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21 de Abril del 2021
Ideas
Lectura: 7 minutos
21 de Abril del 2021
Gabriel Hidalgo Andrade

Politólogo y abogado. Docente universitario.

¿Un Lasso de izquierdas?
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En el plano práctico y estratégico, Lasso no puede decantarse por la administración de un gobierno marcadamente derechista, conservador y neoliberal por razones circunstanciales, presupuestales y políticas.

A las 17 horas del domingo 11 de abril todas las tendencias apuntaban a que Guillermo Lasso se convertiría en el nuevo presidente de la República. Sería la segunda vez que conquistaría la presidencia del Ecuador tras obtener un resultado no reconocido en el 2017. En la ocasión se reportó una victoria del 53,02% de los votos, frente al 46,98% de Lenín Moreno según la encuestadora CEDATOS.

En la actual elección, los resultados de las encuestas a boca de urna obtuvieron cifras similares: 53,24% frente al 46,76% obtenido por Andrés Arauz de la misma organización partidaria de Moreno. A las 20 horas del mismo domingo, y sin apagón informático como en las presidenciales anteriores, la tendencia se mostraba irreversible: el banquero Guillermo Lasso se impuso con el 52,37% de los votos frente al candidato correista que consiguió el 47,63%.

La tendencia estadística era irreversible incluso una semana antes. En un diagrama de puntos que se consolidó de todas las encuestas autorizadas por el Consejo Nacional Electoral desde el inicio del balotaje, se podía notar el progresivo ascenso de Lasso que se contrastaba frente a la leve, pero también constante, caída de Arauz. Mientras el primero arrancó en el 40% de la intención del voto, tras conseguir un poco menos del 20% en la primera vuelta, el segundo arrancaba en cerca del 50%, tras conseguir un poco más del 32% también en la primera vuelta. Lo restante correspondía al segmento del electorado indeciso.

En el plano práctico y estratégico, Lasso no puede decantarse por la administración de un gobierno marcadamente derechista, conservador y neoliberal por razones circunstanciales, presupuestales y políticas.

Este inicio parecía poco auspicioso para Lasso, quien además arrancaba distanciado a 13 puntos de su adversario. Sin embargo, la tendencia mostró que en el ascenso de uno y en la caída del otro las líneas se cruzaban y a una semana de celebrarse las elecciones, a los 25 días de campaña electoral del balotaje, si todo permanecía constante y no se producía un apagón como en 2017, Guillermo Lasso sería el nuevo presidente con el 51,47% de los votos, dejando en el camino a Andrés Arauz que obtendría el 48,53%, a una distancia entre ambos de un poco menos de 3 puntos porcentuales. Esta proyección manifestó, con una semana de anticipación, y considerando los reportes de todas las encuestadoras, que Lasso era el ganador. Por eso, para los estudiosos de la opinión, la victoria de Lasso no fue una sorpresa, aunque sí la ausencia de trampas en la informatización de los resultados.

El día de las elecciones el margen de distancia se extendió a casi 5 puntos. Sin embargo, esto no quiere decir que la distancia entre candidatos sea holgada. El promedio histórico de las diferencias entre los candidatos al balotaje bordea el 10% de los votos desde el retorno democrático en Ecuador. De las doce elecciones presidenciales solo en tres de estas, las de 1984, 1998 y 2017, la distancia entre los finalistas bordearía los 3 puntos. Esto sugiere que, aunque Lasso es el indiscutible ganador, Arauz también consiguió estabilizarse en un electorado que tendrá que ser atendido al momento de gobernar. En el plano práctico y estratégico, Lasso no puede decantarse por la administración de un gobierno marcadamente derechista, conservador y neoliberal por razones circunstanciales, presupuestales y políticas.

En esta circunstancia de crisis sanitaria, reproductora de enfermedad y decesos, además de ser un antecedente generador de desempleo, difícilmente el naciente gobierno de Guillermo Lasso podría debilitar las capacidades del Estado en sus obligaciones de protección a los más vulnerables en materia de salud pública, de compensación en los desequilibrios del mercado y como uno de los agentes generador de empleo.

Guillermo Lasso encontrará un Estado quebrado. Entonces será muy difícil, e incluso contraindicado, seguir endeudándolo. La gestión tributaria y de rentas minerales también lucen como un gran desafío para la administración porque el consumo no se dinamiza y porque los precios del petróleo tienden a la baja.

Pero, además, para impulsar su agenda de reformas legislativas, tributarias, laborales, comerciales y más, encontrará una Asamblea Nacional posiblemente adversa. Los tres primeros partidos en votación son muy distintos al partido de gobierno en el plano ideológico. La primera y más importante fuerza en número de curules corresponde al partido de su contrincante en el balotaje. La Unión por la Esperanza ocupa 48 puestos y el 32% de la representación legislativa. La segunda fuerza política es el Movimiento de Unidad Pluricultural Pachakutik de Yaku Pérez, del tercer presidenciable en la clasificación, líder del voto nulo, y que consiguió 27 puestos y el 17% de la representación. La tercera fuerza política es la Izquierda Democrática que consiguió 18 escaños y el 12% de la representación, organización que corresponde a otro de los adversarios en la competencia, Xavier Hervas. En las tres fuerzas de izquierda se concentra la mitad de la representación legislativa.

Guillermo Lasso no podrá ser, ni será, un presidente neoliberal, privatizador y de derechas. Para hacer un gobierno exitoso tendrá que moderarse, acercarse a los bloques legislativos con mayor presencia en la Asamblea Nacional e incluso casi izquierdizarse. Por eso Lasso podría convertirse en un gobernante socialdemócrata. Que no sorprenda, entonces, que en su gobierno consten actores moderados de izquierda o que adopte elementos de los planes de gobierno de sus adversarios. Es lo que dictaría la lógica para la integración de un gabinete de coalición que exprese la pluralidad expresada en la Asamblea Nacional.

Un gerente astuto como Lasso vino para quedarse. Aunque un Estado no es igual a una compañía deberá estar consciente de que la inestabilidad, el conflicto y la parálisis institucional dependen de los acuerdos que alcance con la izquierda legislativa. La situación judicial de Rafael Correa podría ser uno de esos entendimientos.

@ghidalgoandrade

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