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1 de Agosto del 2019
Ideas
Lectura: 4 minutos
1 de Agosto del 2019
Juan Cuvi

Master en Desarrollo Local. Director de la Fundación Donum, Cuenca. Exdirigente de Alfaro Vive Carajo.

Todo se sabía
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no tiene sentido rasgarse las vestiduras frente a cada nuevo escándalo que se destapa en los medios de comunicación. Todo se sabía. Es bueno que se confirmen los delitos, porque eso abona a la higiene pública. Pero no es suficiente.

Parece que hacer política en el Ecuador significa prolongar indefinidamente la impunidad. Si resulta imposible ocultar algún delito del poder, se lo traslada a la maraña de la administración de justicia. Y si por milagro la justicia interviene sancionando al responsable, siempre existirá una artimaña electoral para que cualquier alto funcionario prófugo o condenado vuelva a la palestra política.

Los favores mutuos y el carrusel siguen siendo una institución. Cubrirse las espaldas es el código de las relaciones políticas, porque una buena parte de los protagonistas tienen rabo de paja. No de otra manera puede entenderse la inercia o la pasividad con las que se manejan los torrenciales casos de corrupción del correísmo.

Los escándalos que hoy se destapan a diario fueron conocidos desde el inicio del correato. Tráfico de influencias, coimas, sobreprecios, interferencia en la justicia, nepotismo, tergiversación de los hechos, mentiras oficiales, aportes ilícitos a las campañas electorales… nada fue ajeno a la discrecionalidad y al abuso con que se gobernó. La información que hoy sale a la luz pública únicamente corrobora –o más bien detalla– las ilegalidades que fueron denunciadas desde distintos frentes.

No tiene sentido rasgarse las vestiduras frente a cada nuevo escándalo que se destapa en los medios de comunicación. Todo se sabía. Es bueno que se confirmen los delitos, porque eso abona a la higiene pública. Pero no es suficiente.

¿Las peregrinaciones del gran hermano por los ministerios ofreciendo sus buenos oficios? Pues ahí estuvo el informe de la comisión ad-hoc que luego fue perseguida y judicializada. ¿Las comisiones en los contratos de comunicación monopolizados por los hermanos Alvarado? Pues las denuncias eran pan de cada día. ¿El montaje del 30-S? Pues existieron hasta informes internacionales señalando las irregularidades y atropellos cometidos desde el gobierno para acomodar la versión oficial. ¿Los exorbitantes sobreprecios en las obras emblemáticas del anterior régimen? Pues ahí están los informes documentados de la Comisión Nacional Anticorrupción. La lista de casos es interminable.

La experiencia del correísmo, sin embargo, no es única ni inédita, aunque sí sobrepasa todos los antecedentes conocidos. El matrimonio entre corrupción e impunidad está vigente desde tiempos inmemoriales, porque la política ha sido concebida como una estrategia para el enriquecimiento personal.

Pero, hay que mencionarlo, el correísmo sí hizo un aporte fundamental para poder destapar con pelos y señales los mecanismos de la corrupción política. En primer lugar, abrió un amplio espacio para la investigación informática. Los correos y archivos electrónicos registrados en las computadoras de los involucrados son evidencias contundentes. En segundo lugar, hizo gala de la más descarada bisoñería para el lleve. Dejaron más rastros que bebé con Manicho.

Así las cosas, no tiene sentido rasgarse las vestiduras frente a cada nuevo escándalo que se destapa en los medios de comunicación. Todo se sabía. Es bueno que se confirmen los delitos, porque eso abona a la higiene pública. Pero no es suficiente. Tampoco el país podrá sentirse aliviado con las eventuales condenas a los protagonistas de la década gangrenada. Necesitamos elaborar una estrategia que impida que la corrupción y la impunidad terminen por naturalizarse.

 

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