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22 de Octubre del 2019
Ideas
Lectura: 6 minutos
22 de Octubre del 2019
Fernando López Romero

Historiador. Investigador social. Profesor principal e investigador de la Facultad de Comunicación Social de la Universidad Central del Ecuador.

Una nube de zánganos
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Mientras construyen sus casas y las obras públicas, les recogen la basura en las ciudades, labran sus campos, siembran y cosechan, trabajan en sus fábricas, sirven la mesa y pasean sus mascotas; cuando como guardias mal pagados cuidan sus condominios y sus lugares de placer; cuando cocinan sus alimentos y limpian sus viviendas, para los dueños del país los indios y el pueblo trabajador son invisibles o solo parte del paisaje.

Zánganos”, dijo el Presidente Lenin Moreno al referirse a quienes protestaban contra el paquetazo del “gobierno de todos”, que castigaba a la inmensa mayoría para defender los intereses del 1% más rico de la población:  las cincuenta familias dueñas del país, que los 365 días del año deciden los precios de los huevos, de la leche y el pan, de la sal y del azúcar, de los salarios y el transporte público, de las tasas de interés bancaria y de las aspirinas... De todo.

Y nubes de “zánganos” llegaron hasta Quito en los primeros días de octubre. Indios, peones rurales, campesinos pobres, obreros de la construcción, pequeños comerciantes, migrantes, mujeres, niños y niñas, adultos y adultos mayores llegaron de la sierra norte y central, de la sierra sur, de la costa y de la selva amazónica; desde los altos páramos y los pequeños pueblos, de las fincas rurales y las ciudades de provincia.  Caminaron decenas de kilómetros, se movilizaron en camiones, camionetas y buses, desafiando todos los obstáculos y recibiendo a su paso la solidaridad del resto del pueblo.

Y en Quito se juntaron con los obreros fabriles, los artesanos y trabajadores de servicios, con empleados públicos y con desempleados; con maestros, profesores universitarios, laboratoristas e investigadores, colegiales y colegialas, universitarios de la Central, de la Politécnica Nacional y  de universidades privadas y estudiantes de institutos; con las cocineras y las trabajadoras de la limpieza, con las peluqueras y estilistas; con los operarios de talleres, los choferes y  taxistas; con las amas de casa, los jubilados y las jubiladas.

Y allí se encontraron los que enfrentan a la gran minería, que defienden el agua y la vida, los sin tierra, los del trabajo precario y temporal, los trabajadores que ganan menos del mínimo vital, los que no pudieron entrar a las universidades públicas o tuvieron que abandonarlas, los cientos de militantes sociales perseguidos por el aparato judicial del correísmo, las condenadas a parir los hijos de la violación, los maltratados, los “limitaditos” señalados con el dedo acusador en quinientas sabatinas,  los que les robaron sus salarios cuando el terremoto, los periodistas honestos que fueron perseguidos por investigar la corrupción y develar la represión del correísmo. Las víctimas de la explotación capitalista y de los recetarios neoliberales, las oprimidas por el patriarcalismo, los que no soportan la mentalidad colonial, la xenofobia y el racismo. También los indignados con el servilismo de Moreno ante el Departamento de Estado norteamericano.

cuando como guardias mal pagados cuidan sus condominios y sus lugares de placer; cuando cocinan sus alimentos y limpian sus viviendas, para los dueños del país los indios y el pueblo trabajador son invisibles o solo parte del paisaje.

Allí estuvieron, por millares veinteañeros y los de la categoría sub 20 que dijeron con firmeza: nos han mentido, no nos mientan más. Se movilizaron superando una década de pedagogía del miedo, y de ficción de revolución y de buen vivir. Muchos recibieron su bautismo de fuego en la lucha social con gases lacrimógenos, con caballería y tanquetas.

En las marchas y en las barricadas estuvieron juntos los veteranos y jóvenes militantes de izquierda; los artistas y los gestores culturales, los sindicalistas, las feministas y ambientalistas. Miles y miles se fueron sumando a las protestas, hasta que a los ríos profundos del movimiento indígena se unieron todos los torrentes del descontento y lo inundaron todo: ningún lugar dejó de ser tocado por una revuelta popular que se expresaba en todas sus formas; con palabras y con hechos, en calles y plazas; que invadió todas las conversaciones, la intimidad y la vida cotidiana.

La insolente multitud se tomó los espacios públicos, para desafiar al poder de ese 1% que monopoliza la mayoría de las riquezas del país.  Para perturbarles el sueño y los delirios a los dueños y accionistas de los bancos, a los usureros y los lobistas del capital extranjero; a los accionistas de las grandes empresas y a sus gerentes; a los dueños de los grandes medios de comunicación; a los monopolistas de la tierra, del agua y del comercio exterior.

Y todos ellos, se atrincheraron con sus rostros contraídos, estupefactos y furiosos, para protegerse con sus generales, con sus gendarmes, sus soldados y sus funcionarios, con su alta burocracia, con sus cuartos de guerra y sus plumas a sueldo, con sus prejuicios enconados, con su sabiduría de autoayuda, de breviario neoliberal y de lugares comunes. Con sus verdades fabricadas y sus mentiras. Con sus imposturas y su incapacidad de comprender a quienes no son como ellos. Con su racismo y su odio de clase.

Mientras construyen sus casas y las obras públicas, les recogen la basura en las ciudades, labran sus campos, siembran y cosechan, trabajan en sus fábricas, sirven la mesa y pasean sus mascotas; cuando como guardias mal pagados cuidan sus condominios y sus lugares de placer; cuando cocinan sus alimentos y limpian sus viviendas, para los dueños del país los indios y el pueblo trabajador son invisibles o solo parte del paisaje.

Son los “buenos salvajes”, el motivo para discursos políticos de ocasión, de postales y de anuncios turísticos; forman parte de la biodiversidad tan celebrada… Pero cuando protestan y se levantan se transforman en los manipulados, los vándalos y los violentos, la turba tan temida e irracional, las hordas de Atila…

[PANAL DE IDEAS]

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