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13 de Septiembre del 2017
Ideas
Lectura: 6 minutos
13 de Septiembre del 2017
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

Torpedear la democracia
La democracia se sostiene en la alternabilidad de los gobernantes. La reelección indefinida va en contra del espíritu mismo de la democracia porque, salvo alguna excepción, está destinada a construir, alimentar y sostener el caudillismo y con ello, la impunidad, la intolerancia, el salvajismo político.

La política es tensión y enfrentamientos: fuerzas que se contraponen entre sí porque de por medio siempre se halla en disputa el poder y también su ética. Historia tan antigua como la misma humanidad: dominar, permitir que aparezca el fuerte que se impondrá sobre los reales o supuestamente débiles para avasallarlos y explotarlos. Poder y sometimiento: la dupla que ha movido el engranaje de la humanidad desde sus inicios míticos y reales. La tensión trae consigo la rivalidad porque el poder es la manzana de la discordia que ha movido el tiempo y la historia de la humanidad, desde siempre hasta ahora. Y seguirá igual mientras existan pueblos y naciones, mientras se pretenda imponer el deseo de dominio de unos sobre los otros.

En buena medida, la historia de la humanidad no es otra que la historia del poder, de unos que se apropian del don de mandar y de someter a otros y estos en perenne actitud de rebeldía. Porque tampoco existe poder sin rebeldía, sin confrontación de la otra parte que no se resigna a soportar el peso del dominio del otro. Cuando los griegos se propusieron reducir esta tensión a su mínima expresión, inventaron la democracia.

Pero el espíritu democrático jamás ha sido el plato preferido de esos espíritus mórbidos que se sustentan en el ansia incontrolable de poder, que viven con un hambre insaciable de dominio que ha caracterizado a innumerables gobernantes que, incluso, habiendo partido de la democracia, han hecho lo posible e imposible para apropiarse de la totalidad del poder. Historia de las dictaduras. Sujetos enfermos de poder, corroídos por el ansia de dominio sobre los otros que y que buscaron para sí el poder total para solventar antiguas carencias o esconder experiencias de severas violencias infantiles que marcaron sus vidas. Se puede ir a la historia de las tiranías en la antigua Roma y en Europa hasta el siglo XX.

Porque dominar, sentirse por encima de los otros, poseer la capacidad de convertir al deseo y a la palabra en ley ha sido un acompañante demoníaco del poder incluso cuando posee un origen democrático. El Estado soy yo lo han dicho no solo los emperadores europeos sino también numerosos presidentes latinoamericanos: Maduro, también Correa que ilegítimamente creó para sí la reelección indefinida y que ahora padece un grave síndrome de abstinencia de poder.

La democracia se sostiene en la alternabilidad de los gobernantes. La reelección indefinida va en contra del espíritu mismo de la democracia porque, salvo alguna excepción, está destinada a construir, alimentar y sostener el caudillismo y con ello, la impunidad, la intolerancia, el salvajismo político. De hecho, las reformas que actualmente implementa el presidente Moreno estarían destinadas a minar este espíritu caudillista sembrado en la democracia del país por parte de Correa y los suyos. Los “suyos” son aquellos que se venden en cuerpo y alma al poder para beneficiarse de sus migajas.

Cuando los griegos crearon la semilla de la democracia y la sembraron en su política (en su polis, es decir, en la ciudadanía), pretendieron reducir a su mínima expresión esta tensión del sometimiento y de la sublevación del ser. El poder ya no vendría nunca más ni de dios ni del azul de la sangre heredada, sino de la voluntad y del deseo de cada ciudadano. No es la democracia la que construye equidades sociales, es la equidad la que sostiene la democracia. El poder democrático destruye la cara de la rebeldía, la del sometimiento y de la sublevación. Porque ese es el objeto de la democracia: el reconocimiento del poder de los otros que se ejercita en el sufragio libre.

El ejercicio de la democracia afirma que cada ciudadano posee un territorio simbólico sostenido en adecuadas seguridades personales y sociales. Para el espíritu democrático, el poder no es un fin sino un medio, una estrategia social al servicio de los otros. Este espíritu contradice el hambre insaciable de poder que caracteriza la gula de los tiranos.

Es la capacidad de participación política de los pueblos la que legitima las decisiones gubernamentales y no al revés. Nunca tendrá legitimidad una reelección indefinida dictaminada por una Corte de Justicia o un grupo colegiado y no por el pueblo, tal como hizo Correa. Y no se diga tampoco que, finalmente, es el pueblo quien elige cuando se sabe muy bien que, mientras se cuentan los votos, se va la luz de la verdad y de la honorabilidad.

El tirano nunca consulta al pueblo, y si lo hace utiliza estrategias mañosamente destinadas a que la respuesta corresponda a sus deseos. Los griegos contaban los votos en el ágora, a plena luz del día. No inventaban votos, ni apagaban el sol por un instante para que el pueblo no vea las trampas.

El país quiere una consulta popular porque así el poder político reconocerá sus deseos y los respetará. Así el presidente Moreno legitimará aun más sus propuestas de cambio quizás sobre todo de ruptura con el régimen correísta de las prepotencias y de las corrupciones.

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