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15 de Mayo del 2020
Ideas
Lectura: 11 minutos
15 de Mayo del 2020
Wladimir Sierra

Sociólogo y catedrático universitario

U-DIS-TOPOS: acerca de la historicidad acumulada
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Someter a escrutinio de conciencia, si se quiere, el entramado que de modo automático tejían todas nuestras actividades diarias, es quizás una de las sorpresas más reconfortantes que se desprenden del confinamiento. Pensarlas, desde cierta distancia, y buscar en todo este aletargamiento el sentido o no de su acaecer, es algo que nos ocupa sobre manera en estos largos y preocupantes días de incierta espera.

En las primeras semanas del confinamiento y luego con relativa periodicidad, hemos visto con asombro, en los medios de comunicación tradicionales y en las redes sociales, cómo en poco tiempo, sin nosotros abarrotando los espacios públicos, la naturaleza tomó cierto respiro. La presencia de animales deambulando por ciudades desoladas, la majestuosidad de las montañas mostrándose después de mucho tiempo de encontrarse escondidas tras el smog, el nítido canto de los pájaros que sorpresivamente nos acompaña en las mañanas; y, sobre todo, el cambio sustancial en el aire que respiramos en los grandes centros urbanos, nos recuerda, con desazón, la presión que la civilización industrial ejerce sobre el ser natural y, con perplejidad, cuán rápido puede darse su descompresión, su restauración.

Pero la desaceleración y hasta el detenimiento de nuestra movilidad social también produjo cambios sustanciales en los paisajes urbanos. Calles totalmente vaciadas de autos, autopistas desiertas, centros comerciales abandonados, parques cerrados, escenarios deportivos silenciados, centros académicos despoblados. Posiblemente fue esto, al inicio, lo que llamó más nuestra atención, inclusive más que el repentino y asombroso retorno de lo natural. El esporádico transitar que nos está permitido a los ciudadanos por las urbes, para tratar cubrir las necesidades básicas, se da en una extraña e incómoda tranquilidad, en medio de tanta inmovilidad, rodeados de tanto silencio.

Empero, el violento frenazo al que nos obligó de un día a otro la pandemia se siente con mayor claridad y cercanía en los hábitos que articulan nuestra vida cotidiana. Las rutinas diarias sufrieron, de un momento a otro, una drástica disminución de su frenético tempo. El no tener que desplazarnos sino para lo necesario, el abandono de las jornadas laborales y de las obligaciones ciudadanas, la disminución de las exigencias familiares y sociales, nos otorgaron unos buenos periodos de descanso, de sosiego, de pausa exigida; y, con ellos, vino el espacio para la reflexión. Finalmente logramos tener algún tiempo para preguntarnos sobre nuestra existencia, sobre el sentido de nuestra vida personal, sobre las razones de nuestros compromisos sociales. Someter a escrutinio de conciencia, si se quiere, el entramado que de modo automático tejían todas nuestras actividades diarias, es quizás una de las sorpresas más reconfortantes que se desprenden del confinamiento. Pensarlas, desde cierta distancia, y buscar en todo este aletargamiento el sentido o no de su acaecer, es algo que nos ocupa sobre manera en estos largos y preocupantes días de incierta espera.

Fue ese tiempo de quietud y de ensimismamiento, lo que a muchos les llevó a ratificar la insustancialidad de muchas de las actividades que entretejen la vida contemporánea. A evidenciar que para la sana reproducción de la existencia no se requiere de las numerosas diligencias que como autómatas las realizamos en el día a día.

Quizás, fue ese tiempo de quietud y de ensimismamiento, lo que a muchos les llevó a ratificar la insustancialidad de muchas de las actividades que entretejen la vida contemporánea. A evidenciar que para la sana reproducción de la existencia no se requiere de las numerosas diligencias que como autómatas las realizamos en el día a día. Nos condujo a considerar otras posibilidades de socialización, unas que nos liberasen de todas esas sobre-ocupaciones irrelevantes e incluso nocivas para nuestra vida. Quedó evidente que nos desplazamos mucho, que corremos de aquí para allá sin sentido alguno, que sobrecargamos nuestro cuerpo físico hasta la extenuación, que maltratamos nuestras potencialidades psíquicas sin darles respiro, que hemos perdido la costumbre de preocuparnos por nosotros, de cuidarnos. Pero, que pese a todo es posible vivir sin esas desproporciones, de vivir diferente, quizás de existir mucho más felices. El confinamiento, a pulso de exigencia, nos ha mostrado la posibilidad real de habitar otra sociedad.

Una desaceleración de los ritmos de la vida, por supuesto, es posible. Una contracción de nuestras diligencias no solo es alcanzable, sino también deseable. Un mundo más lento, más relajado, más pausado, se muestra viable, pero sobre todo anhelable. Experimentamos desconcertados sus beneficios y nos arriesgamos a especular que no estaría del todo mal recuperar esos ritmos aletargados. Una existencia con el tempo y con los requerimientos de nuestras cadencias biológicas, determinada por las consonancias de nuestras necesidades psíquicas.

Y, sí, posiblemente esta sensación de innegable sosiego, de cierto momento para la pausa y el descanso, es lo mejor que trajo la pandemia. Habernos obligado a intuirnos distintos, a sentirnos diferentes, a querernos mucho más existiendo de otra manera, es algo que en este infortunio no lo habíamos esperado.

La U-TOPIA en la gravedad de los tiempos se transformó en TOPOS posible.

Pero ese mismo estiramiento del tiempo, ese que nos permite transitar tan despreocupados como asombrados por las calles casi vacías y de aire limpio, ese cronos nos lanza irremediablemente a otras cavilaciones y constataciones. Nos vuelve incuestionable que todos esos espacios artificiales que hemos creado -centros comerciales, avenidas, parques, edificios, escenarios deportivos, campus educativos, salas de cines, etc., se muestran, en esta época, inservibles, vaciados de substancia, des-subjetivados, carentes de contenido social. Pues, su sentido, su espiritualidad, su razón de ser, están dados por la multitud, por el dinamismo, por el frenesí y la aceleración de los miles de seres humanos que los recorren diaria e incesantemente. Fuera de esa circulación infinita y desproporcionada pierden toda semántica, se vuelven estorbos, mamotretos inútiles de cemento, invalidando incluso su función última: la decorativa. Transitar las ciudades por fuera de esa sustancialidad propia de la urbanidad contemporánea, es devastador, desolador; porque implica, lamentablemente, peregrinar por un desierto de sentido, por un laberinto de soledad infinita.

La portentosa materialidad artificial que soportan las ciudades modernas, esa sobreabundancia de lo transformado, de lo performado, no se dio de una vez y para siempre. Tiene infinidad de pisos, vericuetos y callejones sin salida, cada uno de los cuales albergan muchas historias, muchas proyecciones civilizatorias; es el resultado de millones de años de intervención e insistencia humana por construir su proximidad, por cincelar complejamente sus mundos. Su pesada y abarrotada monumentalidad, la de las ciudades contemporáneas, es tal porque pesados y abarrotados fueron también los procesos de su construcción. En ellos se concentran, de modo protéico, las más nobles aspiraciones, así como las más perversas aberraciones, que nuestros antepasados y nosotros hemos tenido. Ahí están contenidos en piedra nuestros triunfos y frustraciones. En esa sórdida materialidad está grabada indeleblemente lo que fuimos, lo que somos y lo que aspiramos a ser. Pero también, están ahí, los múltiples retazos de aquello que quisimos, pero nunca llegamos a ser.

Soñar, entonces, en una sociedad distinta, impulsados por lo que hemos experimentado en estos últimos meses es poner en cuestión ese acumulado material. Las avenidas no son posibles sin los frenéticos conductores de sus autos, los estadios no son pensables sin las multitudinarias hinchadas, las universidades no están desligadas de sus millares de estudiantes…. las ciudades no son sin sus variopintos habitantes. Y así, las autopistas, los aeropuertos, los edificios, los parques, los metros, los barcos y los trenes…. no son sin nosotros. Una sociedad distinta que nos provea de los últimos beneficios que con fascinación hemos experimentado, requiere desmontar la infraestructura construida. Aquella que fue pensada para las multitudes, para el frenesí y la aceleración de la vida moderna, para la psicodelia desbordante de la existencia híper-moderna. De lo contrario nos tocaría habitarla tal cual está, pero desde otros requerimientos. Refuncionalizarla, para decirlo en otras palabras.

Y quizás fuera posible hacerlo. Han existido y siguen existiendo experiencias históricas de ese tipo. Experiencias que se asientan en la aberración deformante de lo material existente para que admita el acoplamiento de otras subjetividades. Empero, hay un último problema que deberíamos resolver.

Someter a escrutinio de conciencia, si se quiere, el entramado que de modo automático tejían todas nuestras actividades diarias, es quizás una de las sorpresas más reconfortantes que se desprenden del confinamiento. 

Nuestro cuerpo, nuestras ritualidades más íntimas, nuestros modos de actuar, sentir y pensar, están constituidos indisolublemente con esa materialidad simbolizada. Estamos imbricados intrínsecamente con ese acumulado, con esas desproporciones, con cada uno de sus pisos, de sus recovecos, de sus callejones sin salida, con su monstruosa artificialidad… somos ella, fuimos cincelados por ella. En realidad, ella es simplemente nuestra exterioridad, nuestro mejor espejo. Ahí nos vemos, nos reconstruimos y legitimamos todos los días. Y es probable que por eso mismo ahora nos extrañemos, nos alejemos de lo que somos y pretendamos experimentarnos como diferentes. El peso de ese amontonamiento cultural, que lo llevamos en todo nuestro ser, es irreversible. El tiempo histórico, en mayúsculas, no se curva hacia atrás, no se invierte. El acumulado civilizatorio que, por ser múltiple y discontinuo, es justamente acumulado, no tiene retorno posible, no es desmontable, no es desarmable, no es recuperable. Categóricamente, no somos refuncionalizables.

La sociedad imaginada que, en estos aciagos días, nos hace anhelar la pandemia, aquella que hoy se muestra como un futuro realmente posible, como un lugar cierto en un mañana alcanzable, es la contradictoria forma que tenemos para mirar, por refracción, lo que en verdad somos; para observar, por inversión, aquel mal lugar en el que estamos, para renegar de aquella realidad que representamos.
Ese U-TOPOS es la única forma que tenemos de observarnos en lo que somos, en nuestro DIS-TOPOS.

[PANAL DE IDEAS]

Mauricio Alarcón Salvador
Gabriel Hidalgo Andrade
Paolo Vega López
Carlos Rivera
Aparicio Caicedo
Giovanni Carrión Cevallos
Carlos Arcos Cabrera
Fernando López Milán
Patricio Moncayo

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