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16 de Noviembre del 2015
Ideas
Lectura: 5 minutos
16 de Noviembre del 2015
Gonzalo Ortiz Crespo

Escritor, historiador, periodista y editor. Ex vicealcalde de Quito. 

Todos eran correístas hasta que Correa no se presentó
Muy pocos creen que sea verdad el anuncio de Correa de una transitoria que le impida ser reelegido esta vez. Es la fábula del pastor y del lobo: a una mentira repetida mil veces se la oye como oír el viento. La decisión no la tomará hasta dentro de 10 meses y dependerá de su popularidad.

¿Por qué no fue noticia a todo lo ancho de la primera página de los periódicos el anuncio de Rafael Correa de que se añadirá una transitoria a las enmiendas que le impediría a él  (y a quienes han estado dos períodos consecutivos en un cargo de elección popular) presentarse a la reelección?

La respuesta es simple: porque muy pocos creen que sea verdad. Correa ha dicho demasiadas veces, no solo en esta ocasión, sino en las elecciones de 2009 y 2013, que su deseo es dejar la política e irse a vivir en Bélgica. Es la fábula del pastor y del lobo: una mentira repetida mil veces pierde importancia y se la oye como oír al viento.

Ya se sabe, además, que entre los índices de Correa, el más bajo es el de su credibilidad, incluso entre quienes aprueban su gestión. Y mucho más baja será su credibilidad sobre este tema cuando las alternativas que tiene la desfachatez de poner en la palestra son Lenin Moreno, Jorge Glas y José Serrano, que francamente, y sin faltarles al respeto, serían unos pésimos candidatos y peores presidentes.

El anuncio, sin embargo, ya ha despertado cierta inquietud en las filas correístas y, si llegara a comprobarse, desataría una guerra intestina de proporciones. Por eso, todos estarán a la expectativa de si se concreta o no la famosa transitoria. Como Correa no da puntada sin hilo, las explicaciones pueden ser dos.

Una, la más plausible, es que Correa repita que no quiere ser candidato y que se va a poner la transitoria, solo hasta que se aprueben las enmiendas constitucionales. Aquí el mensaje es a la población en general, para que, desprevenida y creyendo en la buena fe del gobernante, no se sume a las protestas y la Asamblea pueda sesionar tranquila para aprobar el paquete de enmiendas. Por supuesto, no se aprobaría ninguna transitoria, cualquier pretexto será bueno, y quedaría despejado el camino para la reelección inmediata. Apoya esta hipótesis que desde sus propias filas ya hayan han salido a decir que no es posible jurídicamente y que ni la comisión que trata las enmiendas ni la Asamblea puede modificar nada de fondo en las enmiendas enviadas por Correa y santificadas por la Corte Constitucional.

En este caso, Correa se está dirigiendo a la clase media que se desactivó ni bien se activó el Cotopaxi. Tras las emisiones del coloso, la clase media se arrugó,  pensando que en un momento de grave peligro nacional mejor es no hacer bulla y cuidar cada quien lo suyo. Pero la marcha de la semana pasada, básicamente sindical, es el inicio de una nueva ola de protestas, y es allí donde la clase media, sobre todo la de la Sierra, puede hacer la diferencia. Correa apunta a tranquilizarla.

La otra hipótesis es que se trate de un mensaje interno a las distintas corrientes dentro del correísmo, una suerte de amenaza de no continuar para que se unifiquen todos detrás de su figura. Maquiavélico, este anuncio busca exactamente lo contrario de lo que predica: permitir la reelección, uniendo de nuevo al correísmo.

Porque Correa está obligado a mantenerse como candidato hasta el final. Si fuera cierto que no va a ser candidato ––y eso lo decidirá solo en agosto o septiembre del próximo año––, no puede soltar las riendas de su poder anunciando cándidamente con anticipación que se retira, porque permitirá que salgan a flote todas las diferencias que subyacen en esa amalgama de rancia derecha corrupta, izquierda delirante y toda la gama de oportunismos que es el correísmo. Pero no solo eso, sino que perderá poder ya que nadie le verá como el temébum que ha sido hasta hoy. Luego podremos decir que todos eran correístas hasta que no se presentó a las elecciones. Allí comenzará la desbandada.

Y la candidatura no la decidirá Correa porque desee o no ser presidente, obsesivo como es por el poder, sino sopesando las presiones de sus propios seguidores para continuar con el sistema que tan bien les ha sentado en estos nueve años frente a la posibilidad de triunfo.

El gran enemigo de Correa para la reelección va a ser el desempleo, porque es por allí por donde se va a dar el ajuste de la crisis que se viene. La falta de empleo, causa de la desesperación de sectores grandes de la población, va a erosionar la popularidad que aún tiene Correa y le hará muy complicado a él (y mucho más a sus supuestos delfines Moreno, Glas o Serrano) ganar las elecciones.

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