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28 de Septiembre del 2021
Ideas
Lectura: 6 minutos
28 de Septiembre del 2021
Fernando López Milán

Catedrático universitario. 

Las trampas de la ideología
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Si se quiere que el país resuelva de manera efectiva sus problemas, es preciso que los actores políticos sigan el camino inverso al que han seguido hasta ahora. Les toca, este momento, sustentar sus decisiones en las condiciones de acción establecidas por los hechos y no en la imaginación ideológica.

Las ideologías han sido un factor de cambio social, pero también de inmovilismo.

            En determinado momento sus seguidores, satisfechos con la visión de la sociedad que tienen, dejan de contrastarla con la realidad y la utilizan como explicación final y solución única de problemas sociales distintos de aquellos a los que su visión se refiere.

Se trata de una visión excesivamente general, cuyo referente se encuentra en el pasado y no en el presente; en los datos históricos y no en los hechos vivos, urgentes. El desconectarse del presente es una tendencia propia de las ideologías.

Las ideologías encierran, como señala Hannah Arendt, una pretensión totalitaria: ser la explicación total y definitiva del mundo. Es muy difícil, por eso, que estas se renueven de acuerdo con las nuevas características de la realidad social y política.

Suele tenerse por positivo el llamado “voto ideológico”, propio de democracias consolidadas, en las que en la contienda electoral el votante se pronuncia a favor de unos valores y un plan de gobierno acorde con ellos, y no a favor de una persona. El voto ideológico, en este sentido, es una protección contra el caudillismo y el personalismo.

El problema del voto ideológico se presenta cuando la ideología no se ha actualizado y la propuesta de acción política en la que se concreta deja de referirse a la realidad.

La ideología política es una combinación de valores y conocimiento. Pero el conocimiento nuevo, que debe servir para la revisión de los valores y las propuestas de acción, pocas veces es tomado en cuenta por los ideólogos y los militantes, quienes por lo general se niegan a contrastar los principios ideológicos y los lineamientos programáticos con los hechos.

Si se quiere que el país resuelva de manera efectiva sus problemas, es preciso que los actores políticos sigan el camino inverso al que han seguido hasta ahora. Les toca, este momento, sustentar sus decisiones en las condiciones de acción establecidas por los hechos y no en la imaginación ideológica

Cierto es que los principios de una ideología tienen una perspectiva de largo plazo y algunos, los que constituyen el núcleo ideológico, son permanentes. Pero, si se quiere que una ideología sea eficaz como mecanismo de acción y cambio social, es preciso que el plan de acción para realizar los principios se adapte a las circunstancias sociales, políticas y económicas vigentes. Los mismos principios deben revisarse de acuerdo con ellas.

No obstante, la adecuación de los programas de acción de las organizaciones políticas a la realidad es poco frecuente debido a las tendencias totalitarias de las ideologías de las que hablaba Hannah Arendt.

Las explicaciones totales que ofrecen las ideologías generan un doble efecto en sus seguidores: sensación de seguridad y resistencia al cambio. El afán de seguridad conduce al dogmatismo y este al despotismo intelectual y político. La invariabilidad programática contribuye a la perennización de las dirigencias políticas. Y la resistencia al conocimiento nuevo lleva a la radicalización. Radicalización que, a su vez, implica la imposición de la abstracción a la concreción y de la atemporalidad de los principios a la temporalidad del conocimiento.

La acción radical carece de referentes reales. Los que tiene son puramente simbólicos. Parte de la realidad teorizada o imaginada y no de los hechos. A causa de su falta de referentes objetivos, la acción política radical crea nuevos problemas y no resuelve ninguno. Y sus ejecutores, alejándose de los hechos, se alejan de las personas que los producen y padecen.

Pese a esto, los ideólogos y sus corifeos actúan como si las ideologías que defienden y las líneas de acción que proponen fueran representativas de algo más que de pequeños grupos organizados. Grupos que se han atribuido la representación de distintos sectores de la sociedad o de la sociedad entera sin que medie nada más que su propia voluntad de representación.

“Hablar en nombre de”, sin que aquellos en cuyo nombre hablan lo hayan decidido o estén de acuerdo con las posiciones de dichos grupos, es la justificación de su existencia, su manera de legitimarse y de dar peso político a sus ideas.

Si se quiere que el país resuelva de manera efectiva sus problemas es preciso que los actores políticos sigan el camino inverso al que han seguido hasta ahora. Les toca, este momento, sustentar sus decisiones en las condiciones de acción establecidas por los hechos, y no en la imaginación ideológica. Esa que pretende forzar la realidad para encajarla en los moldes invariables de la ideología.

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