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31 de Diciembre del 2019
Ideas
Lectura: 7 minutos
31 de Diciembre del 2019
Ramiro García Falconí

Presidente de la Federación Nacional de Abogados del Ecuador. Subdecano de la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad Central del Ecuador.

Un nuevo comienzo
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El avance en materia de institucionalidad y respeto a derechos sociales y políticos es innegable por cualquiera, que no sea aquellos que fueron parte del festín de diez años, en el que se pasaron por escabeche a justicia y órganos de control.

Después de casi diez años como columnista de El Universo, he decidido aceptar la gentil invitación del mundo digital y heme aquí, otra vez en el oficio de escribidor. Siempre he creído en los nuevos comienzos y en la necesidad de reinventarse cada tanto, aunque dada la velocidad vertiginosa con la que mutan las tecnologías y las formas de comunicación, este ejercicio se ha convertido en una necesidad de supervivencia. Hace apenas diez años los medios digitales reproducían lo que los medios convencionales publicaban; ahora el ejercicio es exactamente a la inversa. El periodismo de investigación y sin duda el de opinión, han encontrado en el universo digital un entorno más propicio para poder desarrollarse e incluso subsistir, en un mundo en el que la hijueputez censora se disfraza a veces de represión gubernamental y en otras de corrección política.

Termina un año e inicia otro con mas inquietudes que esperanzas. Lo que sucedió en octubre sin duda marcó un antes y un después no solo en el devenir político, sino en la interacción social de los ecuatorianos, que acostumbrados a la mala onda y bellaquería de nuestra clase política, no creía posible ver un Quito sitiado, destrozado e incendiado, mientras algunos se solazaban con lo sucedido y festejaban una posible ruptura democrática, de la que esperaban constituirse en los grandes triunfadores. Las redes sociales usualmente llenas de miseria y podredumbre, en los días del paro se convirtieron en el espacio de catarsis de cuanto mequetrefe circula por ahí para decir tras un seudónimo o cuenta falsa, aquello a lo que no se atrevería jamás personalmente. Así, con juramentos y amenazas soñaron volver nuevamente al atraco de fondos públicos y a sus gloriosos días en los que bastaba una caricatura o un monigote, como para que lancen a sus perros furiosos contra todos aquellos que no comulgaban con su credo. El escenario no podía ser mejor, una clase política bobalicona que se preocupa más de sus ajustes de cuenta de barrio y plazoleta, que del rumbo por el que va el país y a quienes su cortoplacismo no les permite ver más allá de las próximas elecciones, enzarzada en debates intrascendentes, que de pronto vio como su mundo se caía en pedazos y literalmente era devorado por las llamas.

El avance en materia de institucionalidad y respeto a derechos sociales y políticos es innegable por cualquiera, que no sea aquellos que fueron parte del festín de diez años, en el que se pasaron por escabeche a justicia y órganos de control.

Que se vayan al páramo dijeron unos y que estas tierras son nuestras y haremos lo que nos de la gana vociferaban otros. Brotó en todas partes y de lado y lado, ese racismo que pervive fuerte y agazapado en nuestra sociedad y que cada tanto aprovecha para mostrar su feo rostro. El atentado contra la vida de Freddy Paredes fue un buen ejemplo del nivel de miseria que algunos actores de la protesta estuvo dispuesto a imprimir, a lo que debió ser un ejercicio de resistencia ciudadana y de construcción de derechos. Al final nos quedó la sensación que todos perdimos, como individuos, como sociedad, como grupo humano. Lo peor de todo es que quedó flotando en el aire ese humo enrarecido, ese olor a quemado, esa sensación de inseguridad que hizo que se disparen la venta ilegal de armas ante la posibilidad que esto pueda repetirse. El derecho a la resistencia, consagrado en la Constitución tiene como claro límite los derechos a la vida y la integridad personal y una protesta como la de octubre hace rato rebasó cualquiera de las líneas que demarcan lo legítimo de lo que no lo es.

¿Qué nos viene como país? Un futuro poco promisorio al corto plazo, con un gobierno sin base social y con escaso apoyo popular. Un presidente que pese a provenir de matriz Correísta, tuvo el valor de plantarle cara a su ex patrón y parar la serie de atracos y persecución que se pretendía perpetuar. El avance en materia de institucionalidad y respeto a derechos sociales y políticos es innegable por cualquiera, que no sea aquellos que fueron parte del festín de diez años, en el que se pasaron por escabeche a justicia y órganos de control. Como muestra de la ópera bufa en que se convirtieron nuestras Cortes, resulta que la principal delatora de Correa es nada más ni nada menos, que la ex vicepresidenta de la Corte Constitucional, quien en tono de do de pecho y mi sostenido, ha cantado la forma en que se repartieron los sobornos recibidos de contratistas del estado. Esta nueva María Callas se ha convertido en la pesadilla de quienes en su momento se consideraron intocables e inalcanzables por una justicia a la que pusieron bajo el mando de varios de sus más fieles canes, pues fue parte de todo el esquema de corrupción y desde que le bajaron del avión en el que se quiso volar a México, ha sido evidente que está dispuesta a vender a sus compañeritos cubiertos en apanadura, si eso le sirve para salvarse de una cárcel que ya probó y no disfrutó especialmente.

Por lo demás el juego será de supervivencia, de la clase política que no logra articular una propuesta medianamente creíble y menos aún superar sus pendejas diferencias que hacen que no puedan ponerse de acuerdo en nada; de los movimientos sociales que todavía no saben cómo hacer para que su renovada capacidad de movilización se traduzca en apoyo electoral, del Correísmo que sueña con adelantar las elecciones para que su líder pueda presentarse como candidato sin sentencias condenatorias ejecutoriadas de por medio, del gobierno que no encuentra la forma de parar la olla sin endeudarse bestialmente y que a cada año le cuenta como trescientos sesenta y cinco milagros. En fin, de todos los que desde la galería vemos como el país gira sobre su propio eje, mirándose el ombligo y dándose un tiro al pie cada que tiene la menor oportunidad.

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