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22 de Enero del 2019
Ideas
Lectura: 7 minutos
22 de Enero del 2019
Fernando López Milán

Catedrático universitario. 

¿Todos somos Martha? ¿Todos somos Diana?
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El individuo autónomo se responsabiliza de las consecuencias de sus actos. El que no lo es, se cobija y anonimiza en la masa para, asumiendo la condición de víctima justiciera, descargar toda la ira, todo el odio que tiene guardado y que, como persona respetable que es, no se atreve a expresar por sí solo si sabe que pueden pillarlo.

En todos nosotros duerme su ligero sueño el impulso a ser masa. A ser parte de un grupo que, movido por las emociones, se sitúa sobre la ley y las normas de convivencia. La masa es la negación de la ciudadanía: asume todos los derechos y no reconoce límites.

En la masa se realiza el ideal de la unanimidad y de la voluntad única. El individuo se disuelve en ella para dar paso a la persona colectiva: abstracta. La masa, cuando se constituye en contra de alguien, asigna a ese alguien el carácter colectivo que ella misma tiene: los protestantes, los sudacas, los varones, los venezolanos: una categoría, no un individuo.

En el totalitarismo soviético, bajo el mandato de Stalin, se enviaba a la cárcel y a los campos de concentración a personas que no habían violado el código penal, pero que pertenecían a ciertas categorías poblacionales que los gobernantes consideraban como enemigas de la revolución: los gitanos, los soldados soviéticos que habían sido hechos prisioneros por las fuerzas enemigas, los miembros históricos del partido comunista. Trump, de su parte, llegó a encerrar durante meses, separándolos a la fuerza de sus padres, a niños pertenecientes a familias de migrantes centroamericanos. Ni los soldados soviéticos ni los gitanos ni los niños habían cometido delito alguno, pero pertenecían a una categoría de personas a las que las autoridades habían, arbitrariamente, declarado fuera de la ley.

Condenamos el crimen atroz contra Martha, pero no todos somos Martha. Ella es una mujer concreta, de 35 años, con una historia personal específica e irrepetible. Y sus violadores son tres individuos concretos, con nombre propio y apellido. También tiene nombre y apellido el asesino de Diana. Y no todos somos Diana, ni todos los venezolanos son culpables de su asesinato.

Entiendo que la frase “Todos somos” pretende expresar sentimientos de solidaridad y empatía. Sin embargo, no hay que perder de vista que para colectivizar la culpa es preciso, primero, colectivizar la ofensa. De este modo, Ibarra y los ibarreños sustituyen a Diana y los venezolanos a Jordy L.

La masa es justiciera y su justicia es expeditiva. Condena y ejecuta el castigo de inmediato. Lincha, quema, lapida, sale de cacería. ¿Por qué lo hace? Porque se siente víctima. Y esto —asume— la convierte en juez de su propia causa. Y, más aún, en verdugo. La masa expropia al Estado la potestad de impartir justicia y, de esta manera, rompe el acuerdo de convivencia que, según los contractualistas, es la base de la sociedad política y del gobierno de la ley.

Cuando la masa domina, el Estado de derecho se derrumba. El crimen abstracto cometido contra la víctima abstracta —la masa—  la purifica y diviniza. Su ira es santa. Y nada puede openérsele.

La turba recorre las calles y plazas y hostales de Ibarra donde pernoctan los migrantes venezolanos. Los desalojan, persiguen y maltratan. No a ese niño de año y medio, ni a esa mujer embarazada, ni a ese joven de 15 años, ni a ese anciano. ¿A quién, entonces? A los venezolanos, que, en virtud de la ceguera selectiva de la masa, han perdido sus atributos personales, sus señas de identidad individual y se han convertido en la representación, en la abstracción, por tanto, del criminal que asesinó a Diana.

Los linchamientos no son extraños en el país. Y en las comunidades campesinas de la Sierra constituyen una institución en el sentido durkhemiano, es decir, una práctica cristalizada contra la cual los distintos gobiernos no han tomado acciones efectivas. La policía y las autoridades, muchas veces, no actúan sino como notarios del crimen. A inicios de enero de este año, los habitantes del barrio Mirador, de la parroquia rural Augusto Martínez, de Tungurahua, quemaron vivo a un adolescente de 16 años, por intentar robar una camioneta, el “crimen” que le costó la vida no fue sino la rotura del vidrio de un auto.

En la ejecución estuvieron presentes inclusive niños. A quienes los adultos, haciendo uso de una pedagogía macabra, les advertían, ante la hoguera, de las consecuencias terribles del robo. Después de nueve horas de negociaciones, los comuneros permitieron el ingreso de la policía para retirar los restos del chico asesinado. Sus asesinos, amparados en su condición de víctimas justicieras, se arrogaron la potestad de imponer condiciones a los funcionarios del Estado.

Los comuneros del Mirador son pobres, son indios, y no han recibido la seguridad necesaria por parte del Estado.  ¿Son, por esto, distintos de los demás ciudadanos ecuatorianos? ¿Son, entonces, una categoría especial de personas, que tienen derecho a tomarse la justicia por mano propia?

Se ha justificado la actuación de los comuneros de Mirador (y de los linchadores de Posorja), arguyendo que esta obedece a la falta de respuesta institucional a las necesidades de seguridad de la población. “Estamos cansados del crimen”, suelen argumentar las gentes que aprueban este tipo de acciones. Argumento que, como es propio de la visión generalizadora de la masa, despoja al crimen o al intento de cometerlo de su carácter específico.

El adolescente fue quemado vivo como representación de todas las personas que cometieron, en la comunidad, algún delito, o una falta que ni siquiera está contemplada en el Código Penal. Cristo, crucificado para limpiar los pecados de toda la humanidad, es el modelo de abstracción de la culpa más famoso que nos ofrece la historia.

Mucho se critica el individualismo que, se afirma, reina en el mundo. Sin embargo, la irrupción cada vez más frecuente de la masa en las sociedades contemporáneas demuestra el fracaso de gran parte de sus ciudadanos en el intento de construirse como individuos autónomos. Capaces, por esta razón, de ver a las demás personas como individuos concretos y no como entidades abstractas o miembros de tal o cual grupo identitario.

El individuo autónomo se responsabiliza de las consecuencias de sus actos. El que no lo es, se cobija y anonimiza en la masa para, asumiendo la condición de víctima justiciera, descargar toda la ira, todo el odio, que tiene guardado y que, como persona respetable que es, no se atreve a expresar por sí solo si sabe que pueden pillarlo.

 

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