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29 de Diciembre del 2020
Ideas
Lectura: 11 minutos
29 de Diciembre del 2020
Juan Carlos Calderón

Director de Plan V, periodista de investigación, coautor del libro El Gran Hermano. 

Un país muerto en la noche de su venganza
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Pensaba si ese alguien tenía el derecho de hacerlo, de prohibirnos quemar un muñeco, ejercer la alegría, patonear por las calles con la mascarilla puesta y la peluca al aire. Y pensé que ese alguien, un burócrata elevado a su cargo de decisiones por culpa nuestra, no tiene derecho alguno a pisotear mi derecho al pataleo.

En esta tarde de lluvia a los 29 días de diciembre, mientras esperaba que las horas pasen en este triste cierre de año pensaba que hubiese querido quemar ese viejo, patearlo, echarle petardos y gasolina hasta que se consumiera del todo. Hubiese querido que el humo negro de sus cenizas se esparciera con el viento de la noche helada, un viento negro, ardiente, feroz "que se llevara lo feo y nos dejara el querube, un barredor de tristezas, un aguacero en venganza", como canta Silvio Rodríguez.

Hubiese querido patear ese muñeco, mandarlo al carajo a gritos, llorar tomándome un trago y lanzar los voladores. Llorar por la gente que conozco y ha muerto, por la que no conozco y ha muerto, por los que pasaron la enfermedad, por mi hija en Indiana, sobreviviente, por los amigos que he visto quebrarse y quebrar. Hubiese querido desahogarme, en serio, y soltar toda esta angustia, esta impotencia, esta rabia. Pero no puedo. 

Y estaba pensando en que tampoco podría disfrazarme esta vez porque a alguien se le ocurrió prohibir esa costumbre maravillosa de las viudas y disfrazados de fin de año. A alguien le pareció que la ciudad debía estar muerta la noche de su venganza. Pensaba si ese alguien tenía el derecho de hacerlo, de prohibirnos quemar un muñeco, ejercer la alegría, patonear por las calles con la mascarilla puesta y la peluca al aire. Y pensé que ese alguien, un burócrata elevado a su cargo de decisiones por culpa nuestra, no tiene derecho alguno a pisotear mi derecho al pataleo.  

Entonces se me soltó todo el resentimiento acumulado en estos meses, ya casi un año. Y lo expresé en estas palabras, las cuales, insisto, son fruto de mis pasiones:

"Lo único que queda cada vez más claro en el tema del Covid-19 y toda esa carpeta de restricciones irracionales que a las "autoridades" les ha dado por imponer a los ciudadanos comunes, es que estas mismas —a las que por mala suerte nuestra les ha tocado enfrentar esta grave crisis— piensan seguir mandando sobre nosotros, nuestros derechos elementales, nuestras libertades individuales y sobre nuestro presente y futuro, y no piensan dejarse arrebatar ese poder que han asumido sobre nosotros a pretexto de cuidarnos de la pandemia.

"Han usado el miedo como argumento, con mensajes "comunicacionales" terroristas, en el un extremo, y en el otro no han escatimado en cursilerías, como hacer cancioncillas y otros mensajes a la conciencia que se ahogan en frases hechas y acomodadas. Para qué hablar de campañas sostenidas sencillas y directas, de educación pública con mensajes claros y precisos, como: usa mascarillas, lávate las manos y mantén distancia física. Para qué, si más rinde poner a "creativos" publicitarios a que ventilen sus mediocridades. 

"Y han tomado medidas ridículas en el único país del mundo donde se multa por no ponerse mascarilla mientras se maneja el auto particular, pero nada se les dice a los choferes que amontonan a decenas de pasajeros en sus unidades en las que no abren ni siquiera una ventana. Solo en una sociedad de zombies puede pasar eso y así pasa en Ecuador. Y sin explicar la relación científica —porque no es necesario, para qué, si lo que importa es lo que les sale del estómago— se pasan por el forro la tradición de quemar el año viejo y la prohíben.  Medidas irracionales, entre otras como cerrar las playas y abrir los centros comerciales, donde miles de personas se pasean contaminándose unas a otras en sitios cerrados mientras la brisa marina en ambiente abiertamente ventilado sopla para nadie.  El argumento es y ha sido y será impedir aglomeraciones. Y se habla de estas como si estuvieran compuestas por hatos de animalitos, de personas sin consciencia ni sentido de responsabilidad y libertad. Ellas, las autoridades mediocres y corruptas, vigilando nuestro bienestar mientras hacen de las suyas, y cualquier agente se cree con derecho a ser prepotente, cualquier burócrata pagado con nuestros impuestos se cree con derecho a humillarte porque esta "sacrificándose por tu bien". 

"Pienso en Adela Cortina, la filósofa española, cuando analizaba éticamente la decisión del gobierno de España para paliar en parte la grave crisis a finales del 2011.

"—«¿Qué hay que hacer», pregunté con un enorme interés. Pero la respuesta no pudo ser más decepcionante: «hay que reducir las pensiones». ¿De verdad?, ¿era eso?, repliqué: «¿es por ahí por donde hay que empezar?, ¿no sería mejor que devolvieran el dinero los corruptos que se lo han quedado, que pagaran los que han gestionado los recursos públicos de una forma pésima, que se acabe con los paraísos fiscales, que se fije una tasa para las transacciones financieras y la economía especulativa decrezca a favor de la economía real?». En este caso, la respuesta me abrió todo un mundo: «sí, claro, todo esto está muy bien, pero empezar por reducir las pensiones es lo más sencillo».

