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14 de Septiembre del 2016
Ideas
Lectura: 9 minutos
14 de Septiembre del 2016
Patricio Moncayo

PhD. Sociólogo. Catedratico universitario y autor de numerosos estudios políticos.

Una utopía realista
El Ecuador ha atravesado por los dos "pésimos" en el pasado reciente; el feriado bancario de fines de siglo pasado, la ola de migrantes ecuatorianos a España, Estados Unidos y Europa en general, la subordinación de la política a la economía. En los últimos diez años, ha imperado el “barbarismo político”, o sea, la invasión del orden moral y ético por un poder político sin límites. Resulta, entonces, que un “barbarismo”, el económico, ha sido enfrentado por otro, esta vez, político-ideológico.

Hay una percepción pesimista en torno a la política. El país se apresta a elegir un camino; hace diez años el Ecuador optó por una versión criolla de socialismo en oposición al liberalismo económico.

Cada “modelo” tiene sus “pésimos”, según la categorización de André Comte-Sponville, filósofo francés, categorización asumida por los economistas argentinos, Alfred y Eric Calcagno. Los pésimos son el producto de insensateces cometidas en los actos de gobierno: “Saber lo que queremos, es menos saber cuál sería la mejor sociedad posible (lo que quedaría en utopía) sino saber qué es lo peor en la sociedad real: saber lo que queremos, es primero saber lo que no queremos más, lo que queremos combatir, lo que queremos cambiar”.

Se trata de individualizar los males que existen cuando se ponen en práctica uno u otro modelo. Tales males aparecen “cuando se confunden los órdenes sociales o se invierte su jerarquía”. Por ejemplo, cuando el orden económico invade a un orden superior y no acepta los límites que éste le impone. La clasificación de los “órdenes” se asienta en dos ejes: el de los valores y el material. Desde el punto de vista de los valores, el orden moral y el ético son superiores al orden político y al orden económico. Cuando se transgrede la jerarquía de los órdenes surgen los “pésimos”.

Los Calcagno muestran las consecuencias de la “invasión” del orden económico al político; una de ellas es el “traslado de la lógica de la ganancia al orden político”; otra, “la política subordinada al poder económico”. Una insensatez, en este caso, produciría el “capitalismo salvaje” como “pésimo” y el vaciamiento de la   la democracia. Las decisiones económicas, pues, se toman “al margen de la voluntad nacional y de los ciudadanos”, como cuando el Fondo Monetario Internacional imponía condiciones a los países que requerían su apoyo.

Según los autores citados, es posible combatir estos pésimos con políticas antimonopolios y de regulación, como en los Estados Unidos; con una ampliación de los canales de participación popular, a través del sistema electoral, del presupuesto participativo, de los “cuadernos de quejas” que recogen las demandas y reclamos de millones de personas. Como éstas, hay una gama de medidas y acciones que los gobiernos pueden adoptar para atacar estos pésimos.

Pero el “remedio puede ser peor que la enfermedad”.

Los gobiernos “bolivarianos”, si bien declararon la guerra a estos pésimos, produjeron otros que también se los debe puntualizar. Quizá los Calcagno no lo hicieran porque aún los resultados alcanzados por estos gobiernos no los conocieron cuando escribieron el libro que comento, o quizá también por razones ideológicas. Pero aún así, dan pautas que pueden ser aplicadas para analizar estos gobiernos con esta categoría teórica.

La invasión del orden político al orden económico y a los órdenes moral y ético es tan nefasta como la referida al caso anterior. En el texto citado, los Calcagno tratan de los “utópicos en el poder”. Los caracterizan como “los militantes de lo óptimo” que dado que “están seguros de tener la verdad absoluta suelen no aceptar restricciones humanitarias”. Comte-Sponville exclama :”¡Cuánta utopía en Pol-Pot!”

En este caso los “medios” no importan para alcanzar un fin.

Tampoco desde la moral y la ética se debe dirigir la política y la economía; ello equivaldría a teocracia. Cada orden tiene su propia lógica y modo de funcionamiento. Los conflictos que hoy sacuden al mundo son producto de la invasión de la política por la religión y la moral. “La “desecularización del mundo” es uno de los hechos sociales dominantes de la vida en las postrimerías del siglo XX”, cita Samuel Huntington, politólogo norteamericano.

