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19 de Abril del 2020
Ideas
Lectura: 6 minutos
19 de Abril del 2020
Carlos Rivera

Economista, catedrático de la Universidad de Cuenca. 

Un golpe de timón completo
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Hay que recordar que en economía “no hay almuerzo gratis” y que más temprano que tarde, nos tocaba pagar la factura de la farra correista y claro está, nos tocó pagar en el peor de los mundos.

La situación que vive el mundo entero es el riesgo más grande en décadas. No estamos hablando solo del tiempo, sino de la imprevisibilidad de los resultados que ya todos estamos seguros que no será solamente una sacudida, sino una mega contracción global, como resultado del parálisis del grueso del comercio global y una mayoría absoluta de la población encerrada en las casas. Lo único que falta por dilucidar es cuántos puntos del PIB veremos caer al final del 2020, y con ello cuántos más desempleados, pobres y pobres extremos tendremos en el mundo. 

Lo que está absolutamente claro también es que los países que tienen espacio fiscal y monetario para hacer políticas expansivas lo están haciendo, y sin límite. Al final sabemos que en crisis todos somos un poco keynesianos. Además que, después de la crisis del 2008, todos aprendimos a repensar la macroeconomía y dejar un poco de lado la estricta ortodoxia económica. Recomiendo revisar los trabajos presentados en la conferencia del FMI de 2016: Macroeconomics After the Great Recession

Al Ecuador, de su parte —un alcohólico monetario y fiscal contumaz hasta 1999 y recontra drogadicto fiscal desde 2007— lamentablemente le es imposible darse esos lujos y le toca hasta nadar contra corriente y subir impuestos en medio de la contracción de  la demanda más grande desde 1999. Pero hay que recordar que en economía “no hay almuerzo gratis” y que más temprano que tarde, nos tocaba pagar la factura de la farra correista y claro está, nos tocó pagar en el peor de los mundos.

Los políticos y los economistas se han encargado ya de dar sus recetas, y esperando que se queden en cuarentena de por vida desde luego, esas ideas tóxicas del default, de nuevas restricciones a las importaciones y subir el ISD, nacionalización de empresas estratégicas, así como el déficit en cero por el otro lado de la orilla, creo que el corto plazo más o menos esta jugado con lo que nos ha propuesto el gobierno y no hay mucho más que discutir, más allá de la falta de mayor creatividad en la propuesta gubernamental.

Como decía el ex presidente español Felipe González en medio de la crisis de 1992: “lo difícil no es que un analista te dé la receta económica correcta para la crisis, lo realmente difícil es saber cuál es el analista de todos los que tienes que te está dando esa receta correcta”

Pero bueno, como decía el ex presidente español Felipe González en medio de la crisis de 1992: “lo difícil no es que un analista te dé la receta económica correcta para la crisis, lo realmente difícil es saber cuál es el analista de todos los que tienes que te está dando esa receta correcta”.    

Lo peor es que no sé si alcance lo que se espera recaudar para hacer frente a los escenarios catastróficos del 2020. También estamos muy mal cuando planteamos muy literalmente esa falsa dicotomía de “la economía o el COVID 19”. Si lo dudan, pregunten a los ingleses y a los suecos. Un levantamiento antes de hora y sin las previsiones del caso, puede generar un rebrote de tal magnitud que obligue a un nuevo aislamiento y que ello pegue las expectativas más abajo todavía y con eso se geste una crisis del tipo de las profecías autocumplidas (pura especulación) que retroalimentaría de peor forma un escenario que de por si es extremadamente negativo (fundamentos reales). 

Pero lo que me interesa reflexionar es que debemos hacer para prepararnos para El día después del mañana, esa buena película de Dennis Quaid y Sela Ward. La respuesta es que hay que poner los pies en polvorosa para aprovechar las oportunidades que brindará la recuperación en forma de V en 2021 de acuerdo a las primeras previsiones del Banco Mundial y Fondo Monetario Internacional. El recetario es clarísimo, no hay dónde perderse y apunta a una reducción ostensible del tamaño del Estado. Este debe quedar para la estricta provisión de bienes públicos con un sistema de financiamiento lo menos distorsionador posible; un marco regulatorio listo para proceder a reformar la seguridad social y abrir a la privatización, concesiones y alianza público privadas después que pase la tormenta; apertura al libre comercio y a la inversión extranjera directa en todos los sectores y sin  espacio al cabildeo de intereses particulares; reformas estructurales en salud y educación donde el financiamiento estatal para los más pobres no tiene por qué confundirse con administración estatal. En otras palabras, dejar esa estrategia fallida del viejo motor público por una de mercado y de apuesta a la iniciativa y gestión privadas, en un contexto de estricta libre competencia. O sea, un golpe de timón completo.

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