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20 de Julio del 2020
Ideas
Lectura: 9 minutos
20 de Julio del 2020
Pablo Piedra Vivar

Abogado por la PUCE; LL.M. En American University, WCL. Docente universitario; defensor de derechos humanos y derechos de la naturaleza; Vocero del Colectivo Yasunidos.

Un nuevo acuerdo para Ecuador
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Hasta ahora ni el candidato del lanza misiles que se cayó del helicóptero, ni el presidente de América, ni el rabioso del ático, ni el de la plata en saquillos, ni el oportunista fotogénico, ni el de la base en Taiwán, o el de los 100 minutos, han demostrado tener la intención o el liderazgo de ser los catalizadores de un nuevo Acuerdo para Ecuador, lamentable.

El Ecuador es un país que vive ajustado, a la espera de la bonanza de turno del commodity de ocasión: cacao, banano, petróleo, camarón, atún, y ahora la mentira de la minería. Somos un país rentista, con un sector productivo incipiente y ocioso, que, en los últimos 13 años se enganchó, en su mayoría, al consumo del sector público para poder crecer (existen, claro, honrosas excepciones).

¿Qué el Ecuador ha generado riqueza? ¡claro que sí! desde la bonanza de la cascarilla en épocas coloniales, hasta el último boom petrolero que Correa, Moreno y sus secuaces festinaron. Pero como suele suceder con realidades donde predomina el saqueo, la desigualdad en Ecuador es grotesca.

En este 2020 al Ecuador le tocó mirarse al espejo, y como suele suceder cuando te levantas con un gran chuchaqui, luego de algún festejo, y miras tu reflejo, el resultado no es bonito, y nos asusta. El país, al mirar su situación, luego de 13 años de un festín que consistió en administrar un modelo de Estado cleptocrático, que sigue en marcha, financiado por el saqueo de nuestros recursos naturales (petróleo, minería, etc.), se asustó. Esta resaca nos llega con pandemia incluida y la profundización de una gran crisis económica causada gracias a la incapacidad del actual gobierno y los factores exógenos que han sobrado este año (ruptura de oleoducto, baja histórica de los precios de petróleo y la tremenda caída del consumo producida por la cuarentena).

La actual crisis ha estallado develando, una vez más, que el pus de la corrupción está en todo lado: en la compra de insumos para la pandemia, en los kits de alimentos para los sectores más necesitados, en el reparto de hospitales y su administración. Lo que vemos es que no hay sector del gobierno donde no se haya instalado la lógica del saqueo. Si ahora esto es más evidente quizá sea porque los recursos han disminuido tanto, que ya no existe suficiente plata para contentar a tanta gente. 

Es verdad que siempre han habido políticos corruptos, sin embargo, en los últimos meses su vileza se intensificó en medio de la pandemia. Mientras aplaudimos a campesinos y médicos, a los unos les quitan la tierra y se la dan a multinacionales para continuar el saqueo; a los otros les roban recursos que podrían servir para contratar a más trabajadores de la salud, y además acuden a su trabajo sin los insumos suficientes, reduciendo su seguridad y la eficiencia de su trabajo.

Si seguimos bajo el mismo sendero, esperando el 2021 para elegir a los nuevos administradores de la cleptocracia instalada, el Ecuador va camino a convertirse en lo que es el cuerno de África, estados fallidos, territorios manejados por piratas.

El Ecuador necesita de un nuevo acuerdo, que permita recobrar la esperanza en el futuro y la confianza de que el funcionario público no está para enriquecerse y administrar el saqueo. Entre los puntos mínimos de este nuevo Acuerdo para el Ecuador considero que deberían estar los siguientes.

Debemos partir de la férrea convicción de eliminar y sancionar los actos de corrupción, evitando, por ejemplo, la opacidad en la administración de los recursos públicos; fortaleciendo la institucionalidad de las distintas funciones del Estado, y reformando la legislación que permite acaparar y centralizar las decisiones sobre la contratación pública en pocas manos, que si bien se hacen a través de procesos informáticos, no es raro que éstos estén amarrados. Recobrar la confianza de la sociedad demostrando que se inician procesos justos, capaces de generar resultados, sancionando a culpables y recuperando lo robado.