La alternativa, entonces, consiste en luchar contra los pésimos en cada caso. “La lucha contra los pésimos es una realidad concreta, que supone una visión incremental de la acción política”.    
El Ecuador ha atravesado por los dos pésimos en el pasado reciente; el feriado bancario de fines de siglo pasado, la ola de migrantes ecuatorianos a España, Estados Unidos y Europa en general, la subordinación de la política a la economía. En los últimos diez años, ha imperado el “barbarismo político”, o sea, la invasión del orden moral y ético por un poder político sin límites. Resulta, entonces, que un “barbarismo”, el económico, ha sido enfrentado por otro, esta vez, político-ideológico.

Debemos salir de ese “laberinto” y para ello se necesita encontrar un “hilo”, según una metáfora de Jorge Luis Borges, citada por los Calcagno.

A efectos de lo que se viene en el 2017 en el Ecuador, es instructiva la caracterización de dos estilos de liderazgo hecha por los autores citados: el uno es el de la “chatura” y el otro, el de la “megalomanía”. El primero refleja la indiferencia de las élites que se conforman con “dejar hacer y dejar pasar” y “no hacer olas”, que denota una cierta timidez para gobernar. El segundo que hemos vivido en estos diez años, se caracteriza por la temeridad, por un “ego hiperdimensionado”.

Carlos Matus, economista chileno, caracteriza a estos líderes como inclinados al triunfalismo, al ideologismo exagerado. Sin embargo, dice, “son hiperactivos y tenaces”.  Son “luchadores poco comunes, impacientes e inagotables”. Correa es un ejemplo de este tipo de liderazgo; sin embargo, no han sido pocas sus “insensateces”: incentivación del odio, corrosión de la estima de los ciudadanos, reducción de la comprensión y conocimiento, colocándose por encima de todos, castración del potencial propio a partir del “paternalismo” estatal y la concentración del poder.

Todo ello ha obscurecido  el lado positivo de su gestión, y aún en este campo las insensateces no han faltado, como lo han señalado sus críticos de las más diversas corrientes de pensamiento.   

La campaña electoral, próxima a comenzar, no debe perder de vista el debate sobre los pésimos. No se trata, pues, de sustituir una receta por otra, sino de combatir los pésimos de cada lado, en la perspectiva de restablecer la jerarquía de los  órdenes sociales, ya sea bajo los lineamientos liberales o socialistas. Esto significa, impedir que el orden económico invada a los órdenes superiores, y demandar que el orden político se sujete a los límites de la moral y de la ética. Pero la moral y la ética, si bien son órdenes superiores, no pueden desplazar a los órdenes político y económico, que tienen su propia autonomía, so pena de caer en fundamentalismos teocráticos. 

La propia campaña electoral debe librarse del cerco económico-comercial de la publicidad y del mercadeo político. El gobierno debe abstenerse de utilizar la maquinaria del Estado para torcer la voluntad popular libremente expresada en las urnas. La contienda electoral es una contienda política sujeta a las normas del orden político. La “mano invisible” del mercado como la excesivamente visible del Estado no deben interferir en la libre expresión soberana de los ciudadanos.

La política no debe estar dominada por intereses mezquinos, personales o de grupo. El país reclama un liderazgo que los trascienda, que esté a la altura de las circunstancias, que no se deje enceguecer por la “megalomanía” pero que tampoco caiga en la “chatura”.

La decisión a tomar por el pueblo ecuatoriano más que por la “política de lo óptimo”, debe guiarse por el “realismo político” que no supone “aceptar lo que hay como si fuera lo único posible”; sólo se trata de dejar a un lado las “anteojeras ideológicas” provengan de una u otra fe. Ello entraña un conocimiento amplio y profundo de la realidad, en todos sus aspectos, “desde la naturaleza humana hasta la política internacional, pasando por los individuos, la familia, las clases sociales, los grupos étnicos, los partidos políticos y otras instituciones”, para desde ese conocimiento sentar las bases de un cambio posible dentro de la democracia, y no fuera de ella.

[PANAL DE IDEAS]

Alfredo Espinosa Rodríguez
Carlos Rivera
Rodrigo Gehot
Natalia Sierra
Gonzalo Ordóñez
Fernando López Milán
Rodrigo Tenorio Ambrossi
Juan Carlos Calderón
Patricio Moncayo

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