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23 de Julio del 2018
Ideas
Lectura: 7 minutos
23 de Julio del 2018
Tres tesis sobre el des-orden mundial
El acceso de Donald Trump a la Casa Blanca no hubiese sido posible sin el respaldo del supremacismo blanco de los WASP (white anglo-saxon protestants: anglosajones blancos protestantes). El colapso del «estado de bienestar» en Europa occidental, la islamofobia que alimenta las políticas anti-inmigrante en el eje atlántico y el avance de los partidos políticos ultra-nacionalistas, son síntomas de este proyecto supremacista que reconfigura el mundo. Por lo tanto, el deterioro de la «democracia liberal» no es un asunto pasajero, sino el costo político que la burguesía global está dispuesta a pagar para mantener sus privilegios.

“La arquitectura del mundo está cambiando ante nuestros propios ojos”, dijo Donald Tusk, Presidente del Consejo Europeo, al finalizar la cumbre China-Unión Europea, el 16 de julio de 2018. Días antes, Donald Trump había despreciado la importancia de la alianza transatlántica en plena cumbre de la OTAN, para luego reunirse en Helsinki con el presidente ruso, Wladimir Putin, con quien tuvo gestos de cordialidad que han escandalizado a ciertas élites norteamericanas.

¿Qué esta pasando en el mundo? La respuesta es compleja y cualquier intento por contestarla es necesariamente parcial. A riesgo de simplificar la enorme diversidad de criterios que existen al respecto es posible identificar tres tesis desde las que se está interpretando el actual des-orden mundial. Pensadas como claves interpretativas, estas tesis pueden servir para posicionarse frente a los acontecimientos que impactan en la región y  en nuestras vidas.

La primera es la tesis apocalíptica. Sus defensores sostiene que el «orden liberal occidental» construido en torno al liderazgo de EE.UU., tras la II Guerra Mundial (IIGM), está en crisis. Este «internacionalismo liberal» se caracteriza por cuatro patrones de interacción: el «dólar» como principal divisa internacional y torrente sanguíneo de los centros financieros, el «libre comercio» como práctica y doctrina económica, la «seguridad colectiva» como mecanismo de paz institucionalizado en el Consejo de Seguridad de la ONU; y, finalmente, la «democracia representativa» como forma de organización política.

Para los apocalípticos el mundo experimenta una transición de un «orden-basado en reglas» (vínculos horizontales) a un «orden-basado-en-relaciones» (vínculos verticales y jerárquicos), de ahí su nostálgico discurso que denuncia el caótico des-orden actual. Esta tesis es replicada por los principales think tanks del mundo anglosajón (por ejemplo: CFR, Chatham House) y reproducida pertinazmente por los medios de información más potentes de Occidente. Para los promotores de esta tesis Trump, Putin, Ji Xiping y, en general, todo régimen «populista», son una especie de «cuatro jinetes del apocalipsis» y promotores directos del caos global.

Desde esta óptica el ascenso de China y Rusia amenaza los «valores occidentales». Sus regímenes totalitarios alientan las fuerzas nacionalistas y ponen en peligro los “avances” logrados por la globalización de la economía de libre mercado. Por eso Trump es visto como la mayor amenaza, como “un enemigo en casa” o “un elefante dentro de una cristalería” que —según los apocalípticos— es torpe, impulsivo y cabalga hacia el desastre.

La segunda es la tesis revisionista. Quienes la postulan consideran que tal «orden liberal» es un mito. No fue el liderazgo de EE.UU. el factor que promovió un orden internacional con relativa paz durante los últimos 70 años, sino el peligroso equilibrio de poder entre la Unión Soviética y los EE.UU. Ese orden alcanzado durante la «Guerra Fría» sucumbió tras la caída del Muro de Berlín —en 1989— y la implosión del bloque socialista soviético. Entonces el mundo occidental vivió un «momento de unipolarismo» con la efímera preeminencia de EE.UU. como superpotencia.

A diferencia de los apocalípticos, los revisionistas reconocen que la redistribución de poder a nivel global es inobjetable. Para ellos es previsible que los poderes emergentes procuren renegociar las «reglas de juego» del sistema internacional, activando fuerzas centrífugas que alteran las alianzas regionales y exigen nuevos alineamientos. Ni China, ni Rusia cuestionan la naturaleza del sistema internacional; lo que buscan es reconfigurar la arquitectura política y económica en lo que consideran sus «zonas de influencia» ante el franco declive de EE.UU.

En este escenario, la política exterior de Trump intenta reacomodar las fichas del tablero geopolítico según sus intereses. El propio Henry Kissinger sugiere optar por un nuevo orden bipolar entre China y EE.UU. Pero cada paso que da EE.UU. provoca movimientos tectónicos que resquebrajan viejos compromisos y atizan nuevos conflictos. Sin embargo, por la supremacía militar norteamericana y el poderío económico chino hay quienes hablan de una «bipolaridad asimétrica» (Stuenkel 2016) que produce una constelación política inusual y peligrosa.

Finalmente, está la tesis crítica. Se enfoca más en las relaciones sociales que en las estructuras estatales que las condensan. Explica la política mundial a partir de las lógicas de carácter socio-económico por ser la base material de reproducción de la vida humana. Su diagnóstico es que el «capitalismo global» despertó nuevas dinámicas políticas, pasando de un proyecto hegemónico a un «proyecto supremacista» (Gill 1995). Este cambio no es menor. Implica el retorno de fuerzas ultra-conservadoras con prácticas fascistas, para garantizar que la acumulación intensiva de riqueza en pocas manos no sea amenazada por los desposeídos.

El acceso de Donald Trump a la Casa Blanca no hubiese sido posible sin el respaldo del supremacismo blanco de los WASP (white anglo-saxon protestants: anglosajones blancos protestantes). El colapso del «estado de bienestar» en Europa occidental, la islamofobia que alimenta las políticas anti-inmigrante en el eje atlántico y el avance de los partidos políticos ultra-nacionalistas, son síntomas de este proyecto supremacista que reconfigura el mundo. Por lo tanto, el deterioro de la «democracia liberal» no es un asunto pasajero, sino el costo político que la burguesía global está dispuesta a pagar para mantener sus privilegios.

Desde esta perspectiva, regímenes totalitarios como los de China, Rusia, Turquía o Filipinas, son parte del nuevo ecosistema político en el que emergen «órdenes crimilegales» que coptan la estructura estatal. La expansión del ciberespacio y los avances de la Inteligencia Artificial facilitan el control social sobre la ciudadanía a niveles insospechados, controlando sus mentes y modelando subjetividades desde la infancia. Pero también hay fuerzas que resisten estas tendencias y en ellas radica las múltiples posibilidades de un futuro post-capitalista.

¿Cuál de estas tesis explica mejor el actual des-orden mundial? Usted tiene la palabra.

[PANAL DE IDEAS]

Rodrigo Tenorio Ambrossi
Alexis Oviedo
Hugo Cahueñas Muñoz
Gabriel Hidalgo Andrade
Fernando López Milán
Consuelo Albornoz Tinajero
Oswaldo Toscano
Patricio Moncayo
Carlos Rivera

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