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25 de Febrero del 2019
Ideas
Lectura: 8 minutos
25 de Febrero del 2019
Patricio Moncayo

PhD. Sociólogo. Catedratico universitario y autor de numerosos estudios políticos.

Venezuela entre dos fuegos
Guaidó enarbola la bandera de la recuperación de la democracia, con el respaldo impúdico de Trump, pero también del grupo de Lima conformado por gobiernos latinoamericanos, de diversas tendencias ideológicas. La acción de Guaidó ha tenido resonancia social, la presencia en las calles de amplios sectores de la población lo confirma. Y a nivel internacional Guaidó encarna la esperanza de la vuelta a la democracia y del derrocamiento de la dictadura.

En Venezuela están en juego muchos objetivos e intereses: la suerte de la “revolución bolivariana”, la independencia de Venezuela, la democracia, la solidaridad internacional. Son puntos conflictivos. De ahí la complejidad de la coyuntura venezolana.

Maduro, bajo el supuesto de que encarna una revolución se siente autorizado a reprimir a los “contrarrevolucionarios”, apoyados por el “Imperio”. Se erige como un nuevo Salvador Allende amenazado por una confabulación dirigida desde afuera. La comparación con Chile no tiene sustento. Ariel Dorman, que trabajó con el presidente chileno durante los últimos meses de su gobierno, imagina los consejos que Salvador Allende “le dirigiría  a su díscolo colega venezolano desde el otro lado de la muerte”: “pese a estas semejanzas entre Chile en 1973 y Venezuela en 2019, siento que Ud le hace un flaco servicio a la causa revolucionaria al equipararse conmigo. Durante toda mi vida fui un ardiente defensor de la democracia: mi gobierno nunca restringió los derechos de asamblea y prensa, ni menos encarceló a opositores, aunque algunos abusaron de esta libertad, con atentados terroristas y mentiras descomunales, ayudados por millones de dólares de la C.I.A”     

Allende fue un demócrata que ofrendó su vida por la democracia, no quiso instaurar el socialismo a costa de la democracia. Las Fuerzas Armadas chilenas bajo el mando de Pinochet, arremetieron contra el orden constitucional e instauraron una feroz dictadura que se extendió por diez y ocho años. En la recuperación de la  democracia,  quienes demandaban a Allende la entrega de las armas para imponer una dictadura tipo Cuba, terminaron reconociendo su error y se alinearon con la convergencia democrática. 

En Venezuela el escenario es distinto. Desde 1999, Chávez y ahora Maduro conculcaron la democracia y, en lugar del socialismo, instauraron un régimen dictatorial, con el apoyo de Cuba. Cuba, por cierto, ya no representa lo que fue hace cincuenta años. El referendo constitucional en Cuba intenta convalidar el socialismo en medio de un retroceso marcado por el reconocimiento del mercado y la propiedad privada. Cuba no camina hacia el socialismo sino hacia el capitalismo.  “El petróleo y la comida volvieron a Cuba con la llegada de Hugo Chávez a la presidencia de Venezuela” ( Patricio Fernández, El País)  La injerencia de Cuba en el régimen venezolano se basa en intereses recíprocos, no en principios revolucionarios. 

Guaidó enarbola la bandera de la recuperación de la democracia, con el respaldo impúdico de Trump, pero también  del grupo de Lima conformado por gobiernos latinoamericanos, de diversas tendencias ideológicas.  La acción de Guaidó ha tenido resonancia social, la presencia en las calles de amplios sectores de la población lo confirma. Y a nivel internacional Guaidó encarna la esperanza de la vuelta a la democracia y del derrocamiento de la dictadura.

La pugna entre estos dos presidentes se asienta en una disparidad de fuerzas. Maduro se apoya en la represión, ejercida desde el control que aun detenta del poder del Estado. También se sostiene por el respaldo de los “colectivos” beneficiados por el chavismo. La crisis económica, sin embargo, ha expulsado a tres millones de venezolanos que han optado por la emigración a diversos países latinoamericanos.  Chávez y Maduro escindieron a Venezuela a nivel social y político. Esa polarización atenta contra la paz y la integración del país. El socialismo, en esas condiciones, es una meta inalcanzable. La democracia no tiene espacio en una sociedad donde se ha impuesto la intolerancia y el abuso del poder.   