Tantas facultades de economía, tantos políticos por metro cuadrado para que esta sea la piedra filosofal: que lo más sencillo es empezar por los que están más controlados".

"Y eso es lo que ha pasado con las decisiones de nuestras "autoridades". Prohibir ha sido lo más sencillo, porque prohibir de plano es más fácil que ponerse a pensar en cómo dar salidas creativas y soluciones colectivas y participativas a esta crisis humanitaria en que vivimos y en la que estamos no solo gracias al coronavirus, sino sobre todo a la epidemia de políticos mediocres que aprovecharon su momento para mostrar lo que son.

Hubiese querido patear ese muñeco del 2020, mandarlo al carajo a gritos, llorar con un trago y lanzar los voladores. Llorar por la gente que conozco y ha muerto, por la que no conozco y ha muerto...

"Eso no es todo, porque también nos toca parte de la responsabilidad. Con el argumento de luchar contra las aglomeraciones, algunos periodistas han normalizado el lenguaje y multiplicado como loritos los pretextos de las "autoridades" al referirse a las "fiestas clandestinas", a la "indisciplina ciudadana", a la "irresponsabilidad colectiva", mientras muestran imágenes de jóvenes que, al borde de la locura, se juntan para sentirse vivos. Y de personas que salen a la calle y luchan por sobrevivir mientras venden algo, o decenas de personas que esperan agolpadas, respirándose unas a otras para tomar el pésimo servicio de transporte municipal. Siempre se ha creído que los periodistas son políticos de clóset, pero esta pandemia ha demostrado que algunos son, también, policías de clóset. Y se juntan en el coro de las autoridades para culpar a los ciudadanos de todos los males, y ocultar bajo la alfombra las no pocas barbaridades que han hecho con, por y a pretexto de esta pandemia.

"Y da hasta ternura oírles repetir las estadísticas como notarios acuciosos de "la autoridad": 33 mil aglomeraciones, dos mil fiestas clandestinas (¿fiestas clandestinas?, ¿de dónde sacaron eso?)... ¡Uy! ¡Por Dios, qué horror¡ Policías de clóset.

"El maestro español Antonio Escohotado decía al respecto que: «mientras autoridades nacionales e internacionales multiplican su jurisdicción ignorando nada menos que la individual en materia de movimiento y reunión. Toda suerte de lugares creados para estar juntos –y son inmensidad- han sido puestos a merced de idiotas y cobardes, supuestamente para servir al bien común». Consuelo de tontos: pasa en España, pasa en América Latina, pasa en Ecuador, país récord en el mundo en incapacidad de gestión.

Y pensaba "¿hasta cuándo vamos a ser muñecos de estas autoridades? ¿Por qué nos imponen tan facilmente, sin respuesta de nuestra parte, sus decisiones irracionales, sus cifras truchas para justificarlas, sus restricciones facilonas que ni ellos cumplen? La pandemia ha generado tiranuelos en un país que adora el látigo, el "la letra con sangre entra", la lógica policial a la ciudadana, el castigo a la libertad de conciencia. 

"Ya lo decía Mircea Cartarescu, en su monumental Solenoide, a modo de pregunta: «¿No es el mundo, en cualquier caso, un lugar terrible? ¿No vivimos un instante en una mota de polvo de la eternidad? ¿No enloquecemos acaso en el paquete blando —de grasa, tendones y huesos— de nuestro cuerpo? ¿No tenemos que soportar, un día tras otro y una hora tras otra, la idea de que envejecemos, de que perderemos los dientes, de que contraeremos enfermedades abominables y dolencias de pesadilla, de que agonizaremos antes de desaparecer y de que no volveremos nunca para dar forma y sentido al mundo? ¿Necesitábamos encima una tiranía?».

"¿Y necesitamos, me pregunto, unos tiranuelos mediocres y sus ejércitos de lamebotas que no creen una sola palabra de lo que predican e imponen, solo por el placer de ejercer su minúsculo poder temporal y controlar nuestras vidas?".

"Intentan desmoralizarnos día tras día. A veces lo logran.

"José Ortega y Gasset decía que «una persona o un pueblo desmoralizados no están es su propio quicio y vital eficacia, no están en posesión de sí mismos y por eso no viven sus vidas, sino que se las hacen otros, no crean ni fecundan ni son capaces de proyectar su futuro».

 Y todos estos pensamientos se me vinieron a la cabeza en esta tarde de lluvia, mientras veo pasar lentamente las horas que nos llevarán a un nuevo año.

Seguramente soy injusto. Sabrán disculparme.

 

[PANAL DE IDEAS]

Patricio Moncayo
Natalia Sierra
Rodrigo Tenorio Ambrossi
Carlos Arcos Cabrera
Rubén Darío Buitrón
Alfredo Espinosa Rodríguez
Giovanni Carrión Cevallos
Gonzalo Ordóñez
Luis Córdova-Alarcón
Andrés Jaramillo C.

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