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1 de Noviembre del 2016
Ideas
Lectura: 6 minutos
1 de Noviembre del 2016
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

Venezuela: ¿las hilachas de la democracia?
¿En dónde estará la Venezuela de antes? La de esos tiempos en los que había música y baile, esos días en los que las alegrías poseían derecho de ciudadanía y paseaban libremente sin tener que callarse porque nadie sospechaba de nadie. Porque hubo una Venezuela en la que se hablaba en voz alta porque no había nada que ocultar porque el otro era tu amigo, tu vecino, tu conciudadano y no un rival o un soplón.

No solamente es la privación de cosas, de alimentos, de esos pequeños lujos que rompen la rutina de la vida diaria justamente para proveerla de nuevos sentidos. Se trata de un estado especial de privación del pueblo de venezolano en el que la cotidianidad y todo aquello que la hace hayan convertido al país entero  en el prototipo de la violencia social. 

¿En dónde estará la Venezuela de antes? La de esos tiempos  en los que había música y baile, esos días en los que las  alegrías poseían derecho de ciudadanía y paseaban libremente sin tener que callarse porque nadie sospechaba de nadie.  Porque hubo una Venezuela  en la que se hablaba en voz alta porque no había nada que ocultar porque el otro era tu amigo, tu vecino, tu conciudadano y no un rival o un soplón.

Todos los profetas que anuncian el advenimiento de la igualdad absoluta solo traen dolor, enfermedad y muerte.  Hasta el día en que se apropian del poder, son mansas palomas que  no dudan en besar a los indigentes, en hablarles de sus derechos, de la igualdad de todos. Hasta el día en el que se apropian del poder, repiten sin cesar el himno de la bienaventuranza y el de la equidad. Luego es otro cantar.

Sin lugar a dudas, en Venezuela, como en todos nuestros países latinoamericanos, existían y existen grandes desigualdades sociales, económicas, culturales. Males ancestrales sostenidos por el poder de quienes poseen más y no redistribuyen las ganancias de manera socialmente justa y moralmente sana. El trabajador, en cualquiera de sus formas y estados, no puede ser explotado para que el otro se enriquezca ilimitadamente. La justicia social es ley pero antes que nada es un estilo de vida sostenido en la ética de las equidades. 

Pero esta ética no es discurso político sino estilo de vida. No se predica la ética, se la vive como norma en los ejercicios de lo cotidiano. La historia dice que los grandes predicadores de la bienaventuranza social, de la igualdad social no fueron sino perversos disfrazados de profetas.  Sobran los nombres y los apellidos de los grandes revolucionarios del siglo XX y de los de estos días que hablan maravillas y, sin embargo, hacen todo lo contrario en sus vidas privadas  caracterizadas por excesos de todo orden.  Las revoluciones sociales implican la construcción de sustanciales cambios ideológicos y políticos y no la persecución y la muerte de sus oponentes.  Los revolucionarios promueven cambios ideativos y actitudinales  y no azuzan el fuego de las venganzas sociales.  Construyen auténticas equidades y no campos de concentración.

La primera de entre todas las equidades se sostiene en el reconocimiento,  la aceptación y el respeto absoluto a las diferencias. Sin esto, no es posible libertad alguna.

En Venezuela,  Maduro y sus adláteres se creen dueños del país, del país que heredaron, por ser buenos hijos del señor Chávez. Los buenos hijos son sumisos y obedientes. No protestan, no cuestionan al poder, no hablan de democracia ni de entes de control. Los buenos hijos reciben callados y agradecidos lo que el poder tiene a bien  otorgarles. Los buenos hijos aprendieron que la sumisión constituye la parte más importante del proceso revolucionario. También aprendieron que en el auténtico pensamiento revolucionario no hay cabida para la crítica y menos aun para la exigencia y las rebeldías. 

Son muchos los pueblos que han producidos serios y profundos cambios sociales e ideológicos sin necesidad de recurrir a las armas y sin persecuciones personales.  Es claramente perversa la idea de que toda revolución ideológica nace de las armas y de la sangre derramada. En la práctica, se trata de caudillos que, disfrazados de revolucionarios, se apropian del poder para su propio beneficio y nada más. Este es el caso de Venezuela: ¿en dónde la ideología social y política de Chávez? ¿Acaso en Maduro existe algún ápice de ideología? El hecho de que él, como quienes lo rodean, repita ciertas frases aprendidas de memoria no posee ningún valor de significación en el orden social y político del país.

Para Maduro, el país es una masa uniforme en la que no caben ni distinciones ni diferencias de ningún orden. Cuando se refiere a los pobres o a los ricos, a los chavistas y a sus opositores no utiliza concepto alguno sino tan solo apelativos con los que describe al país convertido en una especie de foto que él mismo ha tomado con su celular. De ahí no puede pasar porque las complejidades y las diferencias han sido propositivamente borradas. Por eso tan solo ve actos, gente que protesta en las calles, sin razón política alguna, por supuesto. Quienes protestan son enemigos de Chávez, y punto. Por ende, es preciso reprimirlos sin consideración alguna. Esa revolución nada tiene que ver con lo ideológico sino con una ciega fidelidad personal.

Eso justifica el encarcelamiento, la tortura, el hambre, la violación de los más elementales derechos. Eso justifica la muerte, primero de la democracia, y luego de sus oponentes que, por serlo, son criminales.

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