Este nuevo acuerdo para el Ecuador debe también construirse reconociendo las grandes amenazas locales y globales, no podemos alienarnos de lo que sucede a nuestro alrededor.
El Ecuador requiere construir un sistema de salud que garantice nuestro derecho a la salud, y no uno que solo sea un botín para los gobierno de turno; un sistema que evite, por ejemplo, que el país logre el record macabro de ser uno de los países con mayor mortalidad a causa de la pandemia COVID – 19. Si algo debimos aprender en lo que va del año es lo necesario que es un servicio de salud público y de calidad.

Se requiere fortalecer un sistema educativo que garantice el acceso a mejores oportunidades para toda la población. Tanto el sistema de salud, como el sistema de educación deben pensarse desde lo local, por lo que el modelo bicentralista que persiste en el Ecuador desde el inicio de la República, debe concluir. La administración del Estado debe hacerse, mayoritariamente, desde los diferentes niveles de gobierno, haciendo realidad el modelo de gobierno descentralizado establecido en la Constitución. Las provincias, ciudades, comunidades del Ecuador, no son apéndices de Quito y Guayaquil, no están allí para que se les arranque los recursos necesarios para financiar los modelos de ciudad fracasados donde priman la exclusión y marginalidad.   

Debemos hacer un acuerdo por el trabajo y la vida digna basado en los derechos de la naturaleza y el derecho a vivir en un ambiente sano. No existe un fundamento económico y ecológico, que se sostenga, para insistir en un extremismo extractivista que imponga la minería metálica en nuestras fuentes de agua, en los páramos, bosques y selvas del Ecuador.

El cambio climático es la mayor amenaza que enfrenta nuestra generación y el planeta. Destruir ecosistemas que mitigan los efectos del cambio climático es ponernos a nosotros y a las generaciones que vienen, en una situación de mayor riesgo. Los recursos prometidos, incluso por las cifras oficiales, no alcanzan a financiar el ansiado “desarrollo” ofrecido por muchos discursos políticos. Sí alcanza para seguir financiando la cleptocracia unos años más.

Requerimos una transformación económica, sustentada en la protección de nuestros ecosistemas sensibles; que reconozca y enfrente los riesgos de la crisis ambiental, y nuevamente, desde la visión local, tener el potencial de transformar nuestra economía generando un verdadero sector productivo que no sea dependiente del consumo del gobierno.

Un modelo económico que respete y tecnifique la producción agroecológica, y potencie la capacidad productiva de las comunidades y campesinos del Ecuador. Una economía que tenga la capacidad de romper tabúes y aprovechar el potencial del cáñamo con una amplitud mucho mayor a la pensada hasta el momento. Transformar la economía bajo una premisa ecológica, tiene el potencial de transformar el transporte público y de carga; de transformarse en una economía innovadora y desarrolladora de tecnología, generando empleos con mayor capacidad remunerativa, entre otras cosas.

En Estados Unidos se habla del Green New Deal; Costa Rica, Bután, Noruega, Chile y otros Estados se propusieron transformarse en una economía carbono neutral; nosotros ni nos lo hemos planteado. En Ecuador solo se comprende a los políticos que hablan de una bonanza minera que promete destruir nuestra mega biodiversidad, si es que lo explicas desde la lógica del saqueo. Un nuevo acuerdo social es urgente.

Hasta ahora ni el candidato del lanza misiles que se cayó del helicóptero, ni el presidente de América, ni el rabioso del ático, ni el de la plata en saquillos, ni el oportunista fotogénico, ni el de la base en Taiwán, o el de los 100 minutos, han demostrado tener la intención o el liderazgo de ser los catalizadores de un nuevo Acuerdo para Ecuador, lamentable. Sin embargo, todavía creo que existen personas en nuestro país que están dispuestas a apostarle a un Ecuador de vida digna, y no a uno basado en el saqueo, en la devastación y la exclusión, en fin, la esperanza es lo último que podemos perder.

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