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1 de Junio del 2017
Ideas
Lectura: 4 minutos
1 de Junio del 2017
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

Venezuela y su infame cotidianidad
El pajarito con el que hablaba Nicolás Maduro y las voces que oía le señalaron con suficiente claridad las rutas del precipicio que debía seguir para apoderarse de los poderes absolutos y para reprimir y asesinar la voz de un pueblo que no quiere saber nada de vivir en la indigencia moral y social.

Lo que acontece en Venezuela se ha convertido en un clarísimo ejemplo de la prostitución de la libertad, de la democracia, de las leyes, de los derechos ciudadanos y constitucionales. La prostitución de la historia del país llevada a cabo directa y ominosamente por Maduro que pretende a toda costa convertir al país en una obscena réplica de Cuba. Ese es el mayor de sus anhelos. Pobres y macabros anhelos. Para llegar a esa igualdad, es indispensable pauperizar al país hasta los límites de lo absurdo y de lo inhumano y ahogarlo en su propia sangre.

Para realizar este proyecto, Maduro no tuvo que realizar ningún gran esfuerzo ni mental ni político. Simplemente dejó de pensar, dejó de idear e imaginar. Abandonó la mirada en el futuro y en el desarrollo y puso su mirada en la pobreza y el hambre. Debió seguir al pie de la letra los mandatos de quienes saben perfectamente bien cómo apoderarse de los poderes absolutos, y cómo humillar a la sociedad arrastrándola a la indigencia y a la violencia.

El pajarito con el que hablaba y las voces que oía le señalaron con suficiente claridad las rutas del precipicio que debía seguir para apoderarse de los poderes absolutos y para reprimir y asesinar la voz de un pueblo que no quiere saber nada de vivir en la indigencia moral y social.

Como todos los autodenominados salvadores de los pueblos, Maduro es enemigo acérrimo de la libertad y de la democracia que contradicen cualquier tiranía. Maduro ya no reconoce ley alguna, él es la ley. Y, como se halla asesorado por quienes disfrutan del banquete de la tiranía, es capaz de armar perversas constituyentes destinadas a legitimarlo .

No se puede olvidar que hace años ganó las elecciones con casi nada. Unas elecciones viciadas, que siempre estuvieron y siguen estando bajo sospecha. Cuando el candidato maneja todos los hilos políticos y jurídicos, es casi imposible que pierda una elección .

Maduro quiere imponer en Venezuela una particular democracia que le permita y le justifique convertirse en dueño de todo: de la voz y del voto, de la libertad y de la cárcel, de la hartura y del hambre, de la vida y de la muerte. Con su vozarrón de trueno huero no cesa de hablar de la Constitución del país encerrada en ese librito de bolsillo que esgrime como si fuese su dueño, como si allí se encontrasen los oráculos que justifican su maldad. Habla con la Constitución como al comienzo con el espíritu de Chávez. La Constitución le habla al oído las nuevas verdades.

Probó el poder y le fascinaron sus sabores hasta haberlos convertido en una obsesión. Entre esos sabores cuentan aquellos que surgen de dar la muerte. ¿Ha habido alguna vez en la historia antigua, lejana y contemporánea una dictadura benigna, sostenida en el respeto a los derechos, a la libertad, al bien común? Pregunta absurda porque la muerte y el sufrimiento constituyen el alimento de los tiranos.

¡Pobre Venezuela! Qué dolor produce esa incontrolable violencia que hiere de manera indiscriminada y que no cesa de acumular cadáveres. Una ingenua (¿) dirigente chavista decía que no solo hay muertos de la oposición sino también de la parte “oficial”. ¿Cuáles muertos valen más? ¿En qué perversa balanza se pesa la importancia de las muertes? ¿Se han definido los límites de lo “oficial” al margen de la Constitución y las leyes?

En democracia, el poder pertenece al pueblo. Es éste el que, mediante elecciones legal y éticamente realizadas, designa a sus autoridades por un tiempo determinado y para que realicen actividades determinadas en la Constitución y las leyes. Los dictadores tiene una sola ley: su voluntad. Dictadores como Maduro terminan durmiendo en paz cuando más muertes se han producido en el día.

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