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1 de Mayo del 2018
Ideas
Lectura: 6 minutos
1 de Mayo del 2018
Luis Córdova-Alarcón

Es profesor agregado de la Universidad Central del Ecuador, experto en Derecho Internacional y Ciencia Política. 

Una política exterior para la izquierda
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Lo que caracterizaría a un «internacionalismo de izquierda» –en palabras de Walzer– es el límite moral desde el cual se articula su programa político. Límite que lo separa de todas las versiones de política totalitaria, jerárquica, autoritaria o terrorista. Sin tal límite moral cualquier postura que se autodefina “de izquierda” sucumbe en las arenas movedizas de la realpolitik.

Así titula el último libro de Michael Walzer (A Foreign Policy for the Left, 2018) en el que argumenta persuasivamente sobre lo que debería ser un «internacionalismo de izquierda». Su planteamiento central es que en materia de política exterior una postura de izquierda debe hacer prevalecer «la inteligencia política y la sensibilidad moral». Sin la primera, las posiciones se decantan por «atajos ideológicos» que simplifican la realidad y conducen al extravío político. Sin la segunda –la sensibilidad moral– la conducta política cae en un pragmatismo inaceptable, respaldando políticas totalitarias, jerárquicas, autoritarias o terroristas. Un debate en torno a estas ideas es urgente y necesario en toda América Latina, pero, sobre todo, en Ecuador donde los adjetivos políticos –«correísta», «morenista», «narco-guerrilla», «imperialismo-yanqui», etc.– valen más que el análisis de las políticas sustantivas.

Hace pocos días Ecuador retomó la cooperación con EE.UU. en la «lucha contra el narcotráfico»; decisión tomada en medio de corrientes de opinión pública polarizadas por dos «atajos ideológicos». En el un polo: la «guerra contra el narcotráfico», al que muchos actores plegaron acríticamente y desde el cual atribuían la creciente inseguridad en la frontera Norte al retiro de las tropas estadounidenses de la Base de Manta. En el otro polo: el «anti-americanismo» con el que se justifica el distanciamiento de los EE.UU. en materia de seguridad y defensa, sobre todo, durante el gobierno de Rafael Correa, atribuyéndole una conducta “valiente y soberana”. Finalmente, las decisiones del gobierno de Lenin Moreno sucumbieron ante estos atajos ideológicos, en vez de procesarlas críticamente y actuar en consecuencia.

Al respecto, una política exterior sensata o de izquierda debería contemplar, al menos, los siguientes elementos. Es público y notorio el fracaso absoluto de la «lucha contra el narcotráfico» liderada de forma sucesiva por los gobiernos de EE.UU., bajo una lógica exclusivamente securitista. Una breve revisión de las experiencias de Colombia, México y, más recientemente, Filipinas, deberían bastar para llegar a tal conclusión, dada la cantidad de muertos y la expansión del narco-capital en dichas sociedades. Pero esto no justifica optar por el otro atajo ideológico: el «anti-americanismo», según el cual toda acción gubernamental desplegada por la Casa Blanca es esencialmente “imperialista”.

El problema no radica en aceptar o negarse a cooperar con EE.UU. en esta materia o en otras, sino en saber cómo y cuándo hacerlo. Para ello se requiere contar con una política exterior propia, pero el Estado ecuatoriano carece de ella desde hace décadas. Por eso, ante la falta de una orientación política asumida por los gobiernos se prefiere optar por los atajos ideológicos ya descritos. Así, por ejemplo, mientras el gobierno de Gutiérrez buscó guiarse por la obtusa política de la «guerra contra el narcotráfico», el de Correa lo hizo por la estéril política del «anti-americanismo». Si el presidente Moreno no quiere seguir en está dinámica debe abandonar los atajos y diseñar una política exterior en serio.

Lo propio debe hacerse frente a la guerra en Siria, la profunda crisis en Venezuela y la cruenta represión en Nicaragua. En los tres casos el extravío del gobierno y su canciller ha diluido una postura política coherente. Aquí el problema no solo es la falta de «inteligencia política» sino también de «sensibilidad moral». En vez de evaluar las políticas se opta por juzgar a los sujetos inmiscuidos, lo que conduce a posiciones inconsecuentes y hasta absurdas.

Se criticó los bombardeos de EE.UU, Francia y Gran Bretaña sobre Siria, pero nada se dijo de los bombardeos sobre el pueblo kurdo en territorio sirio, realizados por Turquía con el consentimiento de Rusia e Irán. Se alegó respeto a la «autodeterminación de los pueblos» cuando ciertas voces de EE.UU. amenazaron con intervenir militarmente en Venezuela, pero nada se dijo sobre la represión sistemática del gobierno venezolano contra su pueblo. De la hipocresía cómplice con los gobiernos de Venezuela y Nicaragua durante el régimen de Correa se pasó a una postura ambigua y desteñida frente a los mismos asuntos en el actual gobierno.

Ante estos hechos, lo que caracterizaría a un «internacionalismo de izquierda» –en palabras de Walzer– es el límite moral desde el cual se articula su programa político. Límite que lo separa de todas las versiones de política totalitaria, jerárquica, autoritaria o terrorista. Sin tal límite moral cualquier postura que se autodefina “de izquierda” sucumbe en las arenas movedizas de la realpolitik. Si al momento de diseñar e implementar la política exterior la brújula empieza a ser la «sensibilidad moral» y la «inteligencia política», el gobierno ganará en sensatez y asumirá una auténtica política de izquierda, como tanto pregonan sus voceros. Caso contrario, seguirá horadando su legitimidad y debilitándose hacia dentro y hacia fuera.

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