulta difícil no ser mal pensados con el juez que deja en libertad, con un grillete, al prefecto del Guayas cuando son evidentes sus implicaciones en los sobreprecios con los que se adquirieron medicamentos y productos sanitarios en esta crisis del coronavirusen Guayaquil. No solamente que se trata de un acto de complicidad sino además de absoluta corrupción. 

¡Cuánto cinismo tanto en el juez como en el acusado que sin más regresa a la prefectura de una ciudad que fuera tan atrozmente azotada por la pandemia! La corrupción es eminentemente cínica. Pero lo es más cuando un juez pretende lavarse las manos y trata al prefecto del Guayas como si estuviese acusado de haber robado una gallina. 

Correa sabía que tarde o temprano él y los suyos serían llamados por fiscales y jueces. Por eso se adelantó y colocó ahí a los suyos. Por ende, pase lo que pase, los acusados siempre podrán ser declarados inocentes. 

Es urgente una renovación radical del sistema de justicia. No se puede olvidar que si en algo Correa metió sus manos de manera explícita y frontal fue precisamente en el sistema judicial. De esta manera aseguraba su impunidad y la de sus cómplices y encubridores. Sólo así pudo cargarse con el santo y la limosna y vivir tranquilamente. Solo así se cree con poder suficiente para continuar dando lecciones de ética y honorabilidad. 

Ha llegado la hora de parar los giros de la corrupción en la justicia. La fiscalía general del Estado no puede seguir arando en el mar. Es urgente una revisión a fondo de las hojas de vida de muchos jueces. El país lo reclama a gritos. 

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