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29 de Mayo del 2020
Ideas
Lectura: 5 minutos
29 de Mayo del 2020
Álex Ron

Escritor y catedrático universitario.

Urbicidio, pandemia, biopoder y donas
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Ya no había destinos individuales, sino una historia colectiva que era la peste y sentimientos compartidos por todo el mundo. El más importante era la separación y el exilio con lo que eso significaba de miedo y rebeldía. Albert Camus, La peste

Pese a que en Estados Unidos la cifra de fallecidos por la covid-19 superó a las cien mil personas en dos meses, Donald Trump insistió en reabrir la economía. El epidemiólogo de la Casa Blanca, Anthony Fauci, fue muy claro al decir que: “a menos que reduzcamos el virus , no habrá una reapertura real de la economía. Por lo tanto si actuamos prematuramente si creamos una situación que provoque un repunte del virus, eso será contraproducente”.

Trump, un buen exponente del neoliberalismo especulador y corrupto, nuevamente se ha ido en contra de la ciencia y cree que el mercado puede marcarle los tiempos a un virus que sigue siendo una incógnita y que si bien es cierto ha disminuido su letalidad en algunas ciudades europeas y de Estados Unidos (New york, París, Madrid, Bergamo), no por ello quiere decir que “reabrir” el mundo, el sistema mundo, distópicamente productivista sea una buena decisión.

Lo triste es que las dos naciones que registran más contagios en el planeta (Brasil y Estados Unidos) están gobernadas por dos presidentes con posiciones casi idénticas respecto al manejo de la crisis sanitaria y que irrespetan la vida al máximo. Trump, frente a las multitudinarias manifestaciones antiracismo en Minneapolis rechazando el asesinato a George Floyd, ha escrito en su cuenta de twitter: “cuando comienzan los saqueos, comienzan los disparos.”

En tiempos de pandemia la mayor parte de las víctimas se concentran en las grandes urbes, no sólo en el tercer mundo sino también en el llamado primer mundo. En Latinoamérica, el 84% de sus habitantes vive en grandes urbes: Sao Paulo, México DC, Guayaquil, Bogotá, Buenos Aires, Santiago. Aquí la ciudad actúa como una matriz tanática que combina alta densidad, violencia económica, deficitaria salud pública y un virus desconocido. Urbicidio porque el 40% de la población de las metrópolis tercermundistas no tiene agua potable ni alcantarillado, seguimos hablando de ciudades-favela y más del 60% de la PEA está desempleada o subempleada. Por ello existe un complemento entre ciudades estampida, ciudades sin salida y políticas macroeconómicas neoliberales que plantean reabrir la economía aunque el precio sea la vida de los más vulnerables.

Qué diría Michael Foucault al ver el escenario más real y desgarrador de la biopolítica combinado con el de los Estados panóptico juntos. Judith Butler habla de “un grupo de subjetividades prescindibles como resultado de reabrir la economía a toda costa”. Lo que está claro es que detrás de esta desesperación por producir ganancias existe un discurso basado en una biopolítica darwinista: que sobrevivan los que resistan al virus mientras las élites económicas dan órdenes desde sus cómodos espacios de confinamiento. En Ecuador, día a día las Cámaras solicitan reabrir la economía sin tener certeza sobre la cantidad de infectados y el avance o retroceso de la pandemia, tenemos una curva de infectados inconsistente con saltos del 100% que varían de un día al otro. Vivimos la biopolítica ejercida desde el urbicidio y la incertidumbre respecto al virus, mientras más incertidumbre y desinformación, más control estatal. Terrible.

Karl Marx, el denostado y admirado creador de la economía política escribió: el capitalismo tiende a destruir sus dos fuentes de riqueza: la naturaleza y los seres humanos. La naturaleza ya dijo warning  a la especie más devastadora de la Tierra, pero por lo visto la lección de toda esta experiencia extrema es acelerar nuevamente la máquina, en la misma dirección, es decir acelerar hasta el vacío: mientras exista vértigo, el capitalismo vivirá.

Primera día de clase virtual en una universidad oceánica. Converso animadamente con una estudiante, me cuenta cómo su familia adaptó un local que rentaban a una discoteca para levantar un pequeño negocio de donas. Me describe cómo se despiertan a las cuatro de la mañana para hacer la masa y que de a poco han aumentado los pedidos hasta vender trescientas donas diarias. Le prometí que cuando se reabra el mundo le compraría una docena. Siempre es bueno mirar al mar.

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