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24 de Septiembre del 2020
Ideas
Lectura: 5 minutos
24 de Septiembre del 2020
Patricio Crespo Coello

Consultor de organismos internacionales en temas de fortalecimiento de capacidades, políticas públicas, procesos educativos y de gestión ambiental. Con estudios de filosofía y antropología y autor de publicaciones sobre temáticas ambientales.

V. COVID-19: Ética de la compactación
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La conciencia sobre los vínculos, especialmente los más cercanos, es ahora más patente. La familia, que venía disolviéndose en procesos de licuefacción, de pérdida de los lazos y de los compromisos estables, ahora se erige en el factor aglutinante, tanto si se la tiene como si se carece de ella.

Una de las complicaciones más graves que provoca la COVID-19 es la formación de coágulos en la sangre. En términos coloquiales, la sangre pasa de un estado líquido y fluido a un estado un poco más sólido. Como metáfora trágica y de mal gusto, ¿acaso puede suponerse que una de las consecuencias de la pandemia sea el fin no previsto de la modernidad tardía caracterizada por la sociedad líquida, concepto postulado por Zygmunt Bauman?

Visitar a un ser querido, dar un abrazo o un apretón de manos, colocarse la mascarilla según lo establecen los protocolos, asistir a fiestas, evitar un encuentro erótico son todas cuestiones que conducen a miles de millones de personas a dilemas éticos. Hasta hace pocos meses, estas acciones de la vida cotidiana las hacía la humanidad de una manera casi automática, incluso con indiferencia y hasta con desprecio. Ahora no. Como cavernícolas temerosos que al salir de la cueva escrutan el entorno para dar un paso y otro paso, mirando a cada lado, sopesando alternativas, poniendo en ejercicio una razón práctica que estaba, la verdad sea dicha, adormilada.

La conciencia sobre los vínculos, especialmente los más cercanos, es ahora más patente. La familia, que venía disolviéndose en procesos de licuefacción, de pérdida de los lazos y de los compromisos estables, ahora se erige en el factor aglutinante, tanto si se la tiene como si se carece de ella

La conciencia sobre los vínculos, especialmente los más cercanos, es ahora más patente. La familia, que venía disolviéndose en procesos de licuefacción, de pérdida de los lazos y de los compromisos estables, ahora se erige en el factor aglutinante, tanto si se la tiene como si se carece de ella. Vivir la cuarentena en completa soledad, para cientos de millones de personas que se habían acostumbrado a la constitución de un núcleo conformado por una sola persona, debe constituir una experiencia fenomenal. Después de todo, esas personas podían disfrutar de relaciones románticas múltiples y de una amplia variedad en las amistades según las necesidades del momento. No desde hace medio año. ¿Y los viejos en soledad? ¿Que fallecen sin siquiera los ritos que nos recuerdan que formamos parte de la humanidad? Para los que sobrevivimos, estas pérdidas son diferentes, no solamente nos dejan el dolor del duelo de un ser querido, sino también una orfandad cultural, un temor acerca de nuestro destino como humanidad.

¿Qué decir de la familia tradicional? Compartir el mismo espacio, todo el tiempo, como quizás el único vínculo que nos puede proteger en esta crisis, tiene un efecto enorme en la convivencia social. En múltiples sentidos, la conducción de la pandemia está más en manos de las personas que de los gobiernos; la protección y el cuidado, más en lo que puede hacer la familia, que en lo que puede hacer un servicio de salud público o privado. Es como si la humanidad fuese arrojada desnuda a enfrentarse a un vendaval. ¿A qué árbol nos podemos abrazar, si no es al de los vínculos más cercanos?

De ahí el título de este artículo, por cierto, desafortunado, una “ética de la compactación” que toma la posta de una ética de las relaciones efímeras, carentes de compromiso, inestables y líquidas. Como un proceso de coagulación de la convivencia social, obligada por la fuerza de las circunstancias, no necesariamente de señal conservadora, tradicionalista o religiosa, pero sí, probablemente, de cambio cultural; un cambio que nos obligue a mirarnos al espejo desprovistos de muchos de los artificios con los que habíamos decorado nuestra vida cotidiana, acaso intrascendente, acaso nihilista, rodeados de cosas, pero sitiados por una sensación de vacío. Y puede ser que la pandemia como fenómeno cultural haya llegado a nuestras vidas para quedarse, no como el virus que puede ser combatido, sino como una nueva forma de convivencia social.

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V. COVID-19: Ética de la compactación
 
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