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29 de Julio del 2019
Ideas
Lectura: 5 minutos
29 de Julio del 2019
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

Tuárez y sus mentiras
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Tuárez se defiende: el Señor lo ha iluminado, y él no ha hecho otra cosa que obedecerá a ese llamamiento a formar parte de las lides políticas imitando a aquellos que la convierten en mazapán para construir la colección de sus ídolos.

Ahora Dios le envía mensajes, como a los antiguos profetas, mientras duerme. Ya no es tan solo el elegido para el Consejo de Participación Ciudadana y Control Social. Es su presidente. Y de pronto caen los velos y aparece lo que astutamente ha ocultado: se trata de un religioso dominico que, para candidatizarse, burló fundamentales requisitos institucionales y éticos. 

Primero el no haber comunicado que es sacerdote activo, miembro de una importante comunidad religiosa, la dominicana. Segundo que no contaba con los permisos reglamentarios de sus superiores. Su silencio le permitió omitir ciertos requisitos exigidos por la ley. ¿Con la complicidad, acaso, de ciertos personajes adscritos a lo perverso del correísmo? Es posible. 

Para la comunidad dominica, su caso constituye una suerte de misterio porque todo sucedió sorpresivamente y, desde luego a sus espaldas. El compañero de labores religiosas y sociales, de pronto, deja caer sus máscaras y aparece en toda su dimensión de lo ilógico, lo incomprensible y de lo atentatorio a los ordenamientos religiosos que solemnemente juró respetar. 

Aparece un sujeto distinto al que habían conocido, un ser radicalmente opuesto al hermano de ruta religiosa y compañero de labores. Del altar en el que, convencido, oficiaba lo religioso, de pronto aparece en la tarima de lo político predicando engaños. De la pobreza vivida como virtud y como parte ceremonial de la existencia religiosa, pasa a formar parte de los grupos que, sin poseer grandes fortunas, tiene bastante bien asegurada la existencia. ¿Cómo así?

A los compañeros de trabajo religioso les ha movido el piso. No, por cierto, el de sus fidelidades a lo religioso, sino el de la confianza en la palabra de alguien que ha vivido con ellos el complejo proceso de ser religioso y sacerdote dominicano. De pronto, casi de la nada, surge su antítesis. No, no es un Lutero el liberador de la fe y de la doctrina. Tuárez es su antítesis. Lo mejor que puede mostrar de sí es su ambición de poder y su afición a la dolce vita

Antes citaba el evangelio. Ahora no logra ocultar el cordón umbilical que le une a Correa, el sabio y santo, padre de la mayor corrupción que conoce la historia del país.

Tuárez se defiende: el Señor lo ha iluminado, y él no ha hecho otra cosa que obedecerá a ese llamamiento a formar parte de las lides políticas imitando a aquellos que la convierten en mazapán para construir la colección de sus ídolos. 

Antes fungía como de una suerte de mediador entre lo divino y lo humano. No hablaba a nombre propio­, sino que lo hacía desde un lugar privilegiado de la representación religiosa. Hoy dice que representa a los ciudadanos de a pie, a los perseguidos por pertenecer a AP. También se ha apropiado del privilegio de hablar a nombre de un líder huido de la justicia y escondido en Europa. Él será su nuevo profeta que preparará su triunfal retorno.

Antes hizo voto de pobreza. Ahora nadie sabe qué milagros hizo para multiplicar por mucho el poco dinero que como religioso con voto de pobreza podía manejar. Ahora aparece como quien con el sudor de su frente durante todos estos años de sus engaños ha labrado una buena fortuna. Vale preguntarse: si ha sido capaz de afirmar que su pequeña fortuna asciende a algunos cientos de miles. ¿Cómo no pensar que tras bastidores podrían estar ocultos otros bienes? Cierta hipocresía se le cuela entre las palabras. 

Antes citaba el evangelio. Ahora no logra ocultar el cordón umbilical que le une a Correa, el sabio y santo, padre de la mayor corrupción que conoce la historia del país. Por eso ya sueña con una constituyente que restituya en todo su esplendor el corrupto correato del que se dice ser fiel servidor.

Del buey manso, líbrame Dios, que del bravo me libro yo.

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