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12 de Octubre del 2020
Ideas
Lectura: 7 minutos
12 de Octubre del 2020
Patricio Crespo Coello

Consultor de organismos internacionales en temas de fortalecimiento de capacidades, políticas públicas, procesos educativos y de gestión ambiental. Con estudios de filosofía y antropología y autor de publicaciones sobre temáticas ambientales.

VI. COVID-19: Partículas sin tiempo
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La pandemia nos ha colocado una bomba debajo de los cimientos de los hogares, está oculta, pero sabemos que está ahí y, la verdad, no conocemos cuándo ni cómo explotará. La vida adquiere una tesitura de suspenso, de drama, que no habíamos conocido.

El encierro, obviamente, limita la ocupación del espacio, restringe la capacidad de movilización. Con el estado de excepción y el toque de queda, las personas se ven obligadas a mantenerse en casa, aprisionadas. Es una drástica limitación de la libertad del individuo. Quedarse quieto, en hibernación forzada, para evitar el contacto y el contagio.

Como partículas elementales los individuos ocupan espacios, chocan entre sí, se repelen, cambian de posición. Se desplazan con cierta libertad y cual canicas ruedan incansablemente por calles y parques, por teatros y mercados, ingresando y saliendo de edificios y de vehículos, por tierra, mar y aire, en aglomeraciones multitudinarias o en la soledad del campo. Si a cada persona le colocaran un dispositivo de rastreo (ya está sucediendo en este capitalismo de la vigilancia), y podríamos ver el movimiento corpuscular de toda la población mundial, miles de millones de lucecitas estarían describiendo inverosímiles trayectorias, algunas planetarias y azarosas, otras pequeñas y rutinarias.

Comparada esa imagen, con lo que se podría ver en un panel de control durante la cuarentena, quizás se observarían pequeñas colmenas en las que las partículas se encuentran en un espacio reducido, y como grupos de hámster ocupando largos períodos el mismo espacio y, en otros momentos, dando vueltas y vueltas dentro de unas minúsculas cajas. Existirían, adicionalmente, cientos de millones de partículas completamente aisladas. Y unas pocas que circularían a mayor velocidad fuera de las cajas, algunas de ellas con unas lucecitas de color rojo que se prenden y que se apagan y unas cuantas que finalmente salen de circulación, desconectadas para siempre.

Las luces de las ambulancias, de los patrulleros y de los camiones de bomberos se prenden y se apagan; una señal de emergencia, un aviso de una vida que puede apagarse, que está viva, pero en peligro. Imagino una ambulancia que lleva el cuerpo sin vida de una persona; no tiene motivo para encender las luces intermitentes, más bien las apaga, puede ir lento, ya no hay urgencia, parará en los semáforos y el conductor podrá detenerse en una panadería para disfrutar de un bocadillo. Quizás por esto, en las caravanas fúnebres, es como si sobraran las luces de emergencia, en las caravanas matrimoniales esas luces se celebran.

La pandemia nos ha colocado una bomba debajo de los cimientos de los hogares, está oculta, pero sabemos que está ahí y, la verdad, no conocemos cuándo ni cómo explotará. La vida adquiere una tesitura de suspenso, de drama, que no habíamos conocido

Algo parecido sucede con las sirenas que son como un llanto que intercala llamadas de auxilio, o, precisamente, como el canto de las sirenas aladas que extraviaba a los argonautas (solamente la música de Orfeo les libró del macabro hechizo). Música, palabras, llanto y silencio.

Siempre me ha parecido que por su distinto sonido hay dos tipos de sirenas: las francesas y las norteamericanas (¿quizás los chinos tienen su propio estilo?). Las francesas son más cortas, sobrias y guturales. Las norteamericanas más largas, ruidosas y agudas. Ambulancias Peugeot, Renault o Citroën circulan por París con su característico sonsonete, famoso en la Pantera Rosa, llevando por enésima vez al inspector Clouseau al hospital. Ambulancias Ford, Chevrolet o Chrysler circulan a toda velocidad por las calles de Nueva York (de Ciudad Gótica), llevando a las agonizantes víctimas del Guasón.

El espacio reducido debe producir algún efecto en el tiempo percibido. Tengo la sensación de que todo lo sucedido antes de febrero del año 2020 se hunde en un tiempo pretérito, casi mítico y lejano del que apenas tengo memoria. Para mí, ahora, la realidad es, ni más ni menos, la realidad de la pandemia, todo el resto es accesorio. Mi universo, no sé si el tuyo, gira en torno, principalmente, a la posibilidad de terminar o no en una UCI (debe ser por la edad). Sin embargo, y paradójicamente, los días en cuarentena transcurren rápido en la percepción (debe ser por el teletrabajo). Pero el tiempo de la pandemia es como un tiempo expandido frente a un espacio restringido. Han transcurrido casi ocho meses y parece toda una vida.

Alfred Hitchcock decía que el suspenso en el cine es como una cena en la que una familia conversa plácidamente sobre cualquier tema, pero debajo de la mesa se ha colocado una bomba que puede explotar en cualquier momento. La amorosa familia no sabe de la existencia de la bomba, pero sí los espectadores. El arte del suspenso, decía Hitchcock, consiste en que la bomba nunca explote. La pandemia nos ha colocado una bomba debajo de los cimientos de los hogares, está oculta, pero sabemos que está ahí y, la verdad, no conocemos cuándo ni cómo explotará. La vida adquiere una tesitura de suspenso, de drama, que no habíamos conocido, y el tiempo de cada relato se amplifica y cobra significaciones desconocidas, acaso esperando una contracción definitiva. Lo que se dice y todo aquello que se calla adquiere una significación especial en el suspenso, pues pueden ser las últimas palabras o, también, la última oportunidad de no decirlas. La fugacidad de los instantes y su posible extinción acaso provoque una mayor densidad de las relaciones y de los sentidos, y quizás nos procure una mayor sensibilidad sobre el tiempo que no tenemos por delante.

La muerte te quita el futuro posible, la muerte convierte el tiempo humano en un absoluto. El fallecido queda petrificado en su edad, de ahí en adelante su cuerpo solamente dura, ya no existe. El cuerpo sigue ocupando un espacio, pero, se diría, es un espacio sin tiempo. Un cadáver es un cuerpo al que se le ha succionado el tiempo. Drácula, a sus víctimas, les quita el tiempo humano y las dota de la eternidad de la bestia. El tiempo, el implacable, el devorador de hombres. Partículas que, al chocar entre sí, se desvanecen.

GALERÍA
VI. COVID-19: Partículas sin tiempo
 
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