La pugna entre estos dos presidentes se asienta en una disparidad de fuerzas: Maduro se apoya en la coerción  y en el respaldo de sectores sociales que aún creen en las promesas del chavismo. Explota el sentimiento antiimperialista de América Latina, y la frustración popular frente a los gobiernos anteriores al chavismo

Guaidó, por su parte, ha desplegado acciones de un gran valor simbólico. La amenaza de Estados Unidos ha tenido efectos favorables, como lo revela la moderación relativa de la represión. Ese poder potencial de Guaidó no debe mancharse con una acción militar norteamericana. La presidencia de Guaidó es una inteligente acción que marca un ascenso de lo posible a lo real. 
Las Fuerzas Armadas venezolanas han recibido el impacto de este poder potencial y simbólico que ostenta Guaidó.  La experta Rocío San Miguel (El País) cree que hay tres grupos de poder entre los militares. Los altos mandos comprometidos y beneficiados por la “revolución”. Los que se identifican con  los sectores que han acudido a los llamados de Guaidó en las calles. Y los que conforman el “chavismo militar” que “está abandonando  a Maduro”. Y añade: “todo es un goteo que está erosionado la roca. Tenemos 4.009 deserciones reconocidas por la Guardia Nacional en enero de este año”.
La situación, por tanto, exige dar mucha atención a las estrategias.

El mensaje de Guaidó a las Fuerzas Armadas va por el camino de convertir su poder potencial en poder real. La ayuda humanitaria pone el dedo en la llaga. La población de Venezuela carece de alimentos, remedios, insumos de higiene. Esto muestra el déficit de una revolución que le ha sacrificado a la población, haciéndole pagar por el mal gobierno , el despilfarro y la corrupción. Las Fuerzas Armadas no pueden arremeter contra quienes aspiran a beneficiarse de tal ayuda. Su oposición al ingreso de los portadores de esa ayuda sólo revela su incondicionalidad con el régimen y le predispone a la población en su contra. La misión de las Fuerzas Armadas es otra. Debe salvaguardar el orden pero no a costa de la población. Volver a la época del despotismo militar como en tiempos de Pérez Jiménez es ir contracorriente. Ello confirma el carácter reaccionario, retrógrado de un régimen que se ha puesto a la defensiva, que ya no exhibe razones ni principios sino balas.   

El apoyo de Rusia y China a Maduro tiene más sabor a un compromiso ideológico que a un compromiso real. Los intereses en juego podrían llevar a esos países a ser más cautos, y a poner por delante sus intereses antes que sus principios.
La posición del Papa, de México, Uruguay y de algunos países europeos van en la línea del rescate de la democracia, a través de una solución política del conflicto. Lo contrario, propiciar la guerra civil, sería llevar a Venezuela por el camino de la violencia, como la que azotó a Colombia desde el asesinato de Jorge Eliecer Gaitán. Décadas tuvieron que pasar para que el Estado colombiano llegara a un acuerdo de paz con las FARC. 

Es fundamental evitar la guerra civil y seguir creando condiciones para exigir la realización de elecciones libres. La crisis venezolana deben resolverlo los venezolanos de manera pacífica, sin derramamiento de sangre. Deben barajarse distintas opciones, pero no militares. Se debe preservar la independencia de Venezuela. La reconstitución del Estado venezolano exigirá ingentes esfuerzos no sólo económicos, sino políticos, institucionales y morales. Todos están en la obligación de encontrar una salida a esta crisis que no desemboque en una “conflagración fratricida” y que permita la reconstrucción del país y de la democracia.

[PANAL DE IDEAS]

Juan Carlos Calderón
Rodrigo Tenorio Ambrossi
Fernando López Milán
Carlos Rivera
Gabriel Hidalgo Andrade
Carlos Arcos Cabrera
Pablo Piedra Vivar
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Marlon Puertas
Santiago M. Zarria

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