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9 de Mayo del 2016
Ideas
Lectura: 11 minutos
9 de Mayo del 2016
Patricio Moncayo

PhD. Sociólogo. Catedratico universitario y autor de numerosos estudios políticos.

“Un gobierno que camina para atrás”
El presidente confunde política con policía, desde luego con la “alta” policía. Lamentablemente es con este enfoque que el presidente encara la tarea de la reconstrucción de las zonas devastadas por el terremoto. La solidaridad, entiende, sólo puede ser vertical y no horizontal.

Ningún gobierno, y peor uno que se definió como revolucionario, puede dejarse vencer por las circunstancias. El caso del gobierno del presidente Correa lamentablemente muestra el desfase entre el proyecto con el que inició su gestión y los resultados alcanzados. Hubo una gran distancia entre su discurso, cargado de ideología, y una práctica que le asemeja más al populismo. Sabido es que en éste predomina la política sobre la técnica; el manejo político de la economía produce efectos negativos para ésta. La riqueza del petróleo fue administrada políticamente. El estado se convirtió en un bastión de un partido político, lo cual desvirtuó su naturaleza.

Los resultados económicos de tal gestión no arrojan cambios estructurales: la economía sigue dependiendo del petróleo; no cambió el modelo de acumulación, más bien grandes grupos económicos se beneficiaron de la política económica del régimen. El nivel de endeudamiento externo es muy alto, y hasta ahora no se sabe con certeza a cuánto asciende, ni en qué términos se otorgaron los créditos de China. No ha habido una política a favor de la industrialización. El incremento del desempleo no ha parado, por tanto la reducción de la pobreza es relativa y no sustentable.

La estructura de poder no puede decirse que ha cambiado. En cuanto al estado se le ha  privado de autonomía; el Banco Central es un ejemplo; expertos como el ex ministro Mauricio Pozo lamentan la ausencia de un “tercero confiable”, “aquel que actúa no como sector privado pero tampoco como gobierno, y que técnicamente observa y evalúa, y controla la estabilidad macroeconómica”. O sea, la llamada “autonomía relativa del estado”, otrora destacada en los estudios académicos sobre el estado, no existe. De ahí que, en rigor, no cabe hablar de un fortalecimiento del estado, sino de un cercenamiento de  su funcionamiento como una “macroorganización” con una variedad de cabezas directivas e independientes del gobierno de turno. A todas estas cabezas se les ha puesto bajo el mando de una sola: el presidente de la República. El estado, por tanto, se ha vuelto una dependencia más del Ejecutivo; es decir, ha perdido su condición de tal.

A esto se suma la falta de previsión; en el pasado era el ente planificador el que daba la alerta de la situación económica que se venía, como ocurrió al regreso a la democracia en el gobierno de Jaime Roldós. El presidente Roldós sí tomó en cuenta la advertencia del organismo técnico de planificación de entonces. Hoy no se conoce cuál fue el papel de la Senplades antes de que adviniera la crisis. Lo cierto es que, cuando aun no se producía el derrumbe del precio del petróleo en el mercado internacional y de la apreciación del dólar, ya hubo manifestaciones de un deterioro de la economía. Esto último lo afirma Eduardo Valencia, ex presidente de la Corporación Financiera Nacional en entrevista en Radio Democracia.

O sea, el Gobierno no estuvo preparado para enfrentar las adversidades de orden externo, lo cual lo dejó a merced de tales circunstancias. Y claro, el presidente echó la culpa a esos factores y eludió la responsabilidad que recaía sobre sus hombros. Los giros de la política económica del Gobierno, entonces, no son fruto de una programación previa, sino de reacciones puntuales a los efectos de esas circunstancias. Estas reacciones, por otro lado, pecan de inoportunas, “se aumentan impuestos en recesión económica”; el ex ministro Pozo afirma que “cualquier decisión de política económica debe tener tres características: profundidad, dirección y oportunidad” , lo cual no cumplen las medidas tomadas por el Gobierno. 

En el campo político el presidente se alejó del enfoque programático inicial y se cobijó en prácticas populistas. En la entrevista radial citada, el economista Valencia dio lectura a fragmentos de la Enciclopedia Política del ex presidente Rodrigo Borja sobre el populismo; Valencia infirió la relación de esa caracterización con la figura de Correa. En esos fragmentos, Borja caracteriza al populismo como un estilo político que no llega a ser ideológico, que apela a las masas “sin brújula doctrinal”, llevando a éstas a “defender posiciones objetivamente opuestas a su intereses”. Podría, entonces, sostenerse que el populismo es una suerte de desviación de una plataforma ideológica de izquierda cuando la práctica de gobierno se ve entrampada por el corto plazo, cuando los cambios estructurales requieren capacidades de gobierno que no existen y cuando, por consiguiente, los gobernantes se valen de mecanismos clientelares para complacer así sea momentáneamente a los desposeídos, mediante un gasto público orientado hacia las necesidades básicas de la población, pero sin soporte técnico de mediano y largo plazo. Por eso se puede hablar, de “providencialismo y demagogia”.

Sin embargo, cuando sobreviene la crisis económica el populismo practicado por Correa se quedó sin piso. No se puede administrar políticamente la escasez; hace falta valerse de la técnica, pero ello comporta un costo político que el presidente Correa se niega a asumir en vísperas de las elecciones del próximo año. Prefiere dejar al próximo gobierno la ingrata tarea del ajuste, para que la población le recuerde como el redentor de los pobres. 

La propia “sabatina” en estas condiciones pierde sentido, por eso es que hasta el mismo presidente se ha visto obligado a darle otro giro. No obstante, sigue la campaña mediática con relación a la obra del gobierno en las zonas más afectadas por el desastre natural para que él se lleve todo el crédito de la “reconstrucción”. 

Junto con estos avatares de su administración, el presidente Correa enfrenta la arremetida de un movimiento ciudadano, inorgánico pero pujante; los partidos políticos, otrora denostados por  Correa, hoy son reivindicados por él cuando siente que en la sociedad su discurso ya no cala, y que hasta los grupos que fueron beneficiados con su política clientelar creen cada vez menos en su palabra por el encarecimiento del costo de la vida, los despidos en las empresas, el atraco a la seguridad social. En El Vaticano en un acto académico realizado poco antes del terremoto el presidente sostuvo que le preocupa “cuando se quiere reemplazar al Estado y a la política con una definición ambigua de la sociedad civil. En este mundo en que vivimos hay cerveza sin alcohol, tabaco sin nicotina, café sin cafeína, y quieren tener política sin políticos (…) para mí no hay nada más peligroso para la democracia que actores políticos sin responsabilidad política y es de las cosas que está sufriendo América Latina” .

Siguiendo a Jacques Ranciere, filósofo francés en El desacuerdo, política y filosofía, es frecuente confundir “política” con “policía”. Lo explica: “la actividad política es la que desplaza a un cuerpo del lugar que le estaba asignado o cambia el destino de un lugar; hace ver lo que no tenía razón para ser visto, hace escuchar como discurso lo que no era escuchado más que como ruido”. Pongamos un ejemplo: cuando Fundamedios fue acusado de desacatar el Decreto 16 que prohíbe a las organizaciones sociales inmiscuirse en la política se le estaba impidiendo “desplazarse” del lugar que la Secom le había asignado y así impedirle que muestre a la ciudadanía lo que “no había razón para ser visto”. 

¿Qué es la policía? Según Ranciere policía es el orden establecido. Por ejemplo, el lugar que en ese orden son ubicadas las mujeres, los obreros, los políticos, los intelectuales, los periodistas, los ciudadanos y sus representaciones; ocupan espacios que no pueden ser modificados, ese es el rol de la policía. La segmentación  del cuerpo social  lo fija la policía, mientras que  “la baja policía no es más que una forma particular de un orden más general que dispone lo sensible en lo cual los cuerpos se  distribuyen en comunidad”.

Creo, por tanto, que el presidente confunde política con policía, desde luego con la “alta” policía. Lamentablemente es con este enfoque que el presidente encara la tarea de la reconstrucción de las zonas devastadas por el terremoto. La solidaridad, entiende, sólo puede ser vertical y no horizontal. Todo lo que provenga de la sociedad civil vale menos que lo suministrado por el estado. El Gobierno quiere nuevamente administrar políticamente los recursos obtenidos de distintas fuentes  para la reconstrucción y de paso utilizar parte de ellos para cubrir el déficit fiscal. Hay en ello también un cálculo político electoral.

Al divorcio entre la teoría y la práctica se suma, entonces, el que se ha colado en la propia teoría. En el terreno de la práctica el Gobierno, aunque no abandona por completo la ideología-después de todo fue ella la que le encumbró a las alturas-ha cambiado sus prioridades: las políticas de igualdad y redistribución de la riqueza han cedido lugar a las pensadas para recaudar recursos que reduzcan la iliquidez de la caja fiscal; por ello ex colaboradores suyos le tachan de “neoliberal”. En el terreno de la teoría la “revolución” se ha trocado “en la representación institucionalizada de la sociedad” aunque ella haya perdido legitimidad social y rumbo. El contexto situacional ha sobrepasado sus capacidades.

[PANAL DE IDEAS]

Francisco Chamorro